Calle Angosta, ayer
La historia de la Calle Angosta, la de una vereda sola, comenzó a gestarse cuando Mercedes empezó a crecer. Una no soñaba con hacerse famosa y la otra ni pensaba convertirse en un polo industrial como el que hoy es la ciudad “de la tierra mercedina”. Pero, diría Silvio Rodríguez, la noche es traviesa cuando se teje un azar y el azar se tejió.
Hace más de 50 años, José Adimanto Zabala, un parroquiano de boliches, poeta, guitarrero y decidor, escribió una cueca que hoy es himno, la cantó con su entrañable amigo Alfredo Alonso y, pese a que lo hizo con potente convicción, jamás supo que su canto llegaría tan lejos, como para motivar que desde la mismísima Europa vinieran curiosos a preguntar por los “cantores de aquel entonces, que en homenaje de criollos, siempre lo nuestro cantaban”.
Calle Angosta nació detrás de las vías del ferrocarril, exactamente del otro lado –siempre se dice del otro lado cuando se habla de la parte que no es el centro- de la estación ferroviaria, a la que llegaban desde el interior, en carreta, los comerciantes con sus productos, para cargarlos en un convoy que los depositaría en Buenos Aires. Y esto sucedió a fines del Siglo XIX o a principios del XX, cuando el país todo crecía a un costado del riel.
Cierta vez se abrieron dos pasos a nivel. Uno a un lado de una alameda (“en los álamos comienza”) y el otro al lado del Molino Fénix (“y en el molino termina”) y así se fijaron los límites del pasaje, que se angostó porque el ferrocarril extendió sus alambrados más lejos de lo debido, tanto que las carretas con mercancías apenas podían pasar, o quizás porque sabía que tenía destino de famosa.
Claro que, el que no lo supo, fue el intendente Olloqui. El hombre quiso que a la Calle Angosta le devolvieran seis metros para que fuera una calle en serio. Y los regentes del tren, tras arduas negociaciones, apenas le devolvieron dos. Por eso la calle fue angosta para siempre y por las cercanías con el ferrocarril se empezó a levantar en la zona un barrio de ferroviarios que le dio más vida todavía.
Era común que las mujeres hicieran sus compras en los almacenes de ramos generales durante el día pero que, al caer la tarde, se marcharan a sus hogares para que tomaran la posta sus maridos, que alargaban el trago guitarreando en el boliche de don Cándido Miranda –el más importante-, en el Don Manuel, que tenía canchas de bochas, o en el de Don Calixto, que se hallaba cruzando las vías, según un documento de la historiadora Norma Videla Tello.
Entres esos hombres laboriosos y muchas veces chúcaros, que se negaban a partir por más que el sol les diera la orden, nació y creció la Calle Angosta y su cuequita pegadiza y hermosa que propagó a Villa Mercedes por todas partes. Hoy es un paseo obligado de domingo, tiene una Comisión Permanente de Fiesta y una leyenda garantizada. Todo porque hubo un ayer. Este ayer.
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