CANCIONES DESDE EL ALMA
Quienes conocen al Negro Aguirre saben que el encuentro cotidiano con la música no es más que una forma de felicidad. No hay música suya que no pase por los afectos. Son pequeños viajes de las melodías hacia lo profundo del alma que, no mezquina, los retribuye con el más hondo sentimiento de goce. La satisfacción del arte compartido contrarresta la ingratitud del carácter efímero del tiempo de una canción. Las notas se delinean a su medida para que él las cante y las toque.
El Negro concibe su arte como un proceso dinámico que se construye continuamente con las miras a una meta. “Mi búsqueda consiste es encontrar mi propio folklore. Hay un folklore de un país, de una región y un folklore que es de la persona en sí, y eso es lo que estoy buscando”.
Su música anda por los caminos del folklore, sin estar ligado a lo purista o tradicional, sino todo lo contrario. La fusión de géneros y el hallazgo de nuevos sonidos hacen que sus canciones tomen vuelo propio y se distingan. “Lo que se persigue es cómo encontrarse uno, cuál es la esencia y quién es uno. Eso tiene que ver con la música que escuchó, por dónde anduvo. Dentro de tu propio folklore hay música de otros lados que conviven” afirma.
El Negro Aguirre no comulga con los estereotipos. Cada canción es producto de una necesidad de expresión y a partