CADA VEZ HAY MÁS MENORES EN CONFLICTO CON LA LEY PENAL
Imagínese esta situación: desde que tiene uso de razón le muestran imágenes de todos y cada uno de los grandes placeres de la vida. Autos con todos los avances tecnológicos, buena ropa, viajes, comida en el ambiente propicio, deportes, una familia unida en la que el afecto no escasea… La seductora simbología es arrojada hacia Ud. una y mil veces acompañada por la fáctica negación de acceso: nunca lo vas a poder tener: “Miralo pero no lo toques, escuchalo pero callate, deleitate pero no lo comas, acercate pero no preguntes”. Una lámina transparente aplasta tu nariz contra el vidrio que separa todo lo que culturalmente te incitan a comprar pero, en lo económico, estás inhibido de hacerlo.
Esta es la realidad a la que fueron arrojados Juan y Pablo desde el día de su nacimiento. Con 17 años, la vivencia de múltiples experiencias insatisfactorias los encontraron un día haciendo algo que no debían (ver aparte).
Ellos son dos de los jóvenes que integran los porcentajes de desempleo, pobreza y deserción escolar. Cuando hablamos de ellos, de los marginados y excluidos, hacemos referencia a cientos de Juanes y Pablos que conviven con la inviabilidad de concretar proyectos y albergar sueños. Buenas compañías, una familia unida, terminar el secundario e, incluso, un plato de comida, no es lo “normal” en sus vidas.
La realidad los empujó al error, como a otros 520 adolescentes santafesinos que actualmente se encuentran en conflicto con la ley penal. En algo coinciden el director provincial del Menor en Conflicto con la Ley Penal, el coordinador de actividades en 25 barrios de la ciudad por Los Sin Techo, un psicólogo, un especialista en criminología y los mismos chicos: la realidad excluye a los adolescentes que delinquen y los empuja a una marginal, también en lo legal.
En el cordón donde el centro se ve muy lejos, “se da una convivencia con la ilegalidad. Ahí está todo fuera de la ley: el terreno no es propio, está enganchado en la luz…”. La experiencia de José Luis Zalazar como coordinador del movimiento Los Sin Techo, le dicta que el chico que delinque “no tiene salida. Está excluido del campo educativo, deportivo, social y económico”. ¿Cuál es el camino que puede tomar? “El más fácil: drogarse, robar… El no descubrió que puede desarrollar su inteligencia”.
Aspiración/frustración
Sergio Droveta coincide con la apreciación de Zalazar a la hora de analizar las causas del crecimiento de la delincuencia juvenil en el último año -en el año 2004 trepó al 20%, mientras antes era del 13%-: “Estos chicos son víctimas. Han sido expulsados de la escuela y abandonados desde distintos sectores”.
Zalazar, que convive con la marginalidad e interviene en ella directamente, la describe de la misma forma: “un chico que vive en un rancho sin luz, sin agua, sin calle, sin domicilio, el papá es alcohólico, la mamá está enferma, los hermanitos dependen de la comida de Los Sin Techos, busca una salida en su vida que no es el camino racional que debe buscar un chico que tiene todas las posibilidades”. Entonces, dice Zalazar, su “reacción es de rebelión en contra de la sociedad que lo marginó y comete errores serios”.
Y los perfiles del grueso de chicos que ingresan derivados por un juez de Menores a los programas que posee la provincia demuestran que Zalazar no se equivoca. Droveta aseguró que su “característica general” es de personas que están “totalmente abandonadas, con núcleos familiares destruidos”.
Es que de por sí la adolescencia es una etapa conflictiva para cualquier persona, si a esto le sumamos situaciones del contexto que no sólo no favorecen la realización personal, si no que truncan toda posibilidad de desarrollarse personalmente, se entiende que la salida sea acorde con la realidad en que están inmersos.
El psicólogo Mario Carmelet explicó que en esta etapa donde “hay una serie de redefiniciones y situaciones individuales que hacen que el sujeto joven se replantee situaciones de futuro” muchos adolescentes entran en crisis. Tanto la falta de oportunidades como el exceso de ellas, generan reacciones donde “a veces las consecuencias son muy parecidas en el sentido de responder con cierta frustración, con cierta bronca”.
Pero, agrega Carmelet, en “los bolsones de gente excluida esa frustración a veces se transforma en problemas más serios, violencia o agresividad, porque presienten que nunca va a poder llevar a cabo ninguna aspiración y esto pone bastante mal a cualquiera”.
