BACHELET Y LA ILUSIÓN DE UN “NUEVO CHILE”
Sería histórico, seguro. Ella sería la primera de Chile y la quinta de América latina. Y, dentro de cuatro años, tal vez demuestre ser un cambio histórico y transformador o uno histórico y sólo simbólico.
Con entusiasmo y fervor algunos, con recelo otros, los chilenos se alistan para descubrir si mañana sus votos harán historia y para saber si una mujer gobernará, a partir del 11 de marzo, un país en el que el machismo es motivo seguro de disputas, de análisis y de bromas en cafés, hogares, puestos de trabajo, escuelas y universidades.
Unos se ilusionan con que un Chile con presidenta será un “nuevo Chile”. Un país en el que las mujeres ganen lo mismo que los hombres por igual trabajo, en el que haya una forma más abierta de gobernar y en el que una revolución cultural erradique la fama de conservador que el país exporta a sus vecinos. Otros no esperan nada, desconfían y creen que la transformación no representará más que un cambio de vocales en los carteles de los despachos presidenciales. El mayor fervor parte, claro, de las mujeres, en especial de las seguidoras de la oficialista Concertación.
Para las chilenas, sin distinción de clase, el rasgo más importante de un presidente debe ser la confiabilidad y la honestidad, según una reciente encuesta del diario La Tercera. Y la mayoría de ellas estima que Bachelet es más creíble y transparente que el candidato de la centroderecha, Sebastián Piñera.
Si esa percepción se hubiese traducido en votos, la médica socialista podría haber ganado en la primera vuelta o, por lo menos, haber recibido una mayor cantidad de sufragios: en el padrón, hay más mujeres que hombres, unas 400.000. Eso no sucedió. Las mujeres optaron por ella y, proporcionalmente, más que los hombres, pero no lo suficiente.
“Si se hubiese llamado Michel Bachelet en lugar de Michelle, habría ganado de entrada el 11 de diciembre. Pero el componente de machismo fue demasiado pesado”, dijo a LA NACION una fuente del Palacio de la Moneda.
En el comando de la ex ministra de Defensa, advierten que el machismo no fue abierto ni desatado, no fue decir “no la voto porque es mujer”. Fue más sutil, y acusan a la derecha de haberlo promovido al retratar a la candidata como débil, dubitativa, poco preparada, “como si fuera inestable emocionalmente”.
A lo largo de la campaña hacia el ballottage, Bachelet buscó desprenderse de esa imagen. El éxito llegó en el debate de TV de la semana pasada, donde se mostró ágil, resuelta, divertida y firme. Y, para sorpresa de hasta su propio comando, algunas encuestas la dieron como ganadora por amplio margen. El temor de no pocos es que, en su empeño de evitar ser percibida como débil, Bachelet “termine siendo una líder casi masculina, rígida como Margaret Thatcher”, según opinó la fuente del Palacio de la Moneda. Si ése fuera el caso, podría arriesgarse a perder uno de los atributos que hace ilusionar a mujeres y jóvenes con una “revolución cultural”.
“Bachelet habla siempre de un tipo de liderazgo más femenino, más cercano a la gente, más proclive a escuchar. No me extrañaría que ella abriera un proceso de debate sobre el país que queremos. Por el otro lado, su reivindicación de las mujeres es insoslayable. Eso a la larga provoca un cambio social”, dijo a LA NACION Manuel Antonio Carretón, sociólogo de la Universidad de Chile.
Durante su campaña, Bachelet prometió que tendría un gobierno -no sólo un gabinete- igualitario, de paridad, en el que hubiera tantas alcaldesas como alcaldes, embajadoras como embajadores, subsecretarias como subsecretarios. “Ella es perfecta y va a demostrar que las mujeres también pueden ganar y ser útiles”, dijo a LA NACION Irma Alvarez, una pensionada de 83 años que nunca trabajó y que está segura del triunfo de la candidata.
Desafío
Sin embargo, con tanta expectativa, grande será el desafío para Bachelet, en caso de que gane mañana. Las mujeres comenzaron a votar en Chile en los 40, casi al mismo tiempo que la Argentina o que Brasil. Unos 60 años después, el 13% de los cargos electorales es ocupado por mujeres en Chile, uno de los niveles más bajos de la región. La disparidad entre chilenas y chilenos es semejante en el mercado laboral. Hoy, según el último censo, las mujeres ocupan el 35,7% de los puestos de trabajo del país.
Esa participación aumentó apenas el 4% en los últimos 15 años, período en el que Chile creció económicamente, se abrió al mundo y comenzó a desprenderse de costumbres que, como la ausencia de la ley de divorcio, alimentaban su imagen de país conservador. La propia Bachelet se divorció y tuvo una hija -Sofía, la menor- sin estar casada; además profesa su agnosticismo, en un país de profundas raíces religiosas. Mujer, agnóstica y divorciada son rasgos que la hacen una candidata atípica para Chile y que ilusionan a muchos con una transformación. Son los mismos rasgos que hacen dudar a otros. En especial, a aquellos que también desconfían de su pasado político, de su militancia socialista y de su activa oposición al régimen de Augusto Pinochet.
“Mira, a mí, mi conciencia me decía que debía votar por una mujer, pero en el fondo es una izquierdista radical, y eso no me gusta nada”, dijo a LA NACION Gracia Correa, que en la primera vuelta votó por Joaquín Lavín y ahora lo hará por Piñera, mientras tomaba un café en un elegante bar de Las Condes.
El origen político de Bachelet también causa recelo entre los sectores ubicados más al centro de la oficialista Concertación, que ganaron peso en la campaña hacia la segunda vuelta y que podrían actuar como el límite del cambio.
“La idea de revolución cultural tiene que ver con un mensaje para atraer votantes. Sin embargo, no creo que haya cambios en la elite política; no va tener margen”, dijo Alfredo Rehren, investigador de la Universidad de Chile.
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