ASALTO EN UNA CÉNTRICA PARRILLA DE ROSARIO
“Había muchos chicos que gritaban todo el tiempo por el miedo y a mi hija de ocho años le pusieron una pistola en la sien. A mí me pegaron un culatazo porque no me salía la billetera del bolsillo. Es una locura”, describió ayer exaltada una de las víctimas del espectacular asalto a una parrilla de Pellegrini al 1700 –a 400 metros de la seccional 5ª–, en plena sobremesa de domingo. Poco antes de las cuatro de la tarde, cuatro hombres armados y a cara descubierta irrumpieron desde el garaje y se hicieron con unos tres mil pesos que había en la caja y los efectos personales de la mayoría de los comensales, alrededor de veinte, algunos provenientes de Entre Ríos que habían venido a pasar el día. Estuvieron adentro del negocio por lo menos quince minutos, lapso en el que llevaron a clientes y empleados hacia la cocina y los hicieron tirar al piso. “No se iban nunca. Pasaron varias veces con el bolso para que pusiéramos celulares, billeteras, alhajas y llaves de autos”, contó una mujer. Anoche la policía mostraba álbumes a las víctimas en un intento por identificar a los ladrones, tres de los cuales aparentaban tener más de 45 años.
Nancy estaba en una mesa grande de la parrilla El Establo, de Pellegrini 1775, con otras quince personas. Había venido desde Victoria a pasar el día junto con su marido, Alberto Reviglio, su hija de seis años y su hijo de cinco. “Había más de veinte personas como clientes, muchos de ellos chicos. Además de nuestra mesa, estaban ocupadas otras dos o tres, porque ya era tarde, cerca de las cuatro”, señaló la mujer.
“Yo sólo vi a tres tipos que aparecieron de repente, pero me dijeron que eran cuatro en total. Fue todo muy rápido y todo el tiempo repetían no miren, no miren. Nos llevaron a todos atrás y nos hicieron tirar al piso de la cocina. Éramos más de veinte personas y yo sólo atiné a proteger a mis hijos con el cuerpo, porque pensé que los podían tomar como rehenes”, siguió Nancy.
“Ordenaban que tiráramos todo en el bolso, y que no los engañáramos. Así que nos sacaron anillos, cadenas, celulares, billeteras. Después se llevaron a una persona, el encargado, y lo dejaron encerrado en una oficina. Gritaban desde el salón que nadie se moviera, hasta que después se hizo silencio, porque se habían ido”, relató la mujer.
Por su parte, Fabiana estaba en plena sobremesa junto con su esposo, Alejandro de Martín, y sus hijas de ocho y cinco años. Y fueron ellos los que llevaron la peor parte. Contó el hombre: “Me pidieron la billetera cuando estaba tirado en el piso y, como no me salía del bolsillo, me pegaron un culatazo en la cara. Pero no me importa, porque lo más importante es que le pusieron un arma en la cabeza a mi hija de ocho años. Era una nueve milímetros: seguro que era de la policía”.
En tanto, Fabiana relató que se dieron cuenta del robo porque alguien decía que había un asalto. “No se iban más. Estábamos tirados en el suelo y pasaron varias veces juntando las cosas. No se olviden de nada, decían. Mi billetera quedó arriba de la mesa y ni la tocaron. Tiré mi cartera debajo de un mueble y pude esconder mi documento y mis anillos en los bolsillos. No se dieron cuenta porque sólo palparon a los hombres”, dijo la mujer.
Alberto y Alejandro eran los más exaltados. “El dueño no apareció. Es un miserable que no es capaz de poner custodia, de no poner seguridad. Me van a tener que pagar todo lo que me robaron”, advertía el primero, mientras el otro remataba: “Esto no se olvida más. Y encima tuve que pagar 50 pesos con la tarjeta de crédito”. Nancy, por su parte, se lamentaba: “Es doloroso vivirlo con las dos criaturas. Vinimos a pasar un lindo almuerzo en Rosario y nos pasa esto”.
Las víctimas describieron al más joven de los ladrones –al parecer todos usaban pistolas– como de unos treinta años, con anteojos espejados de marcos grises, a tono con la remera, y con el cabello teñido, “onda punk”. Los otros tres tenían entre 45 y 60 años, y vestían camisas.
Según los investigadores policiales, entraron por el garaje, tras reducir al cuidador de autos. “Después se desplegaron en abanico por el restorán, y unos quince minutos más tarde se fueron por donde habían llegado en un auto que los esperaba. Además de robarle a los comensales, hicieron que el encargado les abriera la caja, en la que había alrededor de tres mil pesos”, cerró un vocero de la pesquisa, que trabaja a las órdenes de la jueza de Instrucción Alejandra Rodenas.
Este contenido no está abierto a comentarios