Sueños de imposibles
Los 18 años años de Pablo se esconden atrás de una voz tenue y baja. En evidente gesto de timidez, salpica sus palabras con risas y esconde su cara en la campera.
Sus dientes aparecen cuando habla de sus sueños que, en él y por él, suenan imposibles. “Me gustaría tener toda la familia junta otra vez. Todos mis hermanos, mi viejo y mi vieja juntos de vuelta. Aunque eso nunca va a pasar”.
Un silencio desgarrador se apropia del ambiente después de su confesión. Con tristeza, explica que él vive con su abuela y su papá, lejos de sus 7 hermanos de sangre y “dos aparte, de 6 y 5 años, que son de mi mamá con mi padrastro”. A los dos más chicos, de los “propios”, no los ve hace mucho tiempo porque están “adoptados en Buenos Aires”. Una más quedó con la madre y ese padrastro del que no habla con cariño; la hermana más grande, ya con sus propios hijos por otro lado, y el mayor, que “anda en la vagancia total, no tiene rumbo”.
A pesar de la evidencia de la situación, él sigue anhelando “tener a todos juntos de vuelta” y, también, un día los suyos propios, ahora sí realista, vaticina que “falta mucho”.
El nombre de Pablo no es al que responde, sí el que le atribuimos para facilitar la narración sin invadir más su dura realidad. Mientras intenta unir los cuadros de la vida antes de que ir a parar a Asuntos Juveniles por portación de armas, sigue riendo.
Recuerda que el problema que lo llevó derecho al programa de Libertad Asistida, luego de un mes “encerrado”, tuvo que ver con que “el barrio era jodido y mi compañero tuvo un encontronazo con otro vaguito”. Un día le pegaron “unos tiros” a quien sentía como uno de los hermanos con quienes no vivía. Por “saltar por él, me fue mal…”.
La camaradería lo llevó a portar un arma para defender a su “compañero”, que nunca lo fue a visitar cuando estaba preso. “Ahí adentro te das cuenta de que los amigos no los tenés en la calle, siempre te dejan tirado. Mi compañero no apareció nunca más”. Y, una vez más, ese silencio conmovedor se apoderó del ambiente.
De nuevo, la risa entrecortada, no por gracia, sino como un genuino intento por no caer en el llanto, acompaña la anécdota de cuando le dijeron que tenía que hablar con el psicólogo. Es que, pensó, “yo no estoy loco para tener psicólogo”.
Finalmente, se acostumbró a Matías, “hablás y te descargas. Lo que no podés hablar con una persona se lo decís a él. Yo nada más puedo hablar con mi viejo. Somos re-compañeros, pero no da para llevarle los problemas a él… si él también tiene lo suyo”.
Ahora está contento, aunque admite que tiene miedo porque no sabe qué va a hacer “cuando termine el programa”. Ahí se terminan la contención y el trabajo que le encanta en Espacios Verdes. Libertad Asistida contactó a Pablo, y a los otros 30 chicos que permanecen hoy en el programa, para que puedan realizar alguna actividad. Él lo agradece porque sabe por propia experiencia que “para buscar trabajo ahora tenés que hacer un curso”, lo que también le preocupa, ya que “está copado trabajar porque te despejás, te mantenés ocupado y ya no pensás en andar vagueando por ahí”.
A la hora de encontrar una explicación que justifique por qué los chicos de su edad se lanzan a “vaguear”, como él dice, arriesga que es “por estar `al pedo’. Empiezan con la droga y después, para tener la droga, no queda otra que salir a robar. Van a robar a otra gente que se mata trabajando, para comprarse un `faso’ o una bolsita de `Poxiran”‘.
En poco tiempo no visitará más estas oficinas en las que un grupo de profesionales acompañan y ayudan a los chicos que están en su misma situación. Otra vez estará sumergido en el barrio Transporte, donde, “de vez en cuando se escuchan unos tiros al fondo”.
Y, otra vez, la promesa de que “para mí ya fue eso de andar con la gilada”. Frase que tiene más aire de deseo que de convicción. ¿Un sueño? Sí, existen, y a veces se hacen posibles.
520 jóvenes tienen conflictos con la Ley Penal en la Provincia.
65,5% de menores en el Gran Santa Fe son pobres.
61,89% de chicos entre 15 y 19 años tienen los estudios secundarios incompletos.
9 millones y medio de chicos y chicas de entre 15 y 29 años padecen condiciones de pobreza en el país.
38% de deserción escolar en la provincia, en el 2003.
39% de jóvenes entre 15 y 29 años son desocupados.
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