Aulas y telones
La sede que la Universidad Nacional de la Patagonia Austral tiene en Turbio se pone su traje mejor. El auditorio que ahora se está inaugurando no puede albergar a nadie más. Tiene forma de “quonce”, que así se llaman esas casas de chapa en forma de semicírculo que fueron las primeras construcciones del lugar. Pero está equipado con lo mejor que pueda tener una sala por estos tiempos.
Los ojos de un viajero prejuicioso que no imaginaba que en un pueblo recóndito pudiera suceder lo que está por suceder, ceden ante el telón que se corre para hacer nacer una nueva edición del Encuentro de Teatro. Y dirán los que siguen estas crónicas pretendidamente originales “que en todas partes hay un encuentro de teatro”. Es cierto, pero organizarlo en Turbio no es lo mismo que “en cualquier parte”. Ahí radica la originalidad de la apuesta.
El que lo explica mejor es Pancho Zapata, responsable del programa Apertura del área de Cultura de la Unpa, concebido hace casi una década junto a otro quijote que ya no está en Turbio, Adolfo Manzano. “Aquí estamos a 3200 kilómetros de Buenos Aires, tenemos más cerca algunas ciudades chilenas que otras de Argentina, la geografía hacen de este sitio un espacio de extrema soledad”, dice el hombre que ahora está dando apertura al Encuentro.
Y agrega. “Hay que ni siquiera sabe donde queda Río Turbio, que lo conoce por la mina pero no sabe si está en Santa Cruz o en provincia de Buenos Aires. Llegar incluso es complicado, porque no se puede hacerlo íntegramente por asfalto”. Y los argumentos son más que suficientes. Está claro que apostar a un desarrollo cultural aquí y generar un encuentro de teatro con participación de gente de todo el país y hasta de otros, supone un esfuerzo superior y una convicción avasallante.
Las autoridades municipales están en el escenario recién inaugurado. Han puesto su grano de arena parece. Quieren que el Encuentro que ya lleva siete entregas sea de la gente. Y a juzgar por la concurrencia parece que están encaminados. En un rato habrá actores de Ushuaia sobre el escenario. Mañana esperan gente de Chile y Bolivia. También han llegado adhesiones de México y Brasil, desde donde a último momento no pudieron salir.
Pancho Zapata corre nervioso pero cuando tiene tiempo para poner la pausa, ante el indiscutible acierto que supone un encuentro de estas características en semejante lejanía, recuerda que “la primera vez, la verdad es que no vino nadie. Tuvimos tres jornadas, como ahora, pero nos la tuvimos que arreglar con la gente de acá y ya ni recuerdo como hicimos para llenarlo”.
Ahora ha cambiado todo. Las invitaciones por Internet han prosperado, no como al principio, cuando el teléfono y el correo postal eran las posibilidades únicas para invitar y la gente ni siquiera contestaba. Ya vienen de Río Gallegos, de Comodoro Rivadavia, de Puerto Natales. Todos quieren tomar parte –y así lo hicieron- de una murga callejera que echó fuego al cielo frío de Turbio para iniciar la jornada que sigue en el auditorio.
Pasión es la palabra que le queda mejor a los que fomentan estas quimeras hasta que dejen de serlo. Nadie lo pensaba en el 95, cuando la ciudad quedó aislada y enterrada literalmente bajo la nieve. Quizás muchos pensaron que tampoco se podría seguir hace poco, cuando una entrañable sala que hacía de sede se incendió y quedó reducida a hierros retorcidos y ceniza.
Pero aquí están. Actores. Murgueros. Saltimbanquis. Soñadores. Poetas. Dramaturgos. Pobladores de un mundo donde la fantasía tiene lugar y no solo eso, sino que se aúna con la realidad para dar vida a un encuentro que, mientras nace, está gestando a su sucesor, que el año que viene reunirá más gente, entre el público pero también en el escenario. Zapata dice que el punto de inflexión fue la sexta entrega.
Recuerda que un eclipse de luna se confabuló para un marco de antología. Sin embargo, aún cuando la concurrencia ha ido creciendo, el empeño de los hacedores ha sido siempre el mismo. El viajero vuelve a sorprenderse porque las jornadas siguientes vuelven a ser masivas y, sea a la siesta, con las funciones para chicos, o a la noche, cuando los mayores mandan, nadie se lo quiere perder.
La madrugada se estira en un café concert improvisado en el Centro de Residentes Salteños y los tres días siguientes son una revolución de movimiento constante en un pueblo que ve cómo su pulso cansino se altera gratamente. Hace poco nadie creía esto posible. Hoy, algunos se atreven a soñar que además de mineros, los chicos el día de mañana querrán ser también músicos, actores, poetas. Ojo que cumplen. Y hasta Santa Bárbara les da su aval.
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