BOCA: CON LA ESPERANZA DE LOGRAR UN POCO DE PAZ
Busca paz Boca, pero no la encuentra ni cuando reserva un rinconcito para divertirse, para relajarse. La mañana del viernes, por ejemplo, estaba destinada a la distracción. Se había previsto un entrenamiento recreativo, con el clásico picado con los jugadores ocupando posiciones que no son habituales. Sin embargo, el día previo al partido con Arsenal, crucial por el Clausura, concluyó siendo molesto en todos los sentidos para Carlos Bianchi y compañía.
Por la denuncia del preso que aseguró que planean secuestrar al Virrey y a varios jugadores, arribaron ayer a Casa Amarilla montones de cámaras de programas periodísticos que no son deportivos. Más allá de los ocho policías que vigilaban el ensayo, el entrenador, observador como siempre, detectó desde el campo que eran demasiadas las visitas de aquellos que no suelen convivir con el Planeta Boca…
Ahí tal vez Bianchi comenzó a diseñar cómo recorrería los casi cien metros que separan a la cancha donde practicó el plantel del vestuario local de la Bombonera. ¿Cómo? Bajándose la visera de la gorra blanca al máximo, como intentando que las cámaras no captaran ninguna imagen de su rostro en primer plano.
Claro que al Virrey lo que más enojo pareció causarle fue un principio de pregunta de un periodista farandulero. No le contestó, abrió la puerta del vestuario y adentro, a ducharse. Eso sí, dos minutos más tarde, llegó el desalojo para la totalidad de la prensa: “Vamos, vamos. Todos los periodistas afuera de acá. Es una orden de Bianchi”, gritó, enérgico, un hombre de seguridad.
Había que dejar la antesala del vestuario, debajo de la platea, y mudarse sí o sí al playón de estacionamiento. Y ahí, a medida que salían los jugadores rumbo a sus autos, se encontraron perlas con los más diversos matices.
Algunos futbolistas-referentes reconocían que hasta el momento en que salieron hacia Casa Amarilla contaban con custodia personalizada en sus hogares, aunque remarcaban lo que luego se confirmaría: todos, incluido el técnico, exigieron que les levanten cuanto antes la vigilancia.
Mientras un vendedor de CD quería convencer a Antonio Barijho de que su material musical era imperdible, al lado las cámaras se chocaban por grabar a Guillermo Barros Schelotto (un supuesto blanco de secuestro) acomodando en su BMW varias cajas de Gatorade que acababan de traerle. No importaba que el Mellizo ya hubiera anunciado que no dialogaría con la prensa.
Mientras, un hombre de seguridad privada se comunicaba por handy con un compañero que estaba adentro y le preguntaba: “¿Por dónde pueden salir Clemente Rodríguez y Barbosa?” La respuesta que daba era la más atinada: “Que salgan por cualquier lado. Hay periodistas por todas partes”.
La partida de Bianchi también fue singular: salió en el auto de su ayudante Carlos Compagnucci, quien estacionó dentro de la misma Bombonera. El Virrey recién subió una vez que el portón azul se había cerrado, sin que ningún periodista lo observara. Eso sí, antes de irse, entendiendo los requerimientos informativos de los periodistas que cubren Boca, frenó, bajó el vidrio y contó que Pablo Ledesma reemplazaba en la lista de concentrados a Diego Cagna, al protagonista de la mala noticia futbolística del día: el capitán padeció un esguince de rodilla en ese partidito distendido (se lesionó solo) y recién volvería para el primer clásico más clásico contra River. Una vez que dijo lo suyo, Bianchi dejó una broma rápida, una sonrisa y se fue a buscar paz.
Este contenido no está abierto a comentarios

