Campanella no tiene miedo de ofender a Hollywood
Juan José Campanella tiene la mirada clara de la gente contenta. Y no es para menos. Su último producto, El hombre de tu vida, se ha convertido en un éxito televisivo con 23 puntos de rating en la emisión del último domingo.
Pero decimos lo de “contento” porque en los amplios estudios que ocupa en Núñez todo es iniciativa y creación. Incluso las imágenes de su película de animación, Metegol, ocupan las pantallas de las mesas de trabajo.
—¿Qué te puedo contar sobre esto? Se trata de un proceso larguísimo. Hemos pasado cuatro años en su desarrollo. Aun antes de El secreto de sus ojos. Ahora hace ya más de un año que estamos trabajando a toda marcha y con suerte terminaremos hacia finales de 2012.
—¿Pero cómo es la técnica? –preguntamos al advertir que en los monitores hay figuras distintas– ¿Cada uno trabaja en un área diferente de la película?
—No. Claro que no. Una vez que tenés la historia, no es como cuando trabajás con actores y cada actor hace la totalidad de un personaje. Aquí tenemos un equipo de unos cuarenta animadores. Pensá que a cada personaje lo animan veinte personas distintas que se ocupan de distintos pedacitos de la película. Incluso, todavía no tiene título de salida. El título de trabajo que tenemos, como te decía, es Metegol. Y si bien será éste para Argentina, en España (donde hemos hecho una coproducción) se llamará seguramente Futbolín. A mí me gusta mucho Metegol, pero el problema es que en cada país de Latinoamérica lo llaman de una manera distinta. Sería entonces muy complejo para vender la película. En fin, veremos.
—¿El libro es tuyo?
—Sí, y de Eduardo Sacheri y Gastón Gorali. Está basado en un cuento de Fontanarrosa: Memorias de un wing derecho y es una descripción de personajes.
Y mientras abarca con un gesto la amplitud de esa sala en la que las mesas de trabajo están colmadas de dibujos y pantallas animadas, vuelve a aparecer la alegría en su mirada.
—Debe ser maravilloso despertarse con la certeza de estar haciendo exactamente lo que te gusta. Y, además, con éxito.
—Es así. Y mucho más maravilloso cuando viene después de 15 años de fracaso, se ríe ampliamente. Mirá, yo empecé en esto, a estudiar, cuando tenía 19 años y luego, a los 21. Pero podemos decir realmente que empecé a tener seguridad en el trabajo recién a los 40. Así es que fueron casi dos décadas de patriada. Mis dos primeras películas resultaron fracasos estrepitosos e incluso había ya mucha gente que me había otorgado gentilmente un certificado de defunción.
—Hay una película tuya que me produce curiosidad: “Victoria 392” que no recuerdo haber oído mencionar. ¿Fue tu primera película?
—Podría decirte que sí. Es un film que hicimos con Fernando Castets, mi hermano de la vida, socio, coautor de El hijo de la novia; El mismo amor, la misma lluvia; Luna de Avellaneda. Esa película que mencionás la hicimos a los 20 años. Un largometraje en súper 8.
—¿En súper 8?
—Sí, sí. Pero te prevengo que se dio en la sala Lugones del San Martín. Era una comedia. Y a raíz de ella conocí a otro de mis hermanos de la vida: Eduardo Blanco, que era el protagonista. Se trataba de una comedia de un humor muy absurdo, policial pero muy influenciada por ¿Dónde está el piloto?, que era la película que entonces nos fascinaba.
—Pero después ya te fue bien con “El mismo amor, la misma lluvia”.
—No. Fue una película que, con suerte, salió hecha. Hizo, sin embargo, 180 mil espectadores, lo que no está mal pero tampoco podemos decir que fue un éxito. El primer éxito de mi vida fue El hijo de la novia.
—¿Vos trabajabas como actor en “El hijo…”, no?
—Allí hice un “cameo”. Una aparición muy pequeña que, en realidad, resultó de no poder esconderme porque la camilla iba corriendo por el pasillo del hospital y no había un lugar donde meterme para dirigir la escena. Yo trataba de correr al lado de la cámara sin que se me viera pero no era posible. Entonces, bueno, pedí un delantal y fui señalando el camino como si le estuviera diciendo al equipo médico “por aquí está el quirófano”. En realidad le marcaba el camino al cameraman: “Filmá para la derecha, filmá para la izquierda”. Inolvidable. Si hay algo que puedo decir de las películas es que lo que más me gusta son las actuaciones. Creo que soy bueno para el casting y los actores de El hijo… son maravillosos y me allanaron el camino cubriendo mis falencias como director.
