BOCA GANÓ, PERO DEJÓ EL FINAL ABIERTO
El cuento de las definiciones a dos bandas, a partido y revancha, suele incluir una buena porción de suspenso. Y más en estos casos, claro, cuando el que gana, como ganó Boca anoche, no liquida la cuestión. Porque le quedan noventa minutos a esta semifinal copera. Y será en el Monumental. Y con las evidencias a mano, después de jugar todo el segundo tiempo con uno menos, River al cabo respiró. Porque todavía está vivo. Porque aguantó. Y como Boca —por más que manejó la pelota y el juego en la segunda parte— no lo supo definir, el 1-0 es una ventaja importante, pero nadie puede aseverar que sea determinante. Eso lo dirá el tiempo. El jueves que viene se sabrá.
Empezaron con rencores, con demasiado ahínco, exhibiendo esfuerzos con exageración. Como si el eje de la cuestión se hubiese planteado en los roces y no en el juego. Para ver quién es más guapo. Fue evidente que habían quedado secuelas del duelo reciente que había ganado River por el Clausura.
Y en este contexto asomaron las fricciones en los distintos sectores del campo. Así, entonces, el partido no remontaba vuelo. Los nervios le ganaban la pulseada a la creación. Parecía que Boca se armaba mejor en aquel entonces, pero sin criterio futbolero. Porque le faltaba Tevez, sentado en el banco. No tenía el equipo de Bianchi alguien capaz de encender al equipo de tres cuartos hacia adelante.
Las tarjetas amarillas se fueron encadenando rápidamente. Hubo dos faltas seguidas en el fondo de River (Rojas a Guillermo primero y Ameli a Caneo después) y a partir de ese momento crecieron las tensiones. En medio de un partido trabado, enredado, llegó el centro de Guillermo y el cabezazo goleador de Schiavi.
Uno a cero. Y al ratito, las expulsiones de Gallardo y Cascini… Y el revuelo general. A esa altura del clásico, en la Bombonera ya parecía dueña absoluta de la noche esa convención de los viejos vicios de la Copa Libertadores. Esta vez la violencia, rigurosamente vigilada, al fin de cuentas no estaba afuera. Estaba adentro.
Después de ocho minutos de peleas, reanudaron. Y más tarde se ganó la roja Garcé por una fuerte infracción a Vargas. Insólitamente, al quedar nueve contra diez, River mejoró. Porque creció Maxi López adelante. Porque el resto trató de tranquilizarse. Y porque Boca siguió sin rumbo, sin poder mandar con autoridad. Y concluyó la primera etapa ofreciendo una mejor imagen el equipo de Astrada, pese a todo.
Ante las carencias para generar juego y la necesidad de adueñarse del desarrollo por parte de Boca, Bianchi metió a Tevez (que debió jugar de entrada) por Caneo. Enseguida Astrada puso a Juan Fernández por Lucho González y al rato hizo entrar a Coudet por Cavenaghi. La intención de River era rellenar el dispositivo defensivo, claro. No era cuestión, anoche, de seguir recibiendo goles, como ése que Lux le tapó a Barijho antes del ingreso del Chacho Coudet.
La pelota, a medida que se fue consumiendo el segundo tiempo, pasó a ser patrimonio casi exclusivo de Boca. La diferencia de ser 9 contra 10 acentuó las posturas. Cangele ingresó por el Mellizo y Sambueza por Mascherano. Cambios y más cambios… Pero no cambiaba el núcleo del juego: seguía enfocado en campo visitante. Por eso tenía más trabajo Lux que Abbondanzieri. Por eso River apostaba a un contraataque salvador vía Maxi López.
Llevado de la mano del colombiano Vargas —eje y figura—, Boca buscó hasta el final. Pero no supo llegar al gol. Y se quedó con una diferencia endeble. Quizá le alcance, claro. Mientras tanto, nadie puede cantar victoria.
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