CAMINAN TRES HORAS POR DÍA ENTRE LOS CERROS PARA PODER IR A LA ESCUELA
El vapor del té caliente, acaricia los rostros curtidos de los veinticinco chicos que estudian en la Escuela N° 208, aquí en Quirquinchos, a 33 kilómetros al este de La Quiaca, donde la palabra carencia adquiere su más claro significado.
En este paraje del altiplano jujeño, el director y maestro Domingo Peñaloza, tiene que estirar los cincuenta centavos que por alumno el Gobierno local le otorga por día para desayuno y almuerzo. La merienda y cena dependerá de lo que sobre.
Quirquinchos está a 3.600 metros de altura —un poco más alta que La Quiaca ubicada a 3.346 metros—, y por ende, acostumbra a amanecer a no menos de 4 grados bajo cero. Y porque hace mucho frío, las clases comienzan a las 10. A las 13 se almuerza, y se continúa hasta las 15.
La escuela es plurigrado, es decir, que estudian juntos y al mismo tiempo chicos de todos los grados. Aunque está ubicada en un lugar inhóspito, muy alejado y de difícil acceso, no es una escuela-albergue. De lunes a viernes, bajo la responsabilidad de Peñaloza, sólo ocho niños pueden quedarse a dormir aquí: “¿Sabe lo que significa que estos niños, que viven a tres horas de caminata, vayan y vengan solitos todos los días a la escuela? El frío y el viento se sienten, y no puedo dejar que les pase nada”, dice.
Adriana Flores, de 6 años, tiene sus cachetes paspados por el frío seco y el sol impiadoso de los días. Esta nena vive en el paraje Salitre, distante a dos horas y medias de caminata. Y como si fuera poco, ella hace el recorrido sin ninguna compañía. Sus compañeros salen de testigos ante Clarín. “No tengo miedo”, dice la pequeña. Pero otra nena le recuerda que una vez se asustó: “Fue en la casa abandonada —señala con su mano hacia el este—. Sentí ruidos y me volví llorando. Después mi papá me trajo a la escuela”, comenta Adriana.
La vida en la escuela es dura para los chicos y para los maestros. Cada día, durante el invierno, Peñaloza debe optar entre calefaccionar la escuela o cocinar al momento de usar la leña que aquí es escasa.
Una de las características de la mayoría de las escuelas rurales es la falta de electricidad. Algunas, como en este caso, tienen pantallas solares para poder tener luz un par de horas por día. Sin embargo, no son suficientes. Aquí, en un rincón, aún embalada, hay una heladera que para el Día del Maestro, les regaló el programa de Marcelo Tinelli: “Está ahí porque las pantallas solares que tenemos, sólo nos permite hacer funcionar cinco focos durante la noche”. Con el agua, pasa algo parecido, aunque ahora en invierno, se la raciona entre la comida diaria, y un mínimo aseo personal. El maestro confiesa: “No hablemos de bañarnos siquiera”.
“Sírvase una taza de té”, invita la maestra Emiliana Rodríguez. Sobre la mesa, hay fetas de queso y mortadela cortadas a cuchillo y pan casero. Sentados frente a una mesa —ubicada cerca de dos ventanas por donde entra el sol—, los chicos rezan y comienza el desayuno.
Fortunata Chorolque, una mujer coya que caminó desde muy temprano se encuentra con la novedad de que sus hijos Juan Carlos y Franco, van a poder dormir en la escuela: “No los puedo tener conmigo porque tengo que llevar las ovejas muy lejos a buscar pasto tierno”, dice. “Hasta ayer, no había lugar para estos dos hermanitos. Los ocho chicos que se quedan dormían en colchones pero en el suelo porque sólo había dos camas”.
Sin embargo, el Círculo de Beneficencia de la Provincia de Jujuy —que dirige en la Capital Federal, Patricia Alvarez—, mandó siete cuchetas, juguetes, golosinas y mercaderías: “Esto nos pone muy contentos de que alguien se acuerde que existimos”.
El desayuno terminó. Los niños levantan sus jarros y tazas, y en el mismo lugar, abren sus cuadernos para comenzar la clase. En el patio, el maestro de educación física, Martín Chambi, comienza su tarea con los más pequeños, con el fondo de la Iglesia de Nuestra Señora de Luján.
La escuela tiene un salón de actos que se usa como comedor y también como aula. También hay otra aula, dos dormitorios y una dependencia que sirve de depósito y a la vez de dormitorio del maestro especial. El techo es alto y a dos agua.
“Estos chicos nunca tuvieron educación física. Les gusta porque es algo nuevo para ellos. Con los más grandes hacemos atletismo y fútbol porque no tienen riqueza motriz —comenta Chambi—. Ellos pasan su tiempo cuidando ovejitas en los cerros, y no tienen tiempo para jugar”.
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