—¡No seas modesto! Vos sabés bien el comentario general que ha suscitado, en el último capítulo de “El hombre de tu vida”, la actuación de Jorgelina Aruzzi en el papel de una discapacitada.
—Sí, sí. Ella es increíble. Vos sabés que, además, ganó el papel en el casting. El capítulo fue escrito por Pablo Costa que es un chico que ya había trabajado conmigo en el programa de ciencia que yo hacía por el canal Encuentro y tiene el mismo problema de discapacidad que la protagonista de El hombre de tu vida. Costa es también un autor muy ingenioso, con mucho talento y elaboró este personaje que tiene grandes desafíos para un actor por el hecho de que, además de todo lo interno que acontece en el alma del personaje, hay un desafío técnico de cómo hacerlo bien. A raíz de esto, Pablo se prestó a que yo le hiciera un reportaje de media hora, en cámara, hablando de muchas cosas, pasando por varios estados y ese reportaje se lo dimos a las actrices que vinieron a hacer el casting para que lo trabajaran durante un par de días. Bueno, Jorgelina entró a la habitación y… era Pablo con sus dificultades y sus triunfos.
—Ha sido el comentario general porque no siendo discapacitada, Jorgelina Aruzzi es absolutamente creíble.
—Una cosa de locos porque quien no conoce el original queda impactado por tanto realismo. Y, además, debe pasar por varios estados emocionales. O sea que, haciendo todo eso, por añadidura ella tiene que cumplir con lo que brinda un actor normalmente: emocionar, hacer reír, siempre encantadora. En ningún momento cae en el patetismo. Es una actriz que tiene tanto sentido del humor y tanto encanto que, aun con esa gran dificultad, sale airosa. Como Pablo. El también es así.
—¿Y esa metodología tuya de dirigir solamente algunos capítulos…? Es complicado para alguien tan personal en los detalles como vos.
—Miguel Colom dirigió este capítulo e hizo un gran trabajo. Pero, te explico: para poder hacer una televisión de este nivel, con nuestros tiempos y nuestros presupuestos, está bueno que el director tenga tiempo para preparar el capítulo, la síntesis y encontrar cuál es la mejor manera de filmarlo en la forma más económica. Además de tener todo lo que vos necesitás, hay que sentarse a pensar y cuando un mismo director hace todos los capítulos y básicamente se encuentra con el decorado sólo en el primer día de la filmación porque no tuvo tiempo de verlo antes, no pudo sentarse a ver cómo lo filman ni sentarse a charlar con los actores, a ensayar algo, bueno… las cosas salen como salen siempre.
—¿Vos hacés esto también en “Doctor House” y en “La ley y el orden”?
—La televisión americana se hace así. Allá no se concibe que un solo director haga todos los capítulos. O sea que ese período de poder pensar durante siete días (que tampoco es mucho) más los fines de semana marca una gran diferencia entre estas series y las demás.
—¿Entonces cómo es allí el ritmo de trabajo?
—Cómo de película de los años treinta. Es muy rápido. Además, en este viaje estuve trabajando también en un proyecto mientras que, por las noches, en el hotel, escribía El hombre de tu vida. Resulta algo agotador si le sumás los viajes en avión en los que uno no duerme. Perdés así noches de sueño pero, como decíamos recién, cuando uno está contento con lo que hace no tenés angustia por más cansado que estés. Prefiero agotarme haciendo algo con buen resultado como fue con El hombre…, que estar ocho horas trabajando en algo que no me gusta. Creo que la suerte más grande que he tenido en mi vida es el hecho de que, en los momentos de tranquilidad en los que no trabajo, no encuentro nada que me guste más que lo que hago. No tengo un mejor hobby.
—Importantísimo. ¿Y ese otro proyecto en Estados Unidos?
—Es una película en la que estamos trabajando desde hace un año y medio. Con una lentitud pasmosa… Así son todas las cosas allí. Yo aquí sigo con mi vida y mis proyectos normalmente como si esa película no fuera a hacerse nunca. Es una película para chicos. Tengo muchas ganas de hacerla. Está basada en una novela que me pareció muy transgresora. Para chicos, pero al borde. Y en eso estamos trabajando desde hace un año y medio. Tratar de preservar este espíritu para la película. Y dados los parámetros del Hollywood de hoy en día, la cosa resulta difícil.
