BOCA FUE UNA SOMBRA DE SÍ MISMO
Se mancó Boca. De ese equipo goleador y seguro de hace días, ni rastros. Una sombra. Un remedo de conjunto. Apenas si quedaron los destellos de Carlitos Tevez, la presencia de Abbondanzieri y la firmeza de Schiavi. El resto poco, casi nada. Un puñado de individualidades sin resto técnico y sin demasiadas reservas de oxígeno. Y resucitó Central. Y este Central con mayoría de pibes, que arribó a este desafío maltrecho en los resultados, le ganó corriendo mucho y jugando algo más. Con el Chacho Coudet como abanderado de la “epopeya”. Y, además, gestor inteligente de los momentos más felices.
No hay dudas sobre la legitimidad del triunfo rosarino. Ninguna. Esa imagen final de Boca, tirando centros y centros buscando el cabezazo salvador de Martín Palermo o la maniobra individual de Tevez, pintaron la cruda realidad; este es un Boca menor, con la capacidad recortada, desmemoriado. Sin nivel.
Y arrancó distinto el desarrollo. Porque Central tardó en encontrarle la vuelta, especialmente hasta que se acomodaron los chicos Damián Ledesma y Andrés Díaz. En los momentos iniciales sobresalió el oficio de Cagna, de Cascini y de Guglielminpietro para apoderarse de la pelota. Tevez complicó a Raldes cada vez que lo encaró. Y sufrió Ojeda. Pero no todo ocurrió cerca del arco local. Del otro lado aparecieron fragilidades por el costado de Traverso-Matellán, que comenzó a usufructuar Coudet. Y mientras Tevez pudo, Boca se ilusionó. Y cuando se engancharon Díaz, el Ledesma local y Coudet, tuvo tarea importante Abbondanzieri. Pese a los cortes (las lesiones de Morel Rodríguez y Villa, más las cintas de papel que cayeron al campo) la pelota pasó rápido de un sector a otro, más seguido hacia Ojeda en la media hora de apertura y después una y una. Es que los pibes de Central dejaron el alma en cada maniobra. Y eso lo empujó a Boca a acelerarse y como no tiene organizador, no tiene quien le ordene el juego, dependió de los aciertos del Guly o de Cagna, porque Pablo Ledesma no ejerció ni control de balón, ni trasladó con eficiencia. Y eso Boca lo sintió. A Central le faltó contundencia. Vitti es hábil, cubre bien el balón, pero todavía no encuentra la llave para convertir. Lo van a tener que esperar. Y Marcos Ruben recién asoma, con sus 17 añitos.
En el complemento Coudet tiró sobre la cancha toda su inteligencia. Y encabezó el operativo presión sobre Traverso y Matellán y obligó a rendir a destajo a Schiavi. Por ese flanco armó Central sus minutos de mayor envergadura futbolísticas. Y en ese sector se pergeñó el gol convertido por Papa, tras el centro de Coudet y el desvío de Ruben. A Boca se le voló la partitura. Apurado no encontró respuestas. Tevez intentó transformarse en eje, pero ya Raldes ubicó la fórmula para anticiparlo y neutralizarlo. Carbonari se deglutió a Palermo y Carreño (entró para formar un terceto ofensivo) nunca pudo con Ferrari. La cuerda ofensiva le duró 25 minutos a Central. Y cuando el reloj avanzó, lentamente empezó a conformarse y a recostarse cerca de Ojeda. A los pelotazos Boca trató de atropellarlo. Pero fue un Boca de vuelo bajo. De cualidades modestas. Y Central resistió con escasos sobresaltos. Quizás la tensión exterior que gobernó a la gente, el suspenso por la chapa de cierre, el famoso miedo escénico, le puso una cuota de emoción importante al partido, pero en la verdad de como usar la pelota, Boca no contagió nada. Y Central transitó con mucho más comodidad de la esperada los minutos finales, cuando con otro Boca, otra hubiese sido la historia.
Raro este Boca. Ciclotímico. De una identidad difusa. Por ahora no ofrece garantías inmediatas. Este Boca vacilante cayó sin excusas en Arroyito. Central disfrutó su momento de gloria. Y abrió una ventana en su horizonte. Nada menos. Nada más.
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