Bandidos rurales
Juan Bravo oyó ruidos en las afueras de su rancho, cerca de la huerta donde cosechaba tomates, aquel amanecer primaveral del 14 de setiembre de 1941. Salió sin dudar. Acomodó su pistola en la cintura y fue a buscar su muerte sin miedo, porque nunca lo había tenido y porque jamás habrá querido para sí una indigna muerte de vejez en la cama de un hospital.
Telma, la mujer de Juan Bravo, con sus dos hijas pequeñas en el regazo, unos segundos después escuchó una balacera que hasta hoy, cuando ya cuenta 94 años, la sigue acompañando. Atinó a ver a Juan Bravo herido en el piso pegándose el último tiro, el de la muerte, mientras sus cazadores huían en un vehículo por este camino que aún hoy, a dos kilómetros de la ruta principal (la provincial 143) , permanece polvoriento y poceado como entonces.
Al costado de un brazo del río Atuel, entre unos cañaverales, murió Juan Bravo, el cosechador de tomates que no era Juan Bravo, sino Juan Bautista Vairoletto, el bandolero más buscado por la policía de siete provincias, declarado enemigo público número 2 (el 1 era Mate Cosido) y motivo de leyendas, novelas, películas y canciones que lo erigieron en un santo sin santificación oficial del Vaticano.
Vairoletto había ido muy lejos. De su Cañada natal, al sur de Santa Fe, se mudó con su familia a Castex, en La Pampa y mató a un policía que estaba enamorado de una mujer que sólo tenía ojos para él. Fue a la cárcel y al salir se hizo matrero por obligación. Porque la policía mandaba a antojo en el país de la Generación del 80 y porque él no estaba dispuesto a trabajar para los políticos de garras afiladas de entonces.
Lo otro es historia conocida. Huyó tantos años como pudo. Les robó a los ricos de las estancias y lo repartió con los pobres del obraje. Dicen que sólo tuvo codicia cuando robó duraznos en almíbar, nomás porque eran su debilidad. Hasta que dijo basta y se escondió en este sitio donde ahora el pueblo le erigió un busto y el pobrerío erigió un santuario. Donde comienzan a crecer las ofrendas de la mano del mito milagrero del Robin Hood de las pampas.
Pero, qué es lo que hace que Vairoletto, como Guayama en Mendoza o Martina Chapanay en San Juan sean del pueblo?. La historia oficial ha tratado de quitarles ideología y darles la categoría de bandoleros. Sin embargo, Vairoletto fue radical yrigoyenista y nunca aceptó que el poder lo ostentaran los que se repartieron la tierra a antojo tras la matanza de los indios.
Hoy, aquellos asesinos –cuyos continuadores siguen teniendo grandes extensiones de tierra malhabida- se homenajean a sí mismos con nombres de calles o monumentos. Pero a ellos, a los Vairoletto, les rinde culto el pueblo que los exagera hasta la santificación con tal de no olvidarlos, porque los sabe fugitivos de un régimen que los mató primero y los endemonió luego.
A la salida de lo que hoy es un predio y que antes el lugar de la matanza en 1941, entre las flores, las donaciones y los agradecimientos, hay una inscripción que grita “Los que me lloran por muerto/que dejen ya de llorar/vivo en el alma del pueblo/nadie me puede matar”. Lo firma Juan Bautista Vairoletto. Parece que es cierto.
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