Cambio climatizado
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Nuestra región, poco tiempo atrás, era el sitio exacto en donde confluían dos sistemas selváticos. La amplitud térmica era escasa entre invierno o verano y no se producían tormentas extraordinarias. ¿Qué pasó?
Por Pablo Benito
Para no querer saber, ni comprender o quizás como estrategia de negación, no sólo de la responsabilidad histórica sino también para evitar “hacerse cargo” del futuro. En los ámbitos de la conciencia ecológica masiva se transformó al “agujero de ozono” en una espacie de malévolo ser superior que explica el vertiginoso cambio del entorno natural en el que habitamos y es la fuente de toda irracional e injusta relación del ser con la naturaleza.
El registro de la evolución natural no nace con el registro fotográfico, la imagen área o satelital o la sistematización del conocimiento “científico”.
Cronistas de la conquista
“Más acá y más allá. Una estadía entre mocovíes (1749 1767)” –tal se llama el libro del cronista jesuita, Florean Paucke- relata, grafica, documenta el paisaje, natural y humano, del centro norte santafesino, en un viaje que parte desde el viejo continente en 1748 y se adentra en la selva de lo que hoy se puede denominar “albardón costero” en todo el trayecto de lo que hoy se reconoce como “Ruta provincial N° 1”.
Cuando Santa Fe era “microclima”
Paucke no llevaba cámaras fotográficas, pluma y un ojo ávido por captar con fidelidad obsesiva lo que veía. La credibilidad y la rigurosidad científica que se le puede otorgar a estos registros se fundamentan en que el compromiso de los cronistas, en aquella época, debía ser total ya que la tergiversación o la falsedad de lo documentado, presentado sea al reino que pertenecían -en este caso al Vaticano-, era penado con la muerte.
El juramento realizado entre expedicionarios y financistas de la empresa emprendida tenía la vida como garantía de rigurosidad. Esa puede ser una de las razones por las que el detalle de lo descripto llega a niveles de impecabilidad que bien puede asemejarse a la “hiper realidad” virtual a la que podemos acceder hoy vía “Street Viewer”.
La conquista, no sólo de los pueblos originarios, sino también de la naturaleza y la extracción de sus recursos, para revivir a una Europa medieval sumida en una enorme crisis, dependía de la información.
Pude llamar la atención la perfección de la cartografía de aquella época en la que se describe la geografía con una exactitud asombrosa, cual si fuese una imagen satelital, siendo que se nutre de distintos cronistas que, sumados, reproducían con exactitud la geografía en un plano a escala cercano a la perfección.
Selva
Para la naturaleza dos, tres o diez siglos es –apenas- un suspiro. Para tener una idea de cómo era esta tierra que hoy pisamos –o pisoteamos- podemos remitirnos a los propios apuntes de Paucke quien menciona azorado que – mientras viajaba de Santa Fe a San Javier, viaje que en aquella época llevaba de 5 a 7 días- “no me preocupa la falta de cuidado que esta gente (los indígenas) pone en sus atuendos y refugios porque habitan un lugar donde nunca hace ni frío ni calor y rara vez acontecen tormentas” y agrega, como conclusión, “…he hallado el paraíso”. El Jesuita no describía Costa Rica, ni la Polinesia, sino el territorio que hoy conocemos como “Provincia de Santa Fe”.
Aquí mismo, en donde la amplitud térmica invierno – verano varía entre -2° y 42° grados, con tormentas, tornados, lluvias y sequías que son nuevas para esta tierra.
La dimensión de semejante cambio climático parece no querer conocerse con el sólo fin de no aterrorizarse ni avergonzarse por la degradación que le estamos procurando a nuestra región.

De la selva al monte
Mario Margaritini, agrónomo, paisajista y un estudioso de la evolución en nuestra región, explica que “son siete las categorías que definen las asociaciones de vida vegetal que se llaman regiones fitogeográficas y que van de la mínima complejidad a la máxima en términos de biodiversidad y que son: selva, monte, bosque, sabana, pradera, estepa y desierto”.
En nuestra provincia y hasta las puertas mismas de la ciudad de Santa Fe, tal como es relatado por algunos jesuitas, llegaban dos tipologías selváticas – no monte ni bosque- lo que originaba que aquí confluyan especies de dos selvas distintas que, de por sí son la forma más compleja de asociación vegetal. Esa complejidad la hace la menos estables, más sensible.
Modificar un desierto o la estepa, también es posible pero enormemente difícil. Modificar un sistema selvático, en donde las formas de vida están asociadas entre sí y se requieren para sobrevivir, cada vez que desaparece una especie, no quitas un elemento sin incontables formas de asociación vegetal.

En la selva, las especies más altas son las más importantes para el resto de la población natural y eso es lo que fue ocurriendo en suelo argentino, desde la conquista y que “rodeo” a lo que era ese “paraíso” que describió Paucke con una diversidad que, junta, generaba un microclima en la región que hoy es lo más parecido a un “infierno”.
Esta selva, a la que hacemos referencia tenían como “techo” a una especie de palmera que tenía condiciones determinantes para el resto de la biodiversidad que la circundaba. Esta palmera, que conocemos como “Cocó Pindó”, era un material de construcción impecable para el ser humano al ser una vela de 20 o 25 metros de alto, lisa y perfecta en su forma.
Los postes de telégrafos que “modernizaron” la comunicación en el país cometieron el pecado de quitarle ese “techo” a nuestra selva, la que hace nada estaba aquí mismo, y con la desaparición de esta “madre”, para la población vegetal, se fue degradando el paisaje nativo, aceleradamente, y aún hoy lo está haciendo influyendo, fuertemente, en el clima. En ese cambio climático en el que influimos de forma directa.
¿Se puede volver atrás?
Por supuesto que nada puede volver a ser como antes, pero es cierto y real que, así como el medio se degradó rápidamente, es posible replantear las condiciones –aún existente- para reconstruir un sistema similar al nativo, con la ayuda de la ciencia, el método y, sobre todo, de la voluntad política de una sociedad que no piense en lapsos de dos o cuatro años de ciclo electoral. Las “sucesiones” vegetales, a las extintas, están estudiadas y determinadas.
Hoy se sabe, con precisión, qué especie y dónde ha de ser plantada para que eso genere las condiciones para que prosperen los nuevos estratos por debajo de ese nuevo “techo de selva” nativo. Eso permitiría un proceso en el que se irían recuperando las selvas perdidas.
Serían nuevas especias, porque algunas se han extinguido, nuevas condiciones, pero con un requisito indispensable que es contenernos a nosotros, los humanos, de continuar con una voracidad sin planificación sustentable alguna para que ese circuito se dé.
Sin la ecología como una pose, ni un pañuelo como slogan, el conocimiento tanto específico y científico, como masivo y cultural. Puede retomar condiciones de vida más benignas y mas saludables desde la planificación.
Por supuesto que lo difícil –sino lo más utópico- es recuperar la extinción de la conciencia natural en la sociedad en donde lo ECOnómico, se subordine –por primera vez- a lo ECOlógico, al menos en la administración del deseo y la necesidad que hoy se encuentra en un árido desierto: El Consumismo.
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