Buenos Aires me mata
Más que una crónica, esta nota podría ser una advertencia. Los carteles verdes de vialidad nos avisan que estamos en la provincia de Buenos Aires. Y vale avisar a incautos seguidores de estas aguafuertes que nacerán en esta comarca los informes más incompletos. Es que, Buenos Aires es inabarcable, según sus propios números lo prueban. Poblada como un país entero, gigante como un pequeño continente, rica como sus dueños, nadie podrá contar mucho sobre ella.
¿Quién conoce la provincia de Buenos Aires? ¿El que se sabe de memoria los accidentes geográficos de la panza que da al mar? ¿El que hace negocios portuarios en la industrial zona de Bahía Blanca? ¿El que se gradúa en la Universidad de las calles del conurbano lindante con la Ciudad Autónoma? ¿El que lleva los granos y el ganado que produce la pampa rica hacia el puerto capitalino?
Ante semejante imposibilidad, nosotros elegiremos decir alunas grajeas de la zona oeste, que fue testigo de la extensión ferroviaria del país y que hoy sigue siendo sostén económico en un campo siempre noble y productivo. A propósito de ello, los resabios de la explosión sojera empiezan a hablar por sí mismos: los brotes verdes se montan hasta en las banquinas y las propagandas de las multinacionales predominan sobre los alambrados.
También ha crecido notablemente el movimiento de autos, camiones y –más que nada- vehículos que son herramientas de campo: tractores, cosechadoras, trilladoras, ganan la ruta, anunciando el incipiente momento del agro. Igual, los dueños de la pelota habrán de quejarse, de las retenciones, del clima, casi un modo de ser.
Los próximos kilómetros serán hacia la Zanja de Alsina.
Ese lugar lejano, un foso kilométrico que ordenaron cavar los conquistadores del desierto para que los aborígenes no pudieran pasar más hacia la “zona civilizada”, aún cuando fue un fracaso, es historia. Pero no escapa a los tiempos materiales que corren. Apenas se lo recuerda con un monolito y una placa, porque los granos urgen y es preciso sembrar, aunque sea arriba de una zanja. De la Zanja de Alsina.
Ahora ya no hay tantos caminos laterales pedregosos o enripiados, ni un parque automotor desvencijado con patentes que no se renovaron y todavía llevan letras mayúsculas y seis números. Ahora –aunque en la provincia- León ya nos ha enseñado que los zapatos empiezan a ser modernos. Ahora es la aproximación mayor al “progreso”. Tiempo y lugares pergeñados por tipos que casi nunca somos nosotros.
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