BARREDA, ANTE UNA NUEVA VIDA
El jueves pasado su novia lo aguardaba en la puerta del penal. Esperaba que Ricardo Barreda saliera por la puerta grande de la Unidad 9, de La Plata. Ese día el odontólogo que hace 12 años mató a su mujer, sus dos hijas y su suegra, cumplía 70 años, y la Sala I de la Cámara de Apelaciones y Garantías de La Plata tenía previsto definir si autorizaba a que el condenado a prisión perpetua pueda pasar el resto de su pena en su domicilio. La espera fue en vano, porque el tribunal recién tomaría esa decisión esta semana.
El abogado Eduardo Luis Gutiérrez le dijo a El Ciudadano que es probable que el dentista vuelva vivir a la casona de la calle 48 entre 11 y 12, donde cometió el cuádruple homicidio, ya que allí “tiene su consultorio”, que piensa retomar. Sin embargo, de acuerdo al diario Hoy de La Plata, en el expediente de Barreda figura como domicilio legal el de su nueva pareja, quien reside en Capital Federal.
Aunque Gutiérrez advierte que la Justicia tiene todas las herramientas para que su defendido puede gozar de la detención domiciliaria, la Sala I pateó su decisión porque –según fuentes judiciales– realizarán distintas consultas con peritos psiquiátricos y psicológicos para que den su opinión sobre la probable vuelta a las calles del cuádruple asesino.
Miguel Maldonado, titular de la cátedra de Medicina Legal de la Universidad Nacional de La Plata, fue uno de los tres psiquiatras forenses que participó del juicio contra Barreda, y fue el único de los especialistas que estaba a favor de declarar inimputable al cuádruple asesino. Y ahora no se arrepiente, y admite que la Justicia no puede negarle al dentista la detención domiciliaria. Si el resto de sus colegas hubiera coincidido con su postura, ahora Barreda debería estar internado en un hospital neuropsiquiátrico y no podría acceder al beneficio de la prisión domiciliaria. “Es un delirante y podría volver a matar”, apunta.
La defensa de Barreda tuvo varios reveses en la causa. En febrero pasado el tribunal de Casación Penal bonaerense rechazó un recurso presentado por su defensa y ratificó la condena a reclusión perpetua impuesta el 14 de agosto de 1995. La única chance que le quedaban a los letrados era esperar que el odontólogo cumpliera 70 años. Además, la Sala I de la Cámara de Apelaciones y Garantías de La Plata rechazó un planteo de la defensa que había solicitado la revisión del cómputo de la condena, aplicándose un reciente fallo de la Corte nacional que equiparó la prisión con la reclusión perpetua. Es que si se contaran doble los años que estuvo en prisión preventiva, el cuádruple homicida llevaría más de 22 años en la cárcel y se encontraría en condiciones de acceder a la libertad condicional.
En febrero pasado, Barreda se volvió a enfrentar con un tribunal. Pero en esa oportunidad cambió de argumento al rectificarse y decir que ahora sí sentía culpa por haber matado con su escopeta 16/70 a la esposa Gladys McDonald, de 57 años, sus hijas Cecilia, de 26, y Adriana, de 24, y su suegra Elena Arreche, de 86.
El abogado defensor Octavio Etchegoyen Lynch dijo que cuando el odontólogo mató a su familia “vivía aislado, sin recibir señal alguna de sus familiares. Sólo agravios, como el famoso apodo de Conchita, con el que dijo que lo llamaban sus víctimas”.
La fiscalía estimó que “la realidad muestra a Barreda como victimario”. “La causa de la desdicha familiar ha sido su particular predisposición por las mujeres. La segunda noche de la luna de miel su mujer lo encontró magreando una mucama en un sillón del hotel. Se paseaba con mujeres en lugares públicos frente a sus hijas. Pasa de ser un don Juan para convertirse en un perverso”.
Barreda explotó el domingo 15 de noviembre de 1992, una tarde de mucho calor en la que le preguntó a su esposa Gladys qué quiere que haga, que “limpie los insectos pegados en el techo (que dan mala impresión) o que pode la parra. Su mujer le contestó: “Andá a limpiar, que los trabajos de conchita son los que mejor te quedan”. Conchita era el apodo que le habían puesto su suegra y Gladys.
En ese momento, según consta en su testimonio ante el tribunal, Barreda sintió “una fuerza” que lo impulsó a tomar la escopeta Carrasqueta. Fue hasta el comedor diario y le metió dos tiros a su esposa, uno en el pecho y otro en el estómago. Luego, le descerrajó tres disparos a su hija Adriana, de 24 años, a quien le destrozó el pecho y el cuello. Cargó otra vez la escopeta y, cuando escuchó que su suegra bajaba por la escalera, también le pegó dos tiros. Su otra hija, Cecilia, bajó corriendo por la escalera y al ver la escena le gritó “qué hiciste hijo de puta”. “Le disparé cuando estuvo a tres metros. En ese momento sentí sensación de alivio, de liberación y de que había hecho justicia”, dijo en 1995. Después del crimen Barreda se encontró con su amante María “Pirucha” Guastavino, a quien le confesó: “Me mandé una cagada”.
Tras 12 años de psicoanálisis en la cárcel y tras haber aprobado 18 materias de la carrera de Derecho, Barreda dijo ahora que está arrepentido por lo que hizo. Mientras lee Sófocles, Truman Capote, Raymond Chandler y Norman Mailer, piensa en la libertad y planea en sus caminatas por los 50 metros en el pabellón su nueva vida con la novia que conoció por carta y gracias a la ayuda de otro interno hace más de cinco años. “Espero reinsertarme en la sociedad de la que nunca salí a pesar de estar preso. Pienso ejercer mi profesión, ser útil, y con suerte espero formar una nueva familia”.
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