ASEGURAN HABER IDENTIFICADO UN CENTRO CLANDESTINO DE LA DICTADURA EN RINCÓN
Luego de una investigación de largo tiempo, una pareja de ex militantes peronistas en los 70, Daniel Oscar García y Alba Alicia Sánchez, asegura haber identificado al centro clandestino donde estuvieron secuestrados durante 5 meses en plena dictadura, según la presentación conjunta que hicieron la semana pasada en el Juzgado Federal Nº 1 de Santa Fe, y que fue ratificada este martes.
“Mucho tiempo después (de su secuestro), ya en democracia, nos dedicamos a identificar la casa en la que estuvimos. Comenzamos a ir a Rincón y luego de ubicar la zona, la calle de la derecha del Club Viales, identificamos la casa por fuera, fundamentalmente por las arcadas y el cerco”, precisan Daniel y Alba en la denuncia, donde también adjuntan un croquis.
Después de su ratificación judicial, García rompió el silencio y en una entrevista con el programa “Asuntos Públicos”, de canal 9, recordó que en cierto momento pudieron librarse de la capucha e identificar la vegetación del lugar, que luego reconocieron en la propia zona.
“Los fines de semana se notaba la diferencia en la zona porque había más movimiento de gente, ya que era zona de casa-quintas y nuestros secuestradores comían mucho pescado. Lo que nos hacía suponer que estábamos en las cercanías del Club Viales, porque en esa zona no había otros clubes de campo y esa zona la conocíamos muchísimo, desde Santa Fe hasta Cayastá, porque nos gustaba ir mucho a pescar”, agregó.
En 1977, Daniel y Alba eran dos jóvenes de 26 y 23 años, respectivamente, ya estaban casados y tenían dos hijos. Habían sido parte de una de las tantas organizaciones peronistas que buscaban “el regreso al país del líder del movimiento” y que, cuando se concretó el objetivo, “abandonamos la militancia activa”, relató García, en diálogo con el periodista Guillermo Tepper.
El 6 de diciembre de 1977 estaban en un bar de la estación de servicio ubicada en la intersección de la Av. Luján y camino a Sauce Viejo, en Santo Tomé, cuando “aproximadamente al mediodía se produce un operativo con personal policial de la Policía de la provincia de Santa Fe y civiles, con un impresionante despliegue de personal y móviles –detallan en la presentación- Ingresan al bar policías uniformados. En ese momento nos damos cuenta que dentro del bar también había personal de civil armado. Nos reducen tirándonos boca abajo en el playón de los surtidores –ya fuera del bar- los tres separados”. A las dos mujeres las cargan en un Ford Falcon, en el piso, esposadas y tapadas con una frazada. A Daniel lo cargan en otro auto, también esposado, y solo.
“De allí nos trasladan por un camino de tierra, hacia el lado del Río Salado y después bordeando el Río Salado hasta el Puente Carretero y allí cruzamos a Santa Fe, hacia la seccional 4º de Policía. Si bien teníamos los ojos vendados, podíamos percibir los movimientos de lo que se estaba haciendo y darnos cuenta que íbamos como en una caravana, escoltados por móviles policiales por delante y por detrás de los autos particulares que nos transportaban”.
Al caer la noche, son empujados a tres autos. En el escrito presentado a la Justicia, Daniel recuerda que “el que conducía el auto era llamado ‘Potín’; posteriomente me entero que el apellido era Domínguez y era quien mandaba a la patota”. Luego precisa: “Potín era miembro del Ejército, con grado de capitán por lo que pude inferir de las conversaciones entre ellos y porque a fin de año se iba al curso de la Escuela de Guerra. Era de baja estatura, pelo castaño, ojos claros, de aproximadamente 30 años”.
Los sonidos y aromas del trayecto a lo que sería su centro de detención resultarían claves para la posterior identificación del lugar. “Sé que salimos para el lado de la costa, porque cruzamos el Puente Colgante que en esa época tenía el piso de madera y al pasar sobre él hacía un ruido muy característico, conocido por todos los santafesinos –enfatiza García- Anduvimos un trecho y llegamos a un lugar, se daban órdenes entre ellos, estaban nerviosos, apagaban las luces para evitar ser identificados, se escuchaba música muy fuerte y olor a asado. Ahí nos bajan del auto, caminamos por un lugar que parecía de pasto, entramos a la edificación que tenía piso de mosaico”.
