BRINDIS POR FALTA Y RESTO
En el Uruguay lo llaman tinta brava, mote que está directamente relacionado con la destreza de su pluma. La trayectoria del “Flaco” Raúl Castro cuenta que compartió escenarios con músicos de la talla de Alfredo Zitarrosa y Jaime Roos, con quien escribió algunas letras memorables. En los años 80’, su espíritu inquieto lo llevó a fundar “Falta y Resto”, una murga que por estos días es uno de los símbolos del canto popular uruguayo.
Raúl ¿Nos gustaría que nos cuentes como comenzó tu relación con la música?
Mis padres eran muy musicales, siempre estaban escuchando canciones en mi casa. Y cuando tenía siete años, conocí a unos pibes en mi barrio que tenían una murga y me invitaron a formar parte de ella. Recuerdo que por aquellos días escribí la primera letra de mi vida. La primera murga en la que participé se llamó “Los caminantes”, después, en mi adolescencia, estudié algo de guitarra y participé de otra murga que se llamaba “Los peinados mercantes”. También participé en grupos de rock, de canto popular, hasta llegar a “Falta y Resto” en los años 80’, de la cual fui uno de los fundadores.
Recién comentabas que en tu casa se escuchaba mucha música. ¿Era gracias a la radio? ¿Había discos?
La radio siempre estaba prendida y también había discos. Recuerdo que lo que más escuchábamos era tango y folklore argentino. Después, me enamoré obviamente de los Beatles y del canto popular uruguayo, con Zitarrosa, con Viglietti, con los Olimareños.
Y relacionado al tango ¿Qué autores y que interpretes te conmovían?
Fundamentalmente Julio Sosa, a quien tuve la suerte de conocer en los estudios de canal 10 de Montevideo. Yo era un gurí cuando lo vi cantar sentadito en una mesa, es una fotografía que guardo en mi memoria. Obviamente, Carlos Gardel, que para mí es la imagen viva del cantor, por su paciencia, su capacidad y su amor. Yo creo que Gardel más allá de sus logros musicales y autorales, tiene en su grandeza el haber hecho trascender en el mundo la cultura río Platense con su obcecación. Y más adelante en el tiempo, todos los cantores de la década del 40’ con los que me fui encontrando, desde Floreal Ruiz hasta Edmundo Rivero, un cantor del cual me fascina su temática, tanto que soy un estudioso del lunfardo. También me gusta mucho Troilo, a quien considero el corazón del río de la plata. Y últimamente estoy redescubriendo a Piazzolla.
A mi me gusta mucho el tango, y en relación a los tangueros modernos, yo creo que los letristas de tango se pasaron al rock and roll. Me parece que en la poética del rock and roll esta mucho de los que era la poética tanguera, de los 40’ y los 50’. Y muchos vuelven del rock and roll al tango. Yo sigo siendo muy tanguero.
Entre las influencias musicales que nombraste, se encuentra una que es ineludible para todo músico uruguayo que se precie de tal, el maestro Alfredo Zitarrosa. ¿Te acordás cuando lo escuchaste por primera vez?
Sí, creo que fue con su canción “Milonga para una niña”. Aquel fue el tema que primero trascendió en Montevideo, donde Zitarrosa era un locutor radial que se transformó en un gran cantor. Nosotros dejábamos de jugar al fútbol por dos temas: Si salía un disco de Zitarrosa o un disco de los Beatles. En aquellos días parábamos la pelota y nos íbamos a casa a escuchar los discos, después de una semana volvíamos a los campitos.
Yo recuerdo que hace algunos años contaste en LT 10 una anécdota maravillosa, del día en que conociste a Alfredo Zitarrosa.
Estábamos cantando en la vieja Trastienda, en la calle Tames y Gorriti, un local que era una esquina bastante chiquita comparado con lo que es hoy la Trastienda. Era la primera vez que veníamos con la Falta a la Argentina, fue en el año 1983. Muchos uruguayos estaban en el desexilio, y antes de ir al paisito pasaban por la argentina. Nosotros nos habíamos enterados que Zitarrosa estaba por volverse de México, pero no teníamos idea que ya se había vuelto. Recuerdo que era tan chiquito el local que la puerta de la trastienda estaba al lado del final del escenario, justo en el lugar donde estaba parado yo. De repente en el momento que estaba cantando el Canario Luna, se abre la puerta y entra Don Alfredo Zitarrosa. Yo miraba y no lo podía creer, me parecía la cosa más surrealista del mundo. Lógicamente cuando entró lo vio un montón de gente, el Canario dejó de cantar y los espectadores comenzaron a aplaudir, aplaudir y aplaudir, y él se puso nervioso y le pidió a la gente que dejaran cantar a la murga. Fue tan hermoso lo que sucedió aquel día que jamás me lo voy a olvidar. Él nos pidió que por favor sigamos cantando y todos nosotros vocalizábamos con la garganta trabada, porqué estaba volviendo nuestro Gardel, el hombre que nos emocionaba con “Guitarra negra” y estaba ahí con nosotros. A parir de aquel día, hicimos una hermosa amistad. Luego, cuando el volvió al Uruguay, tuvimos el privilegio de acompañarlo en una presentación que realizó en el club Atenas. Me acuerdo que le regaló la corbata a uno de nuestros músicos y en su casa nos jugamos unos trucos, que perdió con Falta y Resto (risas). Son cosas que te da la vida, que son bonitas haberla vivido para poderlas contar.
