Cañadón de los muertos
El viento seca la piel. Atraviesa todo menos el gris de la meseta que se muestra invulnerable. El sitio está ubicado a unos 5 kilómetros del casco urbano. Ahora han asfaltado una parte del camino, de modo que parece más cerca. Todo lo que se oye es el silbido del ventarrón que le da un marco cinematográfico a la zona, aunque esto es inherente a casi toda la patagonia.
El “Cañadón de los Muertos” es el homenaje que el pueblo de Gobernador Gregores le hizo a los caídos en los sucesos de la Patagonia Trágica, cuando los obreros se rebelaron contra la opresión de los estancieros y el gobierno de Hipólito Irigoyen los hizo fusilar como a ovejas. En la zona, la historia es casi una leyenda, más desde que Osvaldo Bayer la inmortalizó en cuatro tomos memorables.
Es tan cercana la marca que la mayoría de los pobladores primitivos tienen parientes hijos de la Patagonia Rebelde. Hacendados o peones, matadores o matados. Todos tienen algo que contar, todos con el cristal con que miraban sus ancestros. Pero nadie se atreve a discutir este recuerdo. Fue en 1921 y casi ni se nota. Desnudos, atados a los alambres, los peones fueron obligados a cavar sus propias tumbas antes de ser fusilados.
Hombres rudos, algunos anarquistas, fueron víctimas de un terrorismo de estado que después sería célebre en un país que se ha empeñado en matar a sus manos hacedoras. Todo a nombre de la patria, claro. El gobierno decía que eran extranjeros los de las revueltas. “Anarcos rusos, polacos y hasta chilenos”. Intolerable, claro. Lo que sí se podía tolerar era a los dueños de las estancias, todos ingleses, pero “patriotas”.
Hay una explanada de adoquines en el sitio de la memoria. Una cruz gigante que no se dobla con el viento señala el lugar de la muerte, como una extraña manera de homenajear a anarquistas. Dos ruedas de carreta y una placa que reza “a los caídos por la justicia y la libertad en la huelga del 21”. Fue en el 2000 que se erigió el recuerdo, que se pagó parte de una deuda que será eterna. El día de la inauguración estuvieron todos.
El mismo Osvaldo Bayer se sorprendió por la presencia de radicales, justicialistas, eclesiásticos y otros actores sociales. El tema –escondido, desconocido en otros lugares del país- es omnipresente en esta geografía inhóspita. Tanto que desde el fondo del desierto, para coronar una jornada emotiva, viene bajando un gaucho y sentencia con una humorada. “yo me salvé aquella vez… me salvé porque todavía no nacía”.
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