Camino del huarpe
Dicen que para ir a por los huarpes hace un tiempo que muchos ni quieren recordar, no había que recorrer tanto. Ahora es distinto. Las últimas comunidades huarpes que quedan en Mendoza, la tierra que supo ser de ellos casi en exclusividad, quedan bien lejos de la urbanización, en el noreste provincial, un basto desierto que alguna vez supo ser el humedal de Guanacache.
La historia –como muchas historias de exterminio- se inició en los tiempos de la organización nacional. Y coincidió con un terremoto fatal –en 1861- que mató un tercio de la población mendocina. Después de la tragedia sobrevino la reconstrucción. Y después de la reconstrucción sobrevino la tragedia para los huarpes, que en muchos casos debieron cambiarse el apellido para no desaparecer.
Marcelino, huarpe de pura cepa, docente y artista popular, es nuestro acompañante y el revelador de esta historia. Vamos al encuentro de los sobrevivientes huarpes. Tomamos la ruta 40 hacia el norte, como quien marcha hacia San Juan. Aquí la ruta mítica es más que apacible, al menos en esta estación del año. Porque cuando bajan los ríos cordilleranos algunas partes se suelen anegar.
Unos kilómetros después de la localidad de Lavalle comenzará el verdadero viaje al corazón del mundo huarpe. El camino –camino del huarpe, que le llaman- se convierte en una mezcla de arena y ripio que parecen levantarse más por el sol intenso, a pesar del invierno. Marcelino matiza la marcha con leyendas del lugar y le endilga una responsabilidad superior a la iglesia católica en el destino de este pueblo.
Luego veremos por qué. Por ahora el polvillo acapara la escena y al costado del camino apenas algunos zorros grises se atreven a acompañarnos sigilosos. El horizonte ofrece matas que podrían ser jarillas y arena que se va haciendo médano. Soledad por todas partes y agua por ninguna. Solamente algunas ánimas se han quedado allí, a juzgar por las cruces aisladas que se encuentran.
Por estos lugares se oyen historias de la Salamanca, ese ritual ancestral abolido por inquisidores más modernos. Los huarpes buscaban un lugar con energía en el monte, se reunían en las noches y algunos chamanes o sabios le enseñaban la tradición oral a sus descendientes. En la transmisión de ese saber iba también la supervivencia: qué planta era curativa, cuál comestible, en qué Dios creer.
Ahora el camino, a la salida de un recodo con puentes de madera que resisten apenas el paso de un vehículo, se ha vuelto decididamente polvoriento. Ya no hay ripio y las dunas por momentos hacen serpentear el rodado que se corcovea y hace rezongar su motor en señal de protesta. No falta tanto dice Marcelino, que aclara que nos kilómetros más adelante decididamente acabará la ruta y se convertirá en huella.
Y sucede nomás. La cordillera, bien lejana, no se distingue por la polvareda. Entonces hay que girar hacia la huella. Entre matas bajas y arena vamos en busca de un puestero huarpe. Dicen que tiene cabras. Dicen que vive sólo. Dicen que hay sequía y se nota. Dicen que se ha montado un negocio también allí, y que un cura y un abogado se llevan buenas tajadas.
La referencia es un eucalipto, el único árbol alto en decenas de kilómetros a la redonda. Una vez en el árbol la huella se bifurca en otros senderos imposibles. Tomar uno equivocado puede implicar pasar la noche en el desierto, donde los que mandan al atardecer son los pumas. Finalmente, Marcelino acierta y en unos minutos estamos frente al pastor huarpe. Lo que nos diga será un capítulo aparte.
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