BENEDICTO XVI DIJO QUE NO BUSCARÁ IMPONER SUS IDEAS
Ovacionado por una multitud que no contenía su emoción, Joseph Ratzinger, el flamante papa Benedicto XVI, inauguró ayer oficialmente su pontificado con una misa en la cual, tratando de disipar temores y críticas, aseguró que no buscará imponer sus ideas.
“Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino ponerme, junto a toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por El, para que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia”, dijo Benedicto XVI, con su estilo directo y claro, visiblemente conmovido luego de recibir el Palio y el Anillo del Pescador, símbolos de la autoridad pontificia.
Bajo la lupa del mundo entero, “Papa Ratzinger” –como lo bautizaron los medios italianos– dejó en claro que, más allá de su conocida rigidez doctrinaria mientras fue el guardián de la ortodoxia católica, ahora, como el papa número 265 de la historia de la Iglesia, actuará en forma distinta, escuchando todas las voces.
Ante delegaciones oficiales de 140 países –entre ellas, la argentina, encabezada por el presidente Néstor Kirchner y su esposa– y unas 400.000 personas que interrumpieron 36 veces su homilía con aplausos, Benedicto XVI volvió a hablar de la necesidad de unidad entre los cristianos y evocó en todo momento a su predecesor Juan Pablo II.
Al final de su sermón, hasta utilizó la frase que pasó a ser la marca registrada del reinado del papa polaco. “¡No tengan miedo de Cristo!”, clamó, sin intentar de todos modos imitar a Karol Wojtyla, sino inaugurando un estilo propio, distinto. La frase provocó un aplauso que duró varios minutos.
Miles de jóvenes –a los que el llorado Wojtyla siempre dedicó una atención especial– entonaron un canto nuevo: “¡Be-ne-de-tto! ¡Be-ne-de-tto!”, mientras decenas de banderas de todos los países -muchas rojas y blancas, polacas- se agitaban con el viento.
Tal como estaba previsto, todo comenzó minutos antes de las 10 de la mañana (las 5 de la madrugada en la Argentina), cuando el ruido de los helicópteros y las imponentes medidas de seguridad hacían recordar que muchos poderosos de la Tierra también asistían a la misa solemne de inauguración de papado. Entonces, desde las seis pantallas gigantes colocadas a lo largo de la Via della Conciliazione, miles de fieles de todas las edades, nacionalidades y clases sociales vieron cómo Benedicto XVI, vestido con una casulla dorada que ya había utilizado Juan Pablo II durante una canonización, bajó a la tumba de San Pedro, debajo del altar mayor de la basílica vaticana, donde, serio y concentrado, oró unos minutos. Enfocado en todo momento por las cámaras del Centro Televisivo Vaticano, Ratzinger, el alemán con fama de imperturbable, estaba visiblemente emocionado. Casi parecía asustado por la inmensa responsabilidad que asume.
Sobre el sepulcro del apóstol Pedro lo esperaban, sobre dos bandejas de plata, el Palio y el Anillo del Pescador, los dos símbolos con los que se representa litúrgicamente la asunción del ministerio petrino, que media hora más tarde le fueron entregados, en forma solemne.
Antes, en una coreografía impactante, siguiendo a los 150 cardenales concelebrantes, Benedicto XVI subió a la basílica y avanzó lentamente hacia el sagrato de San Pedro, para dar inicio a la misa solemne. Cuando apareció ante la multitud, finalmente al aire libre, una ovación hizo vibrar a la Plaza de San Pedro.
Más emotivo aún fue, sin embargo, el momento de la homilía. “¡Cómo nos hemos sentido abandonados tras el fallecimiento de Juan Pablo II!”, dijo Benedicto XVI -sucesor de Karol Wojtyla- al principio del sermón, que fue interrumpido más de 35 veces por los aplausos.
En un mensaje que se caracterizó por el tono humilde, el nuevo papa habló del cónclave en el que resultó electo el martes último en forma relámpago, y otra vez destacó su fragilidad ante semejante misión. “En este momento yo, débil siervo de Dios, tengo que asumir este cometido inaudito, que supera realmente toda capacidad humana. ¿Cómo puedo hacerlo?”, se preguntó el nuevo pontífice, que pidió a todos que rezaran por él.
“No estoy solo. No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría soportar solo. La muchedumbre de los santos de Dios me protege. Y me acompañan, queridos amigos, vuestra indulgencia, vuestro amor, vuestra fe y vuestra esperanza.”
El papa Benedicto XVI, un destacado teólogo de 78 años recién cumplidos, que escribió una homilía que llegó al corazón de la gente, dijo luego: “Precisamente en los tristes días de la enfermedad y la muerte del papa, algo se ha manifestado de modo maravilloso ante nuestros ojos: que la Iglesia está viva. Y la Iglesia es joven”.
Programa de gobierno
Inmediatamente después, luego de saludar a los demás representantes de las iglesias cristianas, a “los hermanos del pueblo judío” y a “todos los hombres de nuestro tiempo, creyentes y no creyentes”, pronunció la parte más importante de su sermón. “En este momento no necesito presentar un programa de gobierno. Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas”, agregó, pasando a explicar luego el significado del Palio y el Anillo del Pescador.
En este marco, precisó que el Palio es el símbolo de la misión del pastor, y que para el pastor “no es indiferente que tantas personas vaguen en el desierto”. Y mencionó varias formas de desierto: “De la pobreza, del hambre y la sed, del abandono, de la soledad, del amor quebrantado”.
“Existe también -siguió- el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre.”
Como ya había hecho en el sermón programático pronunciado al día siguiente de su elección, desde la Capilla Sixtina, el miércoles último, Benedicto XVI volvió a llamar a la unidad de los cristianos, una meta a la que siempre quiso llegar Juan Pablo II y a la que él también parece decidido.
En ese marco, Ratzinger recibirá hoy en audiencia a los varios representantes de las iglesias cristianas que vinieron a la inauguración de su pontificado y, por la tarde, irá a rezar a la basílica de San Pablo Extramuros.
Demostrando una vez más la continuidad que tendrá su pontificado con el de Karol Wojtyla, al final evocó ese primer sermón que el papa polaco pronunció el 22 de octubre de 1978, cuando le tocó a él iniciar su ministerio petrino. “Todavía, y continuamente, resuenan en mis oídos sus palabras de entonces”, dijo, y clamó, provocando lágrimas en los ojos de muchos: “¡No tengan miedo! Abran de par en par las puertas a Cristo!”
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