BENEDICTO XVI FUE LA MANO DERECHA DEL ÚLTIMO PONTÍFICE
En un hipotético termómetro para calibrar la presencia mediática de los personajes más encumbrados del Vaticano en estos últimos días -exceptuando, desde luego, a Juan Pablo II- probablemente el cardenal alemán Joseph Ratzinger ocuparía el tope de la medición.
No es para menos: no sólo fue la mano derecha del fallecido Papa durante más de un cuarto de siglo y figura principal de cuanto acto litúrgico se celebra en estos días, sino que, en una ola de predicciones y análisis lanzada por los más reconocidos vaticanistas y repetida ahora incluso por la multitud menos informada, Ratzinger es el apellido del futuro papa. Aunque, a decir verdad, su condición de “número puesto” para dirigir la Iglesia también podría jugarle en contra: dicen que raramente se convierte en papa el que entra como favorito en el cónclave.
Sin embargo, ¿quién es Joseph Ratzinger? ¿Quién se oculta tras el personaje canoso y de ojos celestes que podría convertirse en el primer pontífice alemán desde la Edad Media? La respuesta parece obvia, pero puede ser engañosa.
En la superficie, pocas dudas quedan sobre el pensamiento y del ex arzobispo de Munich.
Ratzinger -ordenado sacerdote en 1951, participante de dos cónclaves y personaje destacado en el Concilio Vaticano II- es desde hace casi 25 años prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el organismo cuyos orígenes se remontan al Santo Oficio (la célebre Inquisición).
Desde el comienzo, el cardenal se ha tomado muy en serio la misión encomendada por Juan Pablo II y se ha dedicado a defender férreamente los lineamientos principales de una iglesia poco proclive a los grandes cambios. Incluso se ha atrevido a ir más allá -algo así como una posición más papista que la del Papa-, lo que le ha valido más de una amonestación, incluso del propio Pontífice. Y es aquí en donde algunas posiciones escapan del carácter amable, casi tímido, del purpurado y generan dudas.
Apodado “cardenal no”, Ratzinger ha representado la negativa a rajatabla de la Iglesia al aborto, al divorcio, al acceso de las mujeres al sacerdocio, a la unión civil entre homosexuales. A mediados de 2002 firmó el acta de excomunión de siete mujeres por haber sido ordenadas sacerdotes por un religioso cismático. Su intransigencia provocó, incluso, críticas del Comité Central de la Iglesia Católica Alemana.
Fue también el autor del muy polémico y criticado documento “Dominus lesus” -que causó un revuelo en 2000- en el que afirmaba la supremacía de la Iglesia Católica como “único” medio para la salvación, por encima del resto de las confesiones, y calificaba a las iglesias protestantes como “impropias”. El mismo Papa tuvo que salir días más tarde a hacer aclaraciones “conciliadoras” sobre el escrito.
Crítico del comunismo -“Una vergüenza de nuestro tiempo”-, no ahorra advertencias al capitalismo: “La caída del comunismo no certifica automáticamente las bondades del capitalismo”, suele decir.
Los que lo ven como futuro papa dicen que a su favor tiene su amplia experiencia en el Vaticano y su ortodoxia, en línea con Juan Pablo II que, precisamente, fue quien designó a 114 de los 117 cardenales electores.
En contra advierten de su edad avanzada -cumple 78 años dentro de diez días- y su salud frágil. También, algo que marca la diferencia con Juan Pablo II: su perfil no se caracteriza por su experiencia pastoral.
Este contenido no está abierto a comentarios