Habían llegado a la casa donde, durante los siguientes 5 meses, conocerían el infierno.
El “Borgia”, el botín y la guardia civil
Apenas ingresan al centro de detención, nombrado por sus captores como el “Borgia”, comienza una horrenda sesión de torturas físicas y psicológicas. Posteriormente, se desata la discusión sobre el botín de guerra. “Cuando esa primera noche dejan de torturarnos, comienzan a repartirse las cosas que trajeron en nuestra camioneta y que era todo de nuestra propiedad. Hicieron una división de los objetos en doce lotes equitativos, los numeraron y procedieron al sorteo de nuestros bienes. Se escuchaban protestas de algunos que estaban disconformes con el reparto, se peleaban entre ellos”, señalan Daniel y Alba.
En medio de los gritos por la repartija, un personaje siniestramente célebre hace su aparición. “En un momento determinado viene uno de ellos, apodado ‘el Pollo’, a preguntarme cómo funcionaba una puerta transparente de vinilo de una carpa que yo tenía y algunos elementos de pesca”, menciona García. Era Héctor Romeo Colombini, oficial auxiliar de la Jefatura de policía entre 1975 y 1979, quien una década después sería designado Jefe de la Dirección de Drogas Peligrosas de la Provincia y luego pasado a disponibilidad ante las acusaciones de su participación en la represión ilegal.
Pero la actuación en el centro clandestino de detención no se limitaba a integrantes de las fuerzas de seguridad. En su presentación judicial, Daniel García y Alba Sánchez comentan que “se produce como ‘un descanso’ de unas horas y la patota se va, y quedamos a cargo de una guardia de tres o cuatros personas que después supimos que eran miembros de la UOCRA”.
En diálogo con “Asuntos Públicos”, García remarcó que la tarea de los sindicalistas se limitaba a la custodia de los detenidos. Aún así, los niveles de complicidad llegaban hasta el más alto nivel de la conducción gremial.
Con el correr de los días, los captores “comenzaron a interesarse por nuestra vivienda y por la camioneta Ford F100, de las cuales tenían toda la documental ya que ellos produjeron el allanamiento de nuestra vivienda –consigna la denuncia- Hasta que un día llegan con hojas de papel de veinte líneas (con las que se hacen las escrituras) y nos obligaron a firmar en blanco (…). Al momento de nuestra liberación nos prohibieron acercarnos a nuestra casa, nos dijeron: ‘No es más su casa’ y, de hecho, pudimos comprobar que la habían usurpado”.
La liberación
Días después de cumplirse 5 meses de la detención, llega el momento que Daniel y Alba deseaban con desesperación. “Vienen y nos dicen que era ‘un orgullo para ellos destabicarnos y liberarnos’. Entonces nos sacan las capuchas, no así las cadenas que siempre teníamos en un pie y en una mano atada a un grillete en la pared, es así que podemos ver las caras de nuestros secuestradores y hoy podemos reconocer a Potín Domínguez, el Pollo Colombini” y otros torturadores, entre ellos uno que “era delgado, alto, siempre muy bien vestido, con ropa fina, de marca, que hacía ostentación de una pistola Colt 45 que en la parte de atrás de la corredera tenía una calcomanía o pintado la cruz svástica, la que me mostró en repetidas oportunidades”, describe García.
El trámite de la liberación incluyó comunicaciones telefónicas con familiares de los secuestrados. Según Daniel, “lo llamaron a mi papá para avisarle que nos iban a liberar, le dijeron el día y la hora (…) el 25 de mayo de 1978 a la noche, nos vendaron los ojos con vendas de tela y nos subieron a dos autos, agachados, a mi esposa y a mí juntos (…) Anduvimos un trecho, recuerdo que atravesamos el Puente Colgante y en Boulevard Gálvez nos hicieron sacar las vendas y de allí nos llevaron hasta la esquina de la casa de mis padres (…)”.
La pesadilla había concluido: “La forma en que volvimos fue degradante: la ropa era sucia, de meses de tener lo mismo, la ropa interior ya ni tenía elásticos. Cuando entramos a la casa, mi suegra nos estaba esperando con una mesa tendida y estaban nuestros dos hijos paraditos, esperando”.
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