Brindis con un patero
Hace unos días estábamos en Jujuy, como última etapa del recorrido por el noreste. El próximo objetivo es Catamarca. Pero dos cosas son bien sabidas: Salta envuelve a Jujuy y en la ruta uno no siempre hace lo que tenía pensado hacer. De modo que para ir de Jujuy a Catamarca hay que pasar por Salta otra vez y que, en ese camino, Tolombón, que no era parada pre establecida, se convierte en sitio obligado de detención.
Es que allí se producen vinos que también merecen la pena de ser probados. Y más merece la pena contar la historia de los vinos de Tolombón, como contra cara de los industriales, ya que permiten mantener economías familiares que, como sucede en este país con las economías familiares, suelen andar tambaleantes.
Ese el caso de los Zuleta, elaboradores de vino en Tolombón, desde que existe el vino o, para no exagerar, desde que existe Tolombón, o desde que llegaron los Zuleta, hace más de 50 años. Una familia de productores que tiene una mínima porción de tierra y que subsiste merced a una labor que se hereda y se lleva en la sangre. O en el vino.
Manuel Zuleta camina con el cronista, a paso lento, por la ruta 40, rumbo al viñedo que fue su cuna. Habla bajito, porque en el Valle nadie levanta la voz. Y no necesita ir demasiado al fondo de la cuestión para hacer entender que Don Indalecio, ese nombre que ahora reluce en etiquetas caseras pegadas en las botellas, era su padre, el que le enseñó a elaborar el vino.
Rumbo a su cava, camino a sus humildes viñedos, cuenta que “ a los productores pequeños, el Instituto Nacional del Vino sólo les autoriza a producir unos 7 mil litros, lo equivalente a 5 mil botellas”. Tierra adentro, el recorrido se hace arenoso y las vides se han quedado calvas por el otoño. Manuel aclara que, de esas botellas que se venderán luego a 5 pesos, ellos ganan aproximadamente 2.40.
Un burro rezonga desde un corral clamando por comida. Es la casa paterna de Manuel. Si tiene suerte y puede vender toda su producción, habrá de ganar unos 12 mil pesos en el año. Entonces podrán comer todos, incluido el burro. Y podrán seguir estudiando los hijos que, en lugar de seguir la tradición familiar, optaron por la informática.
Pero ya no es tan sencillo colocar tantas botellas en un mercado que, ante la irrupción del turismo organizado por agencias que llevan a los visitantes sólo donde pagan comisiones y, ante la competencia de tantos productores, generalmente hay remanente. Como este que ya en su cava, bien guardado en toneles de algarrobo, Zuleta da de probar.
Para que este mistela bien dulzón, con sabor a nuez, o aquel otro torrontés con una graduación alcohólica impactante en ayunas estén en esas tinas, antes hubo que recolectar la uva. Y para eso hubo que contratar cosecheros. Ellos cobran 50 centavos por gamela (caja con 20 kilos de uva) y por día pueden ganar entre 30 y 40 pesos. Aunque muchos, en los dos meses que dura la cosecha, eligen traer a sus esposas y sus hijos para ganar más, entre todos.
“Por los problemas del agua y lo que hay que pagar, a veces conviene comprar la uva directamente”, explica el hijo de Don Indalecio. Él a veces lo hace, porque otra no le queda. Este malbec que estamos probando ahora, admite, es de uva comprada. El agua, claro, es un problema en el Valle. Escasea. No como cuando ellos eran jóvenes y había turnos para recibirla, pero no abunda.
Para colmo, algunos hoteles e bodegueros poderosos hacen pozos profundos y no se interesan demasiado por la suerte que pueda caberle al resto. Es más, por lo bajo dicen que algunos de esos hoteles son del gobernador Romero, y que algunos de esos bodegueros poderosos son, precisamente, el gobernador Romero.
Pero a Manuel no le interesa demasiado. Esté quien esté, cuando se inicia otra cosecha, tendrá que volver a pisar, volver a producir, como lo aprendió del viejo Indalecio, como ya no lo harán sus hijos. Como si se tratara de una metáfora de las pérdidas de todos los días.
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