Calamaro, íntimo y jazzero
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En Romaphonic Sessions, tercer capítulo de la saga Grabaciones Encontradas, el Salmón se luce como intérprete, a solas con el piano de Germán Wiedemer.
Aunque no cante ni un solo standard del Real Book, Andrés Calamaro acaba de lanzar el disco más jazzístico de su trayectoria. Ya desde su portada, que evoca algunos de los icónicos diseños de Reid Miles para el emblemático sello Blue Note, la reminiscencia al jazz parece lineal. Pero lo que envuelve a este álbum no es tanto la referencia estilística, sino una atmósfera intimista, elegante y conceptual. Como un crooner criollo, Andrés seleccionó un repertorio con algunos clásicos de su cancionero (“Mi enfermedad”, “Siete segundos”) que establecen un maridaje perfecto con piezas de Litto Nebbia, Gardel y Lepera y los hermanos Virgilio y Homero Expósito, verdaderos standards del Río de la Plata. Los estudios Romaphonic (ex Circo Beat), en el barrio porteño de Floresta, fueron la sede de estas sesiones, donde prima la calidez. Acaso la más directa de las referencias dentro de su propia discografía sea Tinta roja (2006), el disco de tangos producido por Javier Limón, con el aporte del Niño Josele, Juanjo Domínguez, Jerry González y José Reinoso. Pero a pesar de lo exquisito de aquel disco, la década transcurrida muestra un crecimiento exponencial de Andrés en su faceta de intérprete. Con una solvencia y una calidez que lo muestran en un saludable estado de madurez, la voz del Salmón provoca en nuestros oídos el mismo efecto que en nuestro paladar el sabor de un vino sabiamente añejado.
En apenas dos días, Andrés grabó un disco para toda la vida. Su socio fue el pianista Germán Wiedemer, con quien Calamaro reconoce que tiene un entendimiento casi telepático. “German es una persona de confianza total y musical”, escribe el Salmón desde Madrid, donde ya palpita el tour presentación de este álbum. “El arma los repertorios en la gira, organiza los ensayos, dirige las practicas de armonía vocal y se ocupa de mezclar los discos. Como pianista es formidable, muy versátil y estudioso. Nos entendemos muy bien con apenas un intercambio de palabras. No lo intentamos con telepatía pero creo que también hay un poco de eso cuando nos juntamos los músicos. Definitivamente, un poco de telepatía es importante para casi todo. Ahora nos escribimos todos los días para llegar ambiciosos a los ensayos de abril y a los conciertos”.
El objetivo incial de estas sesiones era cuajar unos ensayos próximos para una única función en San Sebastián, donde Calamaro oficiaría como número de apertura del concierto de su admirado Bob Dylan. “Como estábamos incorporando armonías más comprometidas, en un repertorio de mayor enjundia, quisimos grabar una guía para compartir con los músicos que nos esperaban (para ensayar) en Madrid, y con el ingeniero de sonido”, evoca. “Recién algunos meses después pensé posible una edición limitada de 500 discos; estas ediciones cálidas que pasan desapercibidas. Tras evaluarlo con los mosqueteros discográficos responsables, nos decidimos por apostar como disco fabril en forma de nuevas Grabaciones Encontradas del archivo”.
El link con Dylan no es casual. Sería una obviedad repasar los vínculos estéticos que unen al Salmón con el autor de “Like a Rolling Stone”, pero en este caso las circunstancias parecen haber sido un condicionante en la elección del repertorio. “Dylan estaba estrenando el disco Shadows, un standard que ya había cantado Frank Sinatra con anterioridad. Considerando este gran episodio musical, pensé que ofrecer un repertorio de mayor hondura armónica era adecuado, una impertinencia al servicio de la música. Quería proponer algo distinto de las versiones «despojadas» de mis canciones habituales, que es algo que hubiera servido y hubiera gustado”, explica Andrés. “Para el disco descartamos dos canciones por el equilibrio del repertorio y la duración del vinilo en dos caras. Para el concierto, que no podía estirarse más allá de los 45 minutos, también nos descartamos de canciones, pensando que parte del público podía preferirme cantando mi repertorio propio, que para eso venían; porque muchos llegaron con sus camisetas y también fuimos locales en San Sebastián a pesar de la importancia de nuestro divino líder. En la previa de la previa pensé que los tangos eran un equivalente al standard americano, y que canciones ricas en armonías, como “Biromes y servilletas” [Leo Maslíah] y “Nueva zamba para mi tierra” [Nebbia], no se quedaban atrás. Pero finalmente amenizamos con un equilibrio justo de canciones propias y ajenas. Que son de todos. Dicho sea de paso”.
Aunque recién estemos entrando en el otoño, Romaphonic Sessions parece haberse asegurado un lugar entre los mejores discos del año. En su formato despojado, en la elección de las canciones, en la impecable sinergia entre Wiedemer y el cantante están las claves de su encanto. “Sin necesidad de mencionarlos, los melómanos conocemos las mancuernas de piano y canto contemporáneas. Tampoco hago negocio si me regodeo recordando grabaciones geniales de esta naturaleza”, escribe Andrés. Yo no estaría tan seguro.
La capital uruguaya aparece mencionada, acaso azarosamente, por Nebbia en la “Nueva zamba para mi tierra” y luego, en esa obra maestra de Maslíah, “Biromes y servilletas”, también revisitada por Milton Nascimento, Jaime Roos y Hugo Fattoruso.
Conexión Montevideo
Los vínculos de Andrés y Montevideo se remontan a sus inicios, como tecladista del grupo del recordado bajista uruguayo Beto Satragni, y continúan con una colaboración con los beneméritos Fattoruso y Fernando Cabrera en el teatro Solís. “Beto fue mi mentor, mi amigo y mi maestro. Tocando en Raíces aprendí a reconocer aquellos talentos y la sensibilidad terrible de Hugo como músico en el teclado. Hugo y Nebbia son leyendas para mi círculo y mi generación, además de ejemplos de músicos y música; una entrega inexpugnable a la verdad musical más íntima. Grabar con Litto y cantar invitado por Hugo, nada menos que con Fernando en la llave, fue la consagración de muchos sueños. Considerándome rioplatense de raíz y de espíritu, encuentro el azar generoso al ofrecer un poco de identidad montevideana al disco. Y lo voy a celebrar con mate amargo bien cebado”.
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