ATAQUE EN EL SUBTE: SIN CONTROLES EN EL ANDÉN DONDE FUE LA VIOLACIÓN
El pelo rubio platinado le llega hasta debajo de la cintura. Viste un jean ajustado, una campera marrón y un par de botas de cuero escamado. Cuando se mueve al hablar, a María Esther González (42) le brilla el piercing que tiene en la nariz: “Yo siempre me subo al primer vagón, porque me bajo en Chacarita y tomo el tren, así que me conviene salir por adelante. Pero con lo que le pasó a esa chica no lo hago más. Me da miedo estar sola allá adelante. Ahora espero acá, en el medio del andén”.
La conversación en la estación Callao dura lo que marca la frecuencia del subte de la línea B en el horario pico: 4 minutos. María Esther sube y con ella las puertas automáticas se tragan a otras 48 personas. De ellas, 27 son mujeres viajando solas. Como lo hacía la estudiante de kinesiología de 21 años el viernes de la semana pasada a las tres de la tarde, cuando un joven la arrancó de un tirón del vagón justo antes de que se cerraran las puertas y la llevó de los pelos hasta un rincón de la estación. Allí, según denunció la chica, la robaron y violaron.
El subte tarda 15 segundos en arrancar y dejar la estación. El andén queda vacío, con la excepción del vendedor de diarios, que también estaba sentado allí la tarde de la violación. Su banco está de frente a los diarios y de espaldas al principio del andén, donde atacaron a la chica.
“La estación está funcionando normalmente”, informa la cajera de Metrovías de pelo enrulado y uniforme celeste mientras se fuma un cigarrillo en la puerta de la boletería. “Normalmente” significa, en este caso, sin custodia permanente en el andén de la violación ni el de enfrente. Según coinciden los vendedores de los seis negocios que están en el nivel de la boletería, “normalmente” en la estación hay un agente de seguridad privada parado junto a los molinetes, para evitar que haya “colados” y echar a los 13 o 14 chicos que se turnan para pedir limosna, y un policía cuyo puesto fijo también es al costado de las cajas, que están un piso más arriba que el andén.
Luego de decirle a otra cajera “llegaste justo para darme agua caliente”, el policía le entrega el termo, se pone la gorra y camina un rato entre los negocios. En las tres horas que pasó Clarín ayer en la estación, recorrió tres veces los andenes. Dos fueron luego de que aparecieran periodistas con cámaras de televisión y fotos.
El negocio de lencería “Cocot Exprés” lo atiende Janet, de 24 años. “Desde que llegué, hace dos horas, ya seis mujeres me preguntaron por lo de la violación. Todas estaban con miedo y querían saber dónde fue”. Dos negocios más allá, Laura (21) vende cosméticos y comenta: “Yo me tomo el subte para venir. Hoy, al subir, pensé: Me puede pasar también a mi”.
En el andén de la violación, Lucía —también de 21 y empleada de una agencia de turismo— está más tranquila: “Yo tomo el subte todas las mañanas y me bajo acá todas las tardes. Cuando escuché me quedé helada. Pero pienso que es el destino. Te puede pasar cualquier cosa en cualquier lugar. Igual mi novio y mi mamá me dijeron que me cuide”.
La chica violada iba a encontrarse con su madre y no denunció enseguida lo que le había sucedido: cuando se encontró con ella, sólo le dijo que la habían robado y manoseado. Pero el domingo pasado, cuando festejaban el Día del Padre, se quebró y reveló el ataque. Su familia la llevó a la Clínica Bazterrica para que le hicieran exámenes. Y desde la Clínica avisaron a la Policía, que a su vez dio parte a la Justicia. Por el caso no hay detenidos. Ni la chica ni su madre declararon aún, por lo que el lugar del ataque todavía no está muy claro: una versión habla de la única escalera que no es mecánica (por lo tanto tiene menor circulación), ubicada en la parte de adelante del andén. Y la otra habla de un pasillo que hay al final, oculto por un enorme espejo que sirve para que el conductor pueda ver el andén.
Entre el pasillo —que sigue accesible para el que quiera pasar— y la escalera hay un cartel que promociona el turismo en Argentina: “Elegí tu propio destino”. Hace una semana, una estudiante no pudo hacerlo.
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