BLUMBERG LLENÓ MEDIA PLAZA Y LE PEGÓ AL GOBIERNO POR LA SEGURIDAD
Juan Carlos Blumberg bajó de un auto a 200 metros de la Plaza y dio los primeros pasos por la calle Reconquista, tomado del brazo de los guardaespaldas que trataban de impedir que la gente le cortara el paso. Miles de velas encendidas y los veinte minutos que tardó en llegar al escenario le despejaron su presagio más temido: que la politización de la convocatoria y la activación de la contramarcha le arruinaran el acto. Antes y después lloró, pero en el medio no le tembló la voz para acusar al Gobierno de no tener decisión para resolver la crisis de seguridad.
Aunque se trató de la cuarta marcha desde que el 23 de marzo de 2004 su hijo Axel apareció en Moreno con un disparo en la sien, tras seis días de cautiverio, los motivos de la convocatoria no perdieron vigencia. Acaso porque fue la primera que se hizo en las narices del poder, a metros de la Casa Rosada, cada frase tuvo el efecto de un puñal en el corazón del Gobierno. Y para muchos de los organizadores la celebración fue doble porque la contramarcha, según razonaron, pasó a segundo plano (ver Poca gente y algunas diferencias…).
“Estamos aquí, señor Presidente, porque cuando usted quiere superpoderes o el Consejo de la Magistratura, lo logra. Nosotros queremos seguridad para todos”, gritó desde el escenario montado en el centro de la Plaza de Mayo, pegado a la Pirámide y ubicado sobre el dibujo de los pañuelos de las Madres. También afirmó: “La fuerza del voto es lo que nos va a salvar”.
Una multitud, por momentos en sonoro silencio y en otros con gritos y críticas altisonantes, siguió cada palabra y reprobó con silbidos cada vez que se mencionaron los nombres o los cargos de los funcionarios kirchneristas. Según los organizadores hubo 300 mil personas, extraoficialmente la Policía habló de 60 mil y una alta fuente del Gobierno arriesgó 8 mil. Los periodistas de Clarín estimaron una concurrencia de entre 35 y 40 mil.
Como sea, la imagen que devolvían los televisores —encendidos desde temprano en los círculos del oficialismo— impactó fuerte. Pero con la misma velocidad con que la convocatoria dibujó una mueca de disgusto en los funcionarios, se decidió salir a contrarrestar la euforia pro Blumberg. “No fue una protesta por la seguridad sino una marcha de la derecha opositora”, apuntaban (ver Poca gente y algunas diferencias…)
“Nos insultaron, nos intentaron dar miedo, nos cortaban los celulares y no nos dejaban entrar a las canchas de fútbol para promocionar el acto. Pero aquí estamos, no nos van a torcer el brazo”, arrancó Blumberg su discurso, que duró media hora.
Detrás del ingeniero, de espaldas a una gran bandera en la que se leía “Por Justicia, por las víctimas, por la vida”, estaban los familiares de víctimas de la inseguridad. Se vio, entre otros, a Emilse Peralta (madre de Diego, que apareció asesinado en una tosquera del conurbano), a Marcelo Bragagnolo (padre del joven muerto tras una pelea en Palermo Chico) y al padre de Santiago Miralles, un nene de 6 que apareció asesinado en un pozo ciego.
A los pies y por las calles adyacentes cientos de manifestantes portaban una vela que se podía comprar a cambio de un peso en el trayecto a la Plaza y otros tantos exhibían una pancarta con las fotos de las víctimas de la inseguridad. Se trató de un público heterogéneo: jóvenes de saco y corbata recién salidos de la oficina, mujeres embarazadas, matrimonios con chicos y piqueteros con Raúl Castells a la cabeza. Mezclados entre la gente, también, varios dirigentes opositores: Mauricio Macri, Ricardo López Murphy, entre otros.
Con el mismo tenor que tuvo el discurso del padre de Axel, antes se habían expresado el pastor evangelista Osvaldo Carnival, el rabino Sergio Berman y el cura católico Ricardo Fernández Caride. “Los derechos humanos no son de izquierda ni de derecha”, soltó el rabino y se ganó una inesperada ovación.
“No tengo nada que perder, a Axel ya me lo quitaron. Te amo Axel”, dijo Blumberg y el grito marcó el final del acto. Pero los reclamos se renovaron poco después: al salir, en medio de empujones y el apuro, varios punguistas dejaron sin celulares y billeteras a los menos precavidos.
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