ATLÉTICO SUFRIÓ UNA NUEVA CAÍDA Y SIGUE COMPLICANDO SU FUTURO
Atlético llegó al estadio Olímpico del Chateau Carreras arrastrando una racha negativa y una realidad preocupante. Pero también con la ilusión de poder sumar ante un rival también complicado y sumergido en la tabla de promedios.
Se trataba, como lo habíamos presentado en el anuncio del encuentro, de un choque entre necesitados. Atlético, venía de sufrir un traspié impensado ante Lanús, resignando su invicto en el Nuevo Monumental, en una noche para el olvido. A ese rendimiento futbolístico de muy bajo vuelo, en los días posteriores se le incorporaron otros motivos que resquebrajaron aún más su ya debilitada estructura futbolística.
Una línea de zagueros que sólo mantenía a Carlos Araujo como titular, si se considera la formación base, dejaba abierto un claro interrogante. ¿Podrían complementarse Diego Alarcón e Ignacio Celaya para cubrir los espacios en un terreno de generosas dimensiones? ¿Se adaptaría Hugo Barrientos a una función que sólo había desempeñado en pocas ocasiones y hace bastante tiempo en su retorno a la titularidad luego de una prolongada ausencia?
Claro que no era el funcionamiento de la última línea el único tema que reclamaba una especial atención a la hora de realizar un análisis previo. Es que en los últimos compromisos, el rendimiento en la mitad de la cancha, también había encendido una luz de alarma. El control de la pelota era otra de las falencias bien marcadas que presentaba el equipo y eso, lógicamente, se veía trasladado a la ofensiva, que no recibía la alimentación necesaria como para desequilibrar en los últimos metros.
Todos esos déficits volvieron a manifestarse en el partido frente a Talleres, un equipo que no por casualidad está navegando en la segunda mitad de la tabla. Quizás no tanto en el primer tiempo, pero sí magnificándose en la etapa complementaria.
Y es entonces cuando apareció en escena otro aspecto que también se viene advirtiendo desde hace varios compromisos y que hemos señalado en reiteradas ocasiones. La respuesta física no estuvo a la altura de las circunstancias. Todo se simplificó, a partir de la diferencia de velocidad y despliegue, para el discreto equipo cordobés.
Si hacía falta algo más para no otorgarle ni siquiera una posibilidad de reacción, los dos goles consecutivos de Luciano De Bruno tuvieron el valor de dos terribles mazasos que hicieron trizas las ilusiones de un equipo que también demostró carecer de reservas anímicas.
Que el primer tiempo haya devuelto a los protagonistas igualados sin goles a los vestuarios, fue apenas una anécdota. En ese período, los cordobeses ya habían realizado méritos como para sacar diferencias. Las claras opciones que dispusieron el uruguayo Víctor Piriz Alves -un jugador de una tremenda potencia física- y Aldo Osorio, ya insinuaron que no iba a resultar sencillo aguantar el resultado en la segunda mitad para Atlético.
Y así fue. Porque después de un comienzo alentador de los rafaelinos, que tuvieron su ocasión más propicia en los pies de Gonzalo Del Bono cuando todavía gobernaba el cero en el marcador, todo se hizo simple para Talleres, que en una ráfaga anotó dos goles para liquidar el pleito cuando recién se había superado el cuarto de hora.
Luciano De Bruno por dos, en un momento en el que ya el plano de la cancha se empezaba a inclinar, cada vez con mayor frecuencia, hacia el arco de Angel Comizzo.
No sorprendió que llegue el primero del local, aprovechando un grosero error del fondo visitante, para que De Bruno capitalice todas las dudas y empuje la pelota al arco vacío. Y enseguida nomás, un remate cargado de precisión del mismo De Bruno, estiró la diferencia. Todavía quedaba casi media hora, pero ya nadie dudaba que Atlético no iba a revertir la historia.
La tibieza futbolística que mostraba el visitante en la mitad de la cancha y la orfandad de Del Bono -un cabezazo suyo pudo haber marcado el descuento de no mediar una soberbia reacción de Marcos Gutiérrez- no eran suficientes como apostar a otra cosa.
Piriz Alves siguió haciendo estragos. De Bruno manejando los hilos. El equipo cordobés, nunca pasó sobresaltos. Llegaron otros dos goles más para engordar la ventaja. El tercero, del moreno oriental Piriz Alves, una verdadera joyita, que premió una excelente labor. Y el cuarto, mediante la ejecución de un tiro penal, a cargo de Juan Avendaño, que sentenció una victoria abultada de Talleres.
Atlético no puede detener su caída. Ni en la tabla general, ni tampoco en la de promedios. Quizás se puedan encontrar atenuantes para justificar este momento, como las bajas de jugadores clave, que por diferentes motivos, hoy no pueden estar a disposición de Oscar Blanco.
Se podrá señalar que el plantel es “corto” y que esta verdadera maratón de partidos le está pasando la factura a quienes prácticamente no tienen descanso.
Pero hay una realidad que nadie puede desconocer. Atlético ha perdido su identidad futbolística desde hace bastante tiempo. Y ese tema, que no parece encontrar una solución, al menos transitoria, es el que sigue marcando una caída que parece no tener fin y que hoy lo muestra al equipo haciendo equilibrio en la corniza.
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