Camino a la Cueva
Es esta una de las zonas más áridas de la Patagonia. Los peones de las estancias dicen que para que llueva aquí hay que pedirle a Dios y ya se sabe que éste suele ser esquivo cuando le piden los que menos tienen. Sin embargo, está lloviendo sobre el desierto y los kilómetros asfaltados que prometen una ruta nueva, son apenas 15, poco para una extensión donde la vista va tan lejos como sólo podría ir en el mar.
En esta geografía inhóspita, donde cada tanto hay algún casco de estancia kilométrico y fastuoso, entreverado con los puestos de los laburantes que se parecen a taperas, las habitantes excluyentes son las ovejas. Cada tanto hay que detenerse y hacerles saber que uno quiere pasar. Con una marcha tediosa que pocas veces supera los 30 kph, es casi un divertimento cruzarse con estos rebaños.
Claro que si llueve, como ahora, la atención y la tensión cambian. La tierra pedregosa se ha mojado lo suficiente como para convertir a la ruta en una pista de arcilla verdosa no apta para utilizar el freno. Pronto estará intransitable este camino, pero se sabe que volver cuando uno ha hecho la mitad no es lo más aconsejable, de modo que Bajo Caracoles se convierte primero en una necesidad y más tarde una obsesión.
Las nubes gruesas y negras amenazan con más. Es entonces que los sentidos entran en contradicción. El tacto, que viene peleando fuerte con el volante que se menea a capricho de las huellas de camionetas a las que todo se le hace más fácil, quiere llegar. La vista no. Ella se regodea con los dibujos de las nubes de tormenta y hasta se atreve a descubrir muy lejos el sol, sobre la Cordillera que aún está nevada.
Muy pronto comprobaremos que no habrá posibilidad de llegar hoy hasta la Cueva de las Manos. La ruta vecina que nos ofrece la meta a 45 kilómetros está interrumpida por el lodazal. Lo sabremos recién cerca de acceder hasta la mitad del recorrido. No importa, lo intentaremos mañana, si es que donde “no llueve nunca” deja de llover. Igual, pernoctar en Bajo Caracoles será otro capítulo de un día eterno.
Es un paraje donde viven 50 personas, la mayoría de ellas con férreas ganas de marcharse. Hay una comisaría, una usina, un puesto de vialidad, una escuela, un puesto sanitario, una gomería y un hotel. Pero uno, terco para acceder ante los designios de los abusadores, no está dispuesto a parar donde cobran tarifas monegascas con servicios de… Bajo Caracoles.
Por fortuna, un vecino bonachón nos arrienda un cuarto. En verdad, un rancho que alguna vez ha de haber sido propiedad de un peón rural. El baño queda lejos y el frío bien cerca. Ya no llueve con continuidad pero algunos nubarrones siguen dibujando figuras inconcebibles sobre los Andes. Ahora sí, definitivamente, los sentidos entran en armonía y convienen descansar.
Desde el techo bajo, humedecido por el agua, podrían verse las estrellas por las goteras. Un pulóver de algún viajero anterior tapa el agujero mayor. El polvo se levanta como consecuencia del viento que ingresa por los intersticios abundantes de la puerta y se mete entre las cobijas. La cortina que ha sido un viejo mantel de mesa y así permanece, ahora sobre la ventana, anuncia que ni bien amanezca por allí entrará mucha luz. Será mejor dormir y no pensar en ciertas cosas.
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