Y Serena, la hija de don Alfredo, fue maquilladora de la Falta y Resto, hace muy poquito tiempo cuando fuimos al teatro de verano. Realmente una familia hermosa.
Raúl, te quiero llevar con el recuerdo a los días de tu juventud, sino me equivoco por aquellas épocas tuviste un grupo junto a Jaime Ross, que se llamaba “Patria Libre”. ¿Cómo fue aquella experiencia?
Por aquellos días nosotros teníamos un grupo con el choncho Lazarof, con Jorge Bonali y Miguel Amarillo, que fue una agrupación que armamos para interpretar en un comité de base del Frente Amplio, “La cantata de Santa María Iquique” de los Quilapayun. Jaime Ross entró al grupo cuando se fue Miguel, en el año 73’. Grabamos unos discos que fueron prohibidos y nos fuimos para Europa. Primero el choncho Lazarof y yo, y luego Jaime y Bonali. Continuamos en Europa hasta que en París nos separamos y cada uno emprendió su camino.
Jaime Ross debe ser el músico que más lejos llevó alguna de tus letras, ¿No?
Sí, por supuesto, Jaime es un músico con prestigio internacional que para mí es un orgullo ser su amigo, ser coautor con él en algunas canciones y obviamente que le ha dado al Uruguay una huella más en su identidad cultural. Y además de ser un músico muy completo, es una gran persona, que quizás es más importante todavía.
Raúl, ¿Cómo nació “Falta y Resto”, esta murga que se transformó en un mito viviente de la música popular uruguaya?
Te voy a hacer la génesis exacta de cómo nació la falta. Yo venía caminando por una calle de Montevideo que se llama Daniel Muñoz, donde hay un club de basketball. En ese lugar se estaba desarrollando en los años 80’ un festival de música y yo entré a ese recital y vi cantar a un grupo que se llamaba Rumbo, que estaba interpretando un tema que se llama “A redoblar”. Yo escuché esa canción que era una murga y me puse a llorar, decía algo así:
“A redoblar muchachos la esperanza
que su latido insista en nuestra sangre
para que nunca olvide su rumbo
Porque el corazón no quiere entonar más retiradas”.
Y a partir de ahí dije: “Hay que sacar una murga en carnaval, para resistir culturalmente por medio del canto”. ¿Por qué resistir? Porque iban a votar una constitución militar en noviembre y todo hacía prever que iba a salir positivo ese voto. Además, no había posibilidades de hacer ni siquiera propaganda en contra. Por suerte el pueblo uruguayo fue inteligente y la constitución militar no salió, y comenzó a caerse la dictadura. Así y todo tuvimos muchos problemas con la censura, durante los dos primeros años. Pero la censura es como un escorpión que se pica con su propia cola. Cuanto más nos censuraban más nos aplaudía la gente. Cuanto más nos censuraban más significados les encontraban a nuestras palabras. Y al final cuando nos quisieron enterrar, con la tierra que nos tiraban construimos nuestro pedestal.
Y volviendo un poco al presente, yo tengo una imagen muy luminosa de “Falta y Resto” en aquel recital multitudinario del 25 de mayo del 2004, en plaza de mayo, donde compartieron escenario con Víctor Heredia, Luis Eduardo Aute y Silvio Rodríguez.
Aquel día estuve con los ojos llenos de lágrimas durante toda la actuación. Fue muy emocionante ver a tantos latinoamericanos con banderitas de sus países unidos en plaza de mayo, ver las banderas con el Che Guevara, con Sandino. Fue muy lindo para nosotros, unos humildes murguistas, haber compartido escenario con músicos que admiramos tanto. Y fue increíble percibir la sensación que quedó después de la actuación de la murga en la gente, de tanta cordialidad. Mucha gente descubrió ese día a nuestra murga. Aquella actuación nos abrió las puertas de muchos lugares.
Pero de aquel día rescato una postal muy hermosa. Un pibe me contó que había vendido el televisor y había hecho cuatrocientos kilómetros sólo para venir a ver a la murga.
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