Ayúdame a mirar
El Tren a las Nubes es más famoso que la Ruta Nacional 51, pese a que ella lo acompaña todo su recorrido, desde la capital salteña hasta el Paso de Sico, cuando la cordillera pasa a ser chilena. Y en ese camino, 105 kilómetros de paisajes increíbles al oeste de “la linda”, se encuentra Santa Rosa de Tastil, un caserío que uno podría no ver si es que elige transitar a altas velocidades.
Pero no será conveniente apretar el acelerador, sino todo lo contrario. Es que, en ese lugarcito de 200 metros de extensión total, donde sólo viven 9 personas pese que hasta 1960 fue posta obligada de los transportistas que pasaban a Chile, se levantan los restos de una ciudad atacameña, anterior a la cultura incaica, cuyas ruinas datarían de más de 2 mil años.
Puesto uno allí, desguarnecido al viento y a la historia, queda con la cabeza haciendo tantos vericuetos como el camino que conduce al cerro donde aparecerá una sucesión de edificaciones, ya sin techo, bien separadas por senderos bifurcados y con un mirador desde donde se puede apreciar todo lo que alguna vez el hombre hizo, todo lo que alguna vez el hombre deshizo.
Los antropólogos que se congregan a menudo por allí, desde 1910 cuando fueron descubiertas, sostienen que unos 9 mil aborígenes atacameños podrían haber vivido allí. Y vale creerles, porque la infraestructura que ahora es dominada por cardones añejos y entrometidos, pasma con sólo verla. Hoy, además de antropólogos, a menudo vienen extranjeros, a ver lo que pocos argentinos sabemos que existe.
En cuanto a la disolución de la ciudad, los estudiosos guardan dos hipótesis: una podría ser producto de un éxodo ante la llegada de los incas, que solían ser poco amigos de quienes no acataran sus decisiones y otra, acaso menos sustentable, da cuenta de un abandono por súper población, ya que no se acostumbraba por entonces morar en pueblos de grandes concentraciones.
Santa Rosa de Tastil tiene un tesoro y lo sabe. Por eso, todo los primeros de agosto, cuando empieza la época de la cosecha, los chiquitos de los alrededores bajan de los cerros rumbo a la escuela del pueblo y allí, al grito de “cusiya… cusiya”, bailando la danza del suri, le piden a la pachamama permiso para sembrar y –aunque no lo digan- memoria para no olvidar las tradiciones de los que alguna vez vivieron por allí.
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