CADA VEZ HAY MÁS CONSULTAS POR REORIENTACIÓN VOCACIONAL
Quizá no todo, pero algún tiempo pasado sin duda fue mejor. Hace un puñado de años, los jóvenes elegían qué estudiar o fantaseaban con un futuro profesional atendiendo el pulso de sus pasiones. Pero irrumpió la crisis, imponiendo urgencias y prioridades ajenas a esos placeres, y primó la necesidad: desde el 2001 la salida laboral y la rentabilidad económica tomaron las riendas de las decisiones. Recién el 2005 amaneció más equilibrado y este año acaba de alumbrar los resultados de un cambio alentador: crece la “reorientación” vocacional. Retrocede la elección de una profesión en base a “lo conveniente” y se vuelven a privilegiar las ganas y el deseo al momento de decidir.
Así lo refleja un flamante informe del Instituto de Orientación Profesional de la Universidad del Museo Social Argentino, con 75 años de historia en el país. Sus estadísticas al respecto son contundentes: en 2002, el 90% de quienes consultaban para definir su vocación profesional privilegiaba ante todo la salida laboral. En 2003, el 80% le sumó a esa prioridad la potencial rentabilidad económica del futuro trabajo. Y en 2004, el 80% agregó la variable familiar a esos argumentos. La sorpresa llegó después: en 2005, todas esas explicaciones retrocedieron y 7 de cada 10 pusieron la vocación al tope del ranking al momento de decidir.
“Aumentaron muchísimo las consultas por reorientación vocacional. La mayoría son jóvenes de entre 20 y 23 años que, tras cursar uno, dos, tres años, abandonan la carrera que eligieron por conveniencia o necesidad en el marco de la crisis socioeconómica y buscan otro camino, más ligado a lo que les gusta, a lo que tienen ganas de hacer, a lo que los apasiona”, explica la licenciada Virginia Tarsitano, al frente de la cátedra de Orientación Vocacional y Laboral de la UMSA.
Según sus relevamientos, en 2001 y 2002 se repitieron con insistencia un par de fenómenos:
– Exigidos por un mercado cada vez más competitivo y excluyente, en los sectores medios creció la búsqueda de formación vinculada a la salida laboral y a la potencial rentabilidad profesional.
– Y en la clase media alta y alta aumentó el interés por carreras cuyos títulos pudieran validarse en el exterior: el horizonte estaba más allá de las fronteras.
“Recién en 2004 empieza a mermar la angustia y la ansiedad vinculada a la emigración, sensaciones exacerbadas por la presión de los padres que sentían que la única salida estaba en el exterior —explica Tarsitano—. En el pico de la crisis, por su propio desborde personal, en lugar de apuntalar la vocación los padres estimularon la salvación”. El 2005 amaneció distinto: “Los argumentos basados en la conveniencia no desaparecieron, pero crece notablemente la contramarcha en la elección y la búsqueda de una nueva decisión vocacional”, dice.
El cambio de carrera no es novedoso: se estima que el 25% de los jóvenes se arrepienten de su decisión y buscan nuevo rumbo. “Lo que cambió últimamente es el contenido de ese porcentaje. Antes estaba asociado a adolescentes que se metían en una carrera sin saber muy bien de qué se trataba. Hoy, dicen ‘me equivoqué porque elegí algo pensando en el laburo o la plata, y no en lo que me gusta’ “, agrega.
“No se puede sostener una carrera, una profesión o un trabajo sin amor, sin pasión. La frustración es muy grande. Cuando uno hace lo que le gusta se apropia de su deseo y deja de estar sometido a las reglas del mercado y a los mandatos ajenos. Es muy importante que los adolescentes vuelvan a elegir en función de ideales y de lo que imaginan y quieren de sí mismos”, destaca el doctor Hugo Gargano, titular de la cátedra de Psicología Educacional.
La perspectiva romántica, este retorno a la vocación y lo que les gusta, se sostiene también en características no tan positivas de los adolescentes de hoy. “Tienen menos tolerancia a la frustración, no soportan la idea de hacer algo que no les gusta o de hacer sacrificios “, subraya la especialista.
Quienes cambian el rumbo a los 20, 21, 22 años, según los expertos, no lo viven tanto como un fracaso. “En general, prefieren cambiar a hacer algo que no les gusta, pero están muy ansiosos por el tiempo. Es increíble la percepción de urgencia que los tortura siendo tan chicos”, dice Tarsitano. “Si uno está bien plantado se da cuenta que no se equivocó: cambió de opinión. Cuando lo puede vivir así lo capitaliza de otra manera”. Gargano coincide: “Lo fundamental no es qué eligen sino cómo eligen y para qué, si es en función de sus propios intereses o en función de una adaptación a un tercero o a una situación. No es lo mismo elegir para vivir que para sobrevivir”.
Este contenido no está abierto a comentarios

