ASESINARON A UN COMERCIANTE FRENTE A SUS PEQUEÑOS HIJOS
Fernando Rey tenía 28 años. El jueves a las 21.30 salió de su almacén en Las Flores Sur, con dos de sus cuatro hijos, de siete y nueve años, a los que llevaba de la mano a la casa familiar, del otro lado de la plaza Itatí. A metros de la puerta dos delincuentes, que aparentemente lo estaban esperando y lo siguieron, tomaron como rehén a uno de los niños para conseguir la entrega de un dinero que el comerciante, por cierto, no llevaba encima. Su último gesto fue proteger al nene, pero un infalible balazo calibre 22 largo disparado a la altura del corazón lo dejó tendido en la casi total oscuridad que había producido la tormenta. Se convirtió en la cuarta víctima fatal de la jornada y en la número 100 en lo que va del año: según la Brigada de Homicidios, al 30 de octubre de 2002 esa cifra era de 80, por lo que ha aumentado 20 por ciento el índice de muertes violentas en la ciudad.
Fernando, baleado a quemarropa delante de sus niños, era además hijo de un policía, que ayer trataba de mantenerse entero frente a la granja-verdulería de Heliotropo al 1900. El comercio que durante años había regenteado el joven, criado en el barrio, fue elegido por sus familiares para el velatorio, a pesar de que tenían mutual. “Era muy laburante, iba de la casa al trabajo y del trabajo a la casa”, contó el papá, de 54 años, prácticamente el único pariente que podía articular palabra. El crimen, de cuyos autores no se tenían noticias al cierre de esta edición, ocurrió a pocas cuadras de San Martín al 6300, donde horas antes un muchacho fue apuñalado en pleno rostro por un vecino. “Ese pibe era pariente de un cuñado mío”, acotó Rey padre. Por la mañana, en zona norte, un ladrón y un vecino que quiso evitar un robo cayeron abatidos en un tiroteo.
Un robo fatal
El final de Fernando comenzó alrededor de las 21.30, cuando cerró su negocio frente a la plaza Itatí, casi llegando a la esquina de Flor de Nácar, donde se erige la vecinal Las Flores Sur. Saltó la zanja que bordea la cuadra y se dirigió con los chicos de la mano para su casa en Rosa Blanca 6932 bis, según los pocos datos que pudieron recogerse hasta el momento (nadie más que los pibes admitieron haber presenciado la escena).
Cruzó la plaza con nombre de virgen, a oscuras por los cortes de energía que provocó la tormenta, y un paredón blanco con un Che Guevara pintado de negro. Caminaba frente al tapial de su propia vivienda, sobre la calle Rosa Silvestre, cuando aparecieron los dos delincuentes. Al menos uno de ellos estaba armado.
Le exigieron dinero, pero él tenía poco y nada ya que la mayoría de lo recaudado cada día lo dejaba oculto en el almacén. Para amedrentarlo, le arrebataron a uno de los chicos, reconstruyó el jefe de la Brigada de Homicidios, comisario Daniel Corbellini. Fernando se abalanzó sobre el ladrón que tenía al nene y acaso forcejeó con él, hasta que un balazo “le atravesó la cavidad torácica”, agregó el policía.
Según fuentes cercanas a la investigación, el proyectil era de un calibre pequeño pero mató a Fernando casi de inmediato, mientras los delincuentes huían a la carrera.
Su esposa, Susana Armoa, de 32 años, estaba en la casa con los otros dos hijos. Cuando escuchó la detonación salió a la puerta para encontrarse con el trágico cuadro. Al cuerpo agonizante lo trasladó un móvil de la Infantería, que patrullaba el barrio a propósito de la tormenta, hasta el Heca. Cuando llegó al hospital, ya estaba muerto.
El vecino del barrio
El crimen causó consternación entre los vecinos, que conocían a Fernando de chico y eran sus clientes. “Hacía mucho que no pasaba nada, estábamos tranquilos, no entiendo qué pasó”, se lamentaba una mujer frente a la granja, que ayer al mediodía estaba repleta de gente.
En la puerta, decenas de pibes se amontonaban entre los hijos de la víctima, hasta ahora únicos testigos del asesinato.
Sus tíos los habían llevado un rato para que vieran al padre en la piecita del fondo que improvisaron como sala mortuoria. “Están muy shockeados, no les hicimos muchas preguntas. Cuando pasen unos días hablaremos con ellos y quizás tengamos que pensar en una asistencia psicológica para que puedan superarlo”, deslizó su abuelo.
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