ASALTO, CRIMEN Y DRAMÁTCIA TOMA DE REHENES EN MONTE GRANDE
Fueron más de nueve horas de tensión. Un padre y su hijo estuvieron cautivos, en su casa, amenazados por un delincuente y su novia. Si bien la toma de rehenes terminó con todos ilesos, según confirmaron a Clarín dos altas fuentes del caso, antes había muerto un vecino baleado por el ladrón.
Todo empezó alrededor de la una y media de la tarde, después de que el delincuente y su pareja asaltaran la carnicería Naty, en Monte Chico, un barrio de Esteban Echeverría donde se cruzan las calles de tierra con el asfalto, a unas 20 cuadras del centro de Monte Grande.
Cuando escapaban, alguien llamó al 911 y enseguida llegó un patrullero que recorría el barrio. Al darse cuenta que los seguían, la pareja entró por los fondos a una casa de Fariña y Talcahuano, a una cuadra de la carnicería. Ahí tomaron de rehén a un técnico de computación y a su hijo.
Pero apenas llegaron los policías al frente de la casa, el delincuente empezó a disparar, según comentó una fuente del Comando de Patrullas. Una de esas balas le atravesó el pecho a Ernesto Carrillo, un herrero de 54 años, padre de tres hijos.
“Estábamos comiendo un asado y cuando nos enteramos del asalto, Ernesto y el yerno fueron a ver qué pasaba. Resulta que terminó muerto y encima quedó tirado en el piso, porque la ambulancia no llegaba. Lo terminó llevando su hijo en una camioneta”, contó a Clarín Daniel, amigo de la víctima. Esa demora enardeció a algunos familiares de Carrillo que le tiraron piedras a la Policía.
Mientras tanto, unos 200 policías de la Bonaerense se fueron apostando alrededor de la casa tomada. Un negociador comenzó a dialogar con el ladrón, que a esa altura se hacía llamar Enrique y tenía amenazado a los rehenes con una pistola 9 milímetros. En un momento, a los gritos y frente a dos periodistas de TN, pidió tranquilizantes y hasta un helicóptero.
Apenas pasadas las cinco de la tarde pareció que todo terminaba. Pero lo que hizo el asaltante fue sacar a uno de los rehenes a la calle mientras le apuntaba a la cabeza con una pistola. Caminó hasta un patrullero y tomó un chaleco antibalas y una mochila que había perdido su novia en la huida. Allí habría tenido algunas drogas. Entonces habría aprovechado también para robar una escopeta de la camioneta policial. Luego regresó a la casa con el rehén. La Policía informó que el ladrón estaba muy nervioso y aparentemente drogado.
Las charlas entre el mediador y el ladrón parecían no avanzar demasiado. A tal punto que cuando llegó el fiscal Daniel Gualtieri habló a una cámara para pedirle “a Enrique que se entregue” y asegurarle que tenía “todas las garantías” (ver El rol de…).
Pero cuando cayó la noche salieron de la casa la novia del ladrón —aparentemente una vecina del barrio de unos 25 años y madre de un nene— y el dueño de la vivienda, que estaba ileso. Un policía verificó que la chica no estuviese armada y los tres se alejaron lentamente del lugar.
Fuentes del caso aseguraron que el delincuente se llamaría Enrique Luna, tendría unos 40 años y habría pasado 20 preso por robos reiterados y homicidio.
A las diez de la noche las esperanzas de que el ladrón se entregara y liberara al rehén crecieron cuando llegó un hombre que dijo ser su padre. Posteriormente el asaltante reclamó cigarrilos negros y que se acercaran las cámaras de tevé para entregarse, pero cuando estaban a unos pocos metros de la casa se oyeron tres disparos y la orden policial fue que los camarógrafos y periodistas retrocedieran hasta una distancia de 150 metros.
Eran las 22.45 cuando los policías bonaerenses del Grupo Halcón entraron a la casa arrojando granadas de fósforo, que producen ruido y luz, generando un efecto de confusión. Lograron sorprender al delincuente, aparentemente cuando recibía los cigarrillos. El ladrón apenas sufrió algunas heridas por las esquirlas y fue detenido. El rehén que quedaba fue liberado ileso.
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