—Explicámelo. No sé cómo son los parámetros del Hollywood de hoy.
—Bueno. Te diría que para el cine americano fue mortal la época de Reagan. Tuvo que sobrevivir a esa revolución conservadora y el cine americano se ha convertido en una cosa extremadamente puritana que para mí le ha sacado todos los dientes y el encanto que tenía en los años 70, una gran década del cine americano.
—¿“El Padrino”?
—No voy a hacer una lista, pero te diría que no se hizo ninguna mala película en la década del 70. Y ahora, esto es un libro cuya base es un Infierno para chicos. Como te decía, desde ya es transgresora y tratar de desarrollar esa idea y, a la vez, sin querer ofender a nadie, es para mí imposible. Este es el conflicto que tenemos en el proceso creativo.
—¿Vos pensás que los chicos creen en el Infierno?
—Eehhh… sí. Por ahí somos los grandes los que no creemos en el Infierno. Los chicos creen también en el Cielo y esto el libro lo toma con mucho humor y juega con esa mitología. Hoy existe una gran apertura. Incluso dentro de la misma Iglesia católica se observa con aceptación la presencia de religiones orientales. Quizás no en la cúpula donde, con Benedicto XVI, se ha producido un brote conservador; pero mucha gente de la Iglesia admite que se hable de “algo más” como una metáfora. Se sigue hablando de que hay “algo más” después de la muerte y yo quiero creer en eso.
—Yo también.
Y nos reímos con la nerviosidad infantil frente a un misterio.
—Por favor, que haya algo. Se entiende que estamos hablando del Infierno y del Cielo con una simbología adecuada.
—Y, a propósito de símbolos, siempre te quise preguntar: ¿cómo se te ocurrió en “El secreto de sus ojos” que, al correr la cortina de la cocina, Darín advierta que hay un prisionero en el galpón? Incluso vi dos veces la película, porque no entendía la media vuelta de Darín cuando regresa con el auto. Pensé, es un truco de Campanella.
—Ahí había un balance muy delicado. Como yo no quería ponerme a explicar todo, el espectador tenía que ir dándose cuenta (junto con Darín) que en el momento en el que llega a “la jaula” (así le decíamos a la cárcel), cinco segundos antes toda la sala debía decir: “¡Seguro que lo tiene al tipo ahí”. Entonces íbamos dosificando ese proceso de deducción a medida que Darín se va acercando, a través de los flashbacks. Y la idea ahí tiene un poco de Agatha Christie. Yo soy muy fanático de Agatha Christie. Y me gustan mucho esos detalles que me mostraron siempre y que yo no vi. Que el inspector Poirot vio (se ríe) y yo, no. Si Agatha (o nosotros haciendo esta película) oculta esos detalles, es trampa. Así, cualquiera.
—Vos lográs que el espectador se quede pensando en por qué vuelve Darín cuando ya está en el auto alejándose.
—Bueno, él vuelve porque comienza a unir los detalles. Y el espectador también. E incluso, desde el punto de vista de la narrativa cinematográfica, yo corto a un plano especial de Pablo Rago cerrando la cortina. Desde el punto de vista de la narrativa, no tiene por qué ser un plano especial. Entonces, a vos, como espectador, te trae un bagaje de narrativa cinematográfica que habrás visto en mil películas. Hay algo raro aunque no te hayas dado cuenta en un principio. ¿Por qué la cámara corta a la cortina? Son cosas que están hechas con un pequeño grado de subrayado que tampoco debe ser tanto como para que te des cuenta en el momento pero tampoco que pase desapercibido.
—Qué suerte que te guste Agatha Christie. Hay como un olvido de esos geniales “Diez indiecitos”.
—Mirá, en realidad la novela policial inglesa, deductiva, de detectives, de Sherlock Holmes, me fascina. A los 7 años ya me había leído todo Conan Doyle y a los 14, Sherlock Holmes tres veces y Agatha Christie, entera. Luego, ahí descubro la novela policial americana de Chandler y Hammet y ya ahí se les ve una dimensión moral y humana a los personajes… Haría una mezcla entre los dos.
—¿Y Simenon te gusta?
—Me gusta pero no soy tan fanático de Simenon. Incluso también las películas tienen esa cosa francesa que me aleja, me distancia un poquito. Bueno, con las novelas me ocurre un poco menos pero con las películas, sí. Yo creo que en policiales los sajones son lo más.
—En realidad me llamó la atención que te gustara tanto “El mastín de los Baskerville”. Sos muy joven para que te atrape esa literatura policial del siglo XIX.
—Sí, claro. Sherlock Holmes pertenece a la Inglaterra victoriana y Agatha a los años 30 y 40. Pero te diré que mi vieja era fanática y tenía en casa todas las ediciones de la editorial Bruguera y cuando ella me prestó La señora McCinty ha muerto no podés creer que el asesino sea el narrador de la novela. Todo eso me dio vuelta. También me encantó El misterio del cuarto amarillo de Leroux y El fantasma de la Opera, que tiene un contenido emocional muy fuerte.
—Y algo muy distinto como “Luna de Avellaneda”, ¿cómo se te ocurrió?
—Con Fernando Castets estábamos trabajando en una adaptación de un cuento de Sacheri que se llamaba Esperándolo a Tito (un cuento que, además, recomiendo) y como yo no soy futbolero pero me crié en un barrio con canchitas de fútbol y todo eso, quise ver, cuarenta años después, cómo andaba el fútbol barrial. Atilio Pozzobon, que es el bufetero de Luna de Avellaneda y el cocinero de El hijo de la novia, nos llevó a visitar un club de Llavallol. Ya íbamos con la idea de este cuento y ese día nos juntamos con Carlos Beliz (vocal del club que después encarna Darín), y descubrí otra Argentina. Era junio 2002, y los socios la estaban remando en un país muy difícil al que mucha gente le había bajado el pulgar. En Ezeiza se atropellaban por irse. Y esta gente seguía en el barrio. Y diciendo cosas muy inteligentes, muy profundas que aún hoy desearía escuchar de labios de nuestros políticos. Salimos de ahí diciendo: “Tenemos que contar la historia de esta gente”. Y así fue. Empezamos a frecuentar el club durante seis meses. Nos dejaron presenciar las reuniones de comisión directiva. Seguimos al equipo de básquet y así se fue formando Luna de Avellaneda.
—Y en ese caso lo hiciste todo vos: dirigir, escribir.
—No fui el único escritor. El libro lo hicimos con Fernando Castets y Juan Pablo Doménech. También me gusta mucho el montaje. El secreto de sus ojos lo edité yo. Me gusta todo el proceso de hacer una película.
—Y despertarte con felicidad como ahora.
—Exactamente. Te repito, me encanta el proceso artesanal de hacer una película. Lo disfruto. Con los dos proyectos en los que estoy trabajando aquí, tengo cartón lleno: la película de animación y El hombre de tu vida, que va a estar en pantalla hasta fin de año. De acuerdo a cómo nos den los meses, hay un tiempo mínimo para hacerlo con esta misma calidad de guión y de factura. Podemos hacer entonces entre 23 y 26 capítulos más. Por ahí también hacemos dos temporadas. La intención es dos temporadas con 13 capítulos, pero veremos.
—En tren de imaginar locuras, ya que estamos: ¿a qué actores te hubiera gustado dirigir si hubieras estado en el Hollywood legendario, anterior al actual?
—Me remonto y te digo sin dudar que a James Stewart. Qué bello es vivir es mi película favorita y si nos corremos en el mapa, dirigir a Nino Manfredi me hubiera vuelto loco.
—¿Y de las mujeres del gran cine italiano que hoy, desgraciadamente, ha desaparecido?
—Sí, es verdad. Pero vuelvo a Hollywood y de las mujeres yanquis hubiera elegido a Katherine Hepburn. No, mentira. Ni siquiera hubiera elegido. Me habría gustado sólo estar ahí. Elegir sería la excusa. Es lo que me pasa con Mercedes Morán, Francella y Brandoni. Te juro que es un festival estar ahí presente. Lo mismo con Darín, con Eduardo Blanco. Cosas frente a las que me digo: “¡Qué bueno poder ser testigo de esto!” La gente lo va a ver en el cine o en la tele y yo lo estoy presenciando en vivo. Es una forma de felicidad.
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