Barrio, que tenés el alma inquieta
Están reunidos en una escuela de Aluminé. Forman una ronda sobre los bancos escolares, un círculo donde el humo del cigarrillo se alza hacia el techo como se levantan las ganas de pelear por un destino común y mejor. Son los integrantes de una asamblea popular y original, integrada por mapuches y blancos, que trazan horizontes comunes en un lugar donde hasta no hace tanto era imposible.
“Asamblea por el derecho a una vivienda digna”, dicen con –valga el contrasentido- un orgullo humilde. El orgullo de juntarse y la humildad de saber que la construcción, tanto del derrotero común como de la vivienda, es recién un punto de partida. Hablan también de un barrio “intercultural”, un espacio público y común donde las culturas de uno y otro no sean avasalladas sino que convivan en una instancia superadora.
Acaso no sería nada difícil pensarlo en otra parte. Sólo que hay que saber leer la historia del lugar para entender algunos porqué. Por los lagos de Aluminé corre agua mapuche, por sus cerros se derrite nieve mapuche y son mapuches las araucarias milenarias testigos de la masacre que quiso acabar dos veces con los hijos de esta tierra: la conquista española y la conquista del desierto.
Tanta muerte los ha vuelto resistentes y recelosos a los mapuches que, en los años 80, vieron como se daba una tercera invasión, ahora lejos de la muerte, pero sí con una cultura distinta, de un montón de “gringos” que buscaron en este lugar de ensueño un retiro para el alma del trajín de los grandes centros poblacionales que, bien lo sabemos, se tornan cada vez más imposibles.
En ese contexto, Aluminé pasó a repartir su población y quedaron los que no quieren compartir nada temiendo la llegada de nuevos “huincas” y los que, como la mayoría de los integrantes de la asamblea popular, pretenden un horizonte donde sus hijos lleven en la sangre la memoria viva y sepan convivir con este choque de culturas que proponen los recién llegados, que también son amigos de la integración.
Por eso se juntan, por eso le piden al gobierno que no les regale las tierras para emprendimientos turísticos que nunca dejan la plata en la provincia a capitales extranjeros, que se las de a ellos para que puedan construir su propio barrio, con sus propios arquitectos, con su propia mano de obra y con –como dice Aldebarán, un integrante blanco- “amor”, mucho amor.
Alejandra, mamá mapuche de tres chiquitos, sabe decirlo bien: “tenemos que vivir todos juntos, cada uno sin perder la cultura de su pueblo, e inclusive enseñándole a los otros nuestra cultura y aprendiendo de la de ellos”. De eso se trata. De la convivencia en un espacio donde, está visto, el verdadero enemigo ha virado en otras generaciones, en otros apellidos, en otro imperio, pero en definitiva sigue teniendo parecidas garras.
La asamblea popular por la vivienda digna, el barrio intercultural, por ahora una búsqueda, una semilla de césped en una cancha donde los otros tienen el referí comprado, es un paradigma de lucha silenciosa y creciente que propugna el cambio cerca de la política, lejos del partidismo tradicional, con la vieja herramienta de creer en el otro, de juntarse, nomás por ver en el dibujo del humo de ese cigarrillo, en la reunión de la escuela, que se dibuja la misma huella.
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