Calle Angosta, hoy
Hace tan poco tiempo que a Don Miranda le hubiera parecido nomás una noche, un grupo de funcionarios del área de turismo del gobierno de San Luis se reunió con sectores vinculados al Centro Comercial de Mercedes, la segunda ciudad de la provincia, a los efectos de involucrarlos en el plan para potenciar turísticamante las bellas tierras del Adolfo.
Y sucedió que el contingente se llevó una sorpresa. Indignados, los mercedinos dijeron que a ellos jamás los tenían en cuenta, de modo que no habría porqué convocarlos ahora. Sin embargo, lejos de amilanarse, los capitalinos dijeron que “cómo podía ser que Mercedes tuviera la Calle Angosta, por la que la conocían el mundo entero, y los boliches que la hicieron famosa permanecieran cerrados”.
Tenían razón. El boliche de “Don Miranda”, inmortalizado por la cueca de Zabala llamada Calle Angosta, apenas abría cuatro días al año, en ocasión de un festival folklórico. Después, veía crecer el musgo hasta la próxima temporada. Entonces, heridos en su orgullo de mercedinos, dos comerciantes decidieron resucitarlo para siempre. En eso andan, y parece que no les va mal.
El boliche de Don Miranda –el de don Manuel es apenas un recuerdo- abre ahora de jueves a sábado para preservar la identidad y desempolvar la historia. En términos edilicios, conserva su techo de madera cuadriculada por un diseño de tirantes bajos y las paredes son las mismas que sostenían las mamúas de los parroquianos de principios del siglo XX.
Y el folklore, aunque a veces también hay lugar para otros géneros, predomina como una herencia genética. Se promocionan grupos locales, entre locros y empanadas, y muchas veces vienen artistas de otras provincias para tomarse el vino del tiempo, contar nuevas zambas o chacareras, intercambiar tonadas y tutearse con los fantasmas anónimos que hicieron ilustre al Boliche.
Hay una tarima que seguramente antes no estaba y el espacio ha sido considerablemente agrandado, pero la esencia se mantiene. En las paredes, entre las fotos de visitantes reconocidos como Horacio Guarany o el tanguero Rubén Juárez, sobresale una gigantografía del letrista Zabala y se puede leer lo que cualquier criollo que se precie debe saber recitar de memoria: “Calle Angosta/Calle Angosta/la de una vereda sola/yo te canto porque siempre/ estarás en mi memoria.
Los artistas cambian tonadas por vino y la noche se enardece en el recuerdo. El lugar ha sido acondicionado como para que el invierno no haga mella. Tiene también un camarín cómodo que semeja al reservado de las confiterías modernas y hasta un espacio minúsculo como cabina de sonidos. Los turistas se fijan menos en estos detalles y centran la atención en las cuerdas de una guitarra irremediablemente trasnochadora.
Afuera el frío es sádico. En la playa de estacionamiento que antes fue una playa del ferrocarril, los autos sudan escarcha y las luces de Mercedes se entrometen con discreción. A unos pocos metros viven todavía los herederos del Don Miranda de la canción, en un sitio donde antes había un almacén de ramos generales. El empedrado contradice el clima gélido e invita a caminar. Nos vamos. Ya están ladrando los chocos desde la vereda norte que, como se sabe, es una sola.
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