Benjamín Vicuña habla de amor, de Eugenia Suárez y de sus deseos más íntimos
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A lo largo de la charla con ¡Hola! Argentina, hablará varias veces de renacer, de apostar a la vida y del derecho a ser feliz.
Quizás en la boca de un hombre que recibió el golpe más duro que una persona pudiera soportar, resuena con más fuerza. Benjamín Vicuña (38) atraviesa un presente de plenitud –enamorado de sus hijos Bautista (9), Beltrán (5) y Benicio (2), y en pareja con Eugenia Suárez (25), con quien comparte su vida desde hace un año y medio, está esperando un hijo y planea casarse–, y su sonrisa casi constante en las imágenes que ilustran estas páginas lo ponen de manifiesto. Su alegría se amplifica además por su trabajo en el Teatro Nacional Cervantes, donde protagoniza Eva Perón, la obra escrita por Copi que dirige Marcial Di Fonzo Bo.
–¿Cómo encaraste tu composición de Evita?
–Cada proceso tiene su particularidad y este proyecto era muy especial porque me requirió un compromiso y una demanda emocional y física mayores que otros personajes. Es una Eva a través de la mirada de Copi, un autor genial, que la presenta como una mujer desfachatada, con terror a la muerte y con miedo al olvido. Lo más difícil fue abandonar el respeto al ícono –que yo admiro– y tener la libertad para componer a esta Eva para transgredir e incomodar al espectador.

–¿Y cómo fue ponerte en la piel de una mujer?
–Yo no busqué hacer una mujer. Por eso hay momentos donde exacerbo mi costado femenino y rescato mi lugar más sensible, mi mujer, y hay otros donde utilizo la fuerza del hombre para defender algo, para mostrar la bravura y la violencia que puede tener mi personaje. Fue como navegar en dos aguas al mismo tiempo. Además, es una obra que no sólo habla de Eva, sino también del destierro y la muerte, que no son temas lejanos para mí.
–¿Cómo te llevás con las críticas, el éxito, el fracaso…?
–He estado en los dos lados, en el éxito y en el fracaso. Son faros o luces que te dicen cómo venís, pero la creación y la búsqueda como actor no pasan sólo por ahí. Igualmente creo que los fracasos hay que vivirlos con más madurez que los éxitos porque de eso se aprende muchísimo, tanto en la vida como en el trabajo. Lo más importante para mí es no castigarme por si algo no salió como lo esperaba.
–¿Sos de los actores que ponen a la popularidad en lucha con el prestigio?
–A veces tengo ahí un diablito prejuicioso que me dice: “No podés hacer eso o aquello”, pero también valoro mucho el cariño de la gente cuando estoy haciendo televisión o algo más masivo. Me doy palos, me perdono y así voy…
–¿Leés o estás al tanto de lo que se dice de vos?
–Trato de filtrar bastante, sobre todo hoy, que a través de las redes todo el mundo puede opinar de tu vida y tu trabajo. No puedo gustarle a todo el mundo y sé también que hay mucha agresión, mucha frustración y envidia en lo que se dice de mí. Obviamente, también hay amor y admiración, pero todo hay que filtrarlo.
–Hay un momento en la obra que alguien dice: “Cada vez que prendo la radio hay una noticia de usted, Eva”. Salvando las diferencias, algo parecido pasa actualmente en tu vida: se habla mucho de vos, de la China, de Pampita… ¿Cómo lo vivís?
–Es difícil controlar el yo de los otros, el impacto o el desborde que conlleva mi trabajo. Reconozco que muchas cosas que me molestan me exceden u ocurren a mi pesar. Me parece injusto que esa representación que tienen muchos de mí se use para lastimar. Es muy pesada esa reinterpretación que se hace de cada cosa que hacemos o foto que compartimos en las redes. Todo se siente como una provocación, una “novela” de los otros de la que yo no me puedo hacer cargo. Trato de vivir la vida con cierta libertad y desdramatizando, pero es muy difícil.
–¿Pero en algún momento te enojás?
–Trato de que no, pero tanta relectura o reinterpretación de mi vida molesta. Lo que más me saca de quicio es la mala intención, la falta de respeto…
La naturalidad de un nuevo amor
–¿Cómo definirías tu presente personal?
–Como un renacimiento con mucha luz, con mucha esperanza.
–¿Qué trajo la China a tu vida?
–Risas, sabiduría, compañerismo y mucho amor.
–¿Cómo sos en la pareja: romántico, celoso, independiente…?
–Todo eso. [Se ríe]. Soy compañero, me gusta vivir la vida de a dos y me ocupo mucho de la persona que tengo a mi lado, soy generoso a la hora de compartir sueños, modelos de vida.
–¿Cómo llevás adelante la familia ensamblada?
–Con naturalidad. Yo vengo de una familia ensamblada: mis padres se separaron cuando yo tenía 5 años y se volvieron a casar. Se sufre el fracaso por algo que no funcionó, pero creo en las oportunidades que se presentan para volver a apostar a la familia. El amor se agradece venga de donde venga, sacando los rótulos, y me quedo con eso. Obviamente, todo cambio necesita de paciencia y cariño para que todos se adapten. Es un aprender constante.
–¿Tus hijos están adaptados?
–El drama, los prejuicios y el dolor son interpretaciones de los adultos, los niños buscan la paz y reconocen los lugares de confort, de calor, de afecto y mis hijos tienen eso por todos los lados.
–¿Cómo te reconocés en tu rol de padre?
–Me defino como un papá… En realidad, nadie te enseña a ser padre. Yo trato de ser lo más honesto, alegre, profundo, sabio y cercano posible. Quiero ser amigo de mis hijos, pero poniendo límites. El rol del padre es algo que me enamora, el papel más importante de mi vida y se me va la vida por mis hijos. También hay que saber separar y evitar que todo pase por los ojos de tus hijos para poder realizarte como persona, como pareja.
–¿Cómo estás viviendo el embarazo de la China?
–Es un momento mágico y estoy feliz de compartirlo con ella. Va a ser mi quinto hijo y no termino de sorprenderme del misterio de la vida, la magia… Tengo una ilusión enorme por conocer a ese niño o niña que viene en camino para enseñarnos más.
–Se dijo que era mujer.
–Todavía no sabemos el sexo. La China está recién de tres meses. [N. de la R.: Aunque el rumor más fuerte es que tendrán una nena, desde el círculo íntimo de la pareja aseguran que quieren esperar hasta el parto para conocer el sexo].
–¿Cómo es Eugenia mamá?
–La China tiene 25 años y es una madraza, lo veo a diario con su hija Rufina (4). Es una mujer increíble, muy alejada del personaje que le construyeron… Es una mujer de su casa, que adora cocinar, que tiene buenos amigos y que le encanta el hogar. Por supuesto que uno se enamora de todo eso, sobre todo a esta altura del partido, con mis 38 años. Me enamoró su alegría contagiosa y el amor que les da a mis hijos.
–Recién hablaste de las edades. ¿En algún momento te importó la diferencia?
–Ella tiene 25 años, pero empezó a trabajar desde muy chica, perdió a su papá, fue madre muy joven, se enamoró, se separó, conoce el mundo… Es muy madura y no siento esa diferencia. Y además tiene el amor y la generosidad para estar con alguien que tiene una herida abierta por la muerte de su hija. No hay un solo día en que yo no piense en Blanca, soy un hombre extraviado… y en ese sentido la China comparte mi dolor desde el lugar que puede. Hay que ser muy generoso para querer acompañar a alguien en ese camino. Valoro profundamente su entrega porque no es nada fácil.
–¿Qué reconocés de vos en tus hijos?
–Reconozco algo de mi sensibilidad, la forma que tienen de relacionarse, la timidez. Yo fui un niño muy tímido. Son chicos buenos –no digo que yo sea bueno–, pero ellos sí. Son niños generosos, atentos, respetuosos, solidarios y eso para mí es un golazo.
–¿Van a casarse con Eugenia en el verano?
–¡Tiene que haber casamiento, pues! Estamos viendo, es un deseo, un lindo proyecto, pero no sabemos cuándo porque ahora lo más importante es el niño en camino.
–¿Cómo te llevás con tu fama de mujeriego?
–Me molesta mucho. Lo más fácil para algunos es calificar y clasificar. Se armó una caricatura, una exacerbación de lo que soy. Me considero un enamorado de la vida y en ese sentido estoy orgulloso de cómo he llevado mi vida.
–¿Tenés la conciencia tranquila?
–Bueno, pongamos las cosas en su lugar. Me dicen mujeriego, no asesino, ni violador. Hasta espero poder reírme del título de mujeriego en unos años.
Todo sobre mí
– ¿Tenés algún toc?
–Por ahí, siempre me agarra la duda si cerré bien el auto o no. Me siento a comer en algún restaurante y vuelvo a chequear.
–¿También te agarra la duda si cerraste o no la llave del gas?
–No, para esas cosas soy medio desastre. En la convivencia soy medio desarraigado, se me pierden las cosas, un poco distraído…
–¿Tu mayor virtud?
–¡Llegó el momento del autobombo! [Se ríe]. Mi perspectiva y distancia para poder ver las cosas y no ahogarme.
–¿Un defecto?
–Creerme controlador… Y la vida ya me enseñó que no podemos contralar nada. La vida puede ser mucho más cruel de lo que imaginamos.
–¿La última vez que lloraste?
–Ayer, en el teatro. Siempre hay una instancia en el camarín, que es de soledad e introspección, que no puedo pasar por encima. No sólo lloro de pena y de dolor, ¿eh? A veces lloro de emoción, que me sirve para limpiar y sanar. Hoy estoy viviendo un momento de mucho movimiento.
–¿Tu frase de cabecera?
–“A cualquiera le puede pasar”.
–Un miedo.
–El sufrimiento de las personas que amo, sobre todo de mis hijos. Algo que debo soltar.
–¿En qué creés?
–En el hombre, en Dios, en el universo… Quiero creer en las personas. Y en el amor como gran motor.
–¿Te psicoanalizás?
–Ahora vengo de un proceso largo con una psicóloga acá en Argentina, pero también he tenido psicólogos y psiquiatras en Chile, donde para muchos hay que tener una enfermedad o un problema para hacer terapia. Me parece necesario atenderse la “peluca” del lado de adentro.
–¿Un recuerdo?
–Los caballos me llevan galopando a mi infancia, me gustan su mirada de nobleza y ese misterio que encierran.
–¿Tuviste una infancia feliz?
–Tuve una mamá maravillosa, que me contuvo, que me abrazó mucho; un papá fuerte, pero a la vez amoroso y generoso. Un padrastro que también me abrió la cabeza y me mostró otras cosas del mundo; una madrastra que me cocinó todos mis platos favoritos… Igual, no es casualidad que yo sea embajador de Unicef (el 9 de septiembre viaja a Palestina a filmar un documental) porque creo que la etapa más importante de la vida es la infancia, donde realmente podemos cambiar las cosas, el mundo.
–No te gusta la gente que…
–Es complaciente e hipócrita.
–Siempre te hace sonreír…
–Mis hijos, su ingenuidad y hasta los recuerdos tristes que puedo evocar con cierta alegría.
–En la última entrevista que la China hizo con ¡Hola! Argentina, le preguntamos por un deseo personal con vos y respondió: “Que seamos felices, creo que nos lo merecemos”.
–¡Mira qué bonito! Estoy totalmente de acuerdo con ella, creo que el ser feliz es un derecho y es un deber. Y me gusta creer que uno se merece algo mejor: que es la felicidad.
–Si pudieras, ¿cómo titularías esta entrevista?
–Con algo que tiene que ver con cómo me siento hoy, con el renacer, con merecer la felicidad y apostar por la vida porque finalmente –cuando hablamos de un nuevo embarazo– estamos hablando de eso: de apostar.
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