¡Ay! vida
El Paraje El Colchón no figura en los mapas así como ni figuran los habitantes de El Colchón en los presupuestos.
La última vez que se ve el asfalto es a 40 kilómetros de El Colchón, en la ruta provincial 5, que pasa por Castelli y llega hasta Formosa. La primera vez que uno de los habitantes de las 40 familias tobas que sobreviven en El Colchón verá el asfalto quizás llegue un día.
El Colchón es un caserío con una escuela, o una escuela que contiene a un caserío, donde todavía se puede penetrar a El impenetrable y donde el río Bermejito se hace límite de 140 mil hectáreas que les cedieron a los tobas, en lo que los que no han andado por allí pueden pensar que es un gesto y los que pisen un día sabrán que es una exclusión más.
Se llama Interfluvio Teuco Bermejo el sitio en el que los tobas tienen todo el derecho a morirse como quieran, siempre en silencio y sin molestar a nadie.
Y para que duren un poquito más está la Escuelita 854, donde 12 docentes que cobran un básico de 320 pesos son madres, padres, psicólogos, asistentes sociales, enfermeros, amigos, maestros y noción de patria de una comunidad ínfima de jornaleros del algodón y mujeres de dientes caídos y dignidad alzada en forma de silencio.
Liliana, la joven directora de la escuela no necesitó trabajar en el circo para hacer malabares. Los aprendió allí en El Sauzalito, corazón de El Impenetrable, donde los mocositos condenados a morir bien pronto, esperan puntualmente a las 20 el encendido del reciente alumbrado público para comer los bichos que caen de la luz. Y los ejercita todos los días para garantizarle la alimentación a un promedio de 30 gramos de carne por futuro desnutrido.
Cuando los padres no están cosechando el algodón por 15 pesos por día, los pibes van a comer a la escuela y en los ratitos libres aprenden. Cuando la cosecha los llama, sin siquiera tener el derecho de ser niños, se visten de adultos y se ponen a trabajar. En la escuela hay un televisor para mirar un ratito y una voluntad para admirar toda la vida. A las 13 en punto, después de comer, los pibes forman fila para cantar Aurora. Y alta en el cielo se les va la patria, audaz se eleva la suerte echada, azul un ala del color del hambre y forma estela la fila de olvidados que todavía no votan y encima ni siquiera protestan.
Élida y Federica están limpiando los platos. Hablan entre ellas en toba y todavía sonríen. Élida tiene un pañuelo como si fuera una madre de plaza de mayo. Y, aunque no conoce la historia de las viejitas tozudas y busconas, le queda como anillo al dedo; bien podría dar vueltas a una pirámide imaginaria para pedir por estos pibes desaparecidos. Federica es más joven. Varias veces fue mamá y muchas menos comió como se debe. Su cuerpo lo acusa y, sin embargo, sus ojos negros delatan que no conoce la maldad.
Agua estancada para beber, polvareda para recorrer, a veces polenta en la mesa, vinchucas para padecer, temperaturas para aborrecer, sequías para temer, ranchos para vivir, letrinas para orinar, parásitos para enfermar y gobiernos para desnutrir conforman la receta de la vida en El Colchón, a 11 kilómetros donde el gobernador del Chaco estuvo esta mañana, en Bermejito, diciendo que “si sobra plata se va a invertir en educación”.
Un día en la escuelita 854 es una puñalada en las entrañas, una úlcera desdichada, una puteada así de grande contra los canallas que lo permiten, un agradecimiento mayor para los docentes que ponen el cuerpo y la vida. Va a venir la siesta y vamos a jugar a la radio con todos los pibes de El Colchón. Va a venir la tarde y nos vamos a ir impotentes, con un nudo en la garganta y dos corazones dibujados con amigables dedos tobas en el vidrio del auto. Va a venir la noche y, si es que podemos dormir, se nos caerá la cara de la vergüenza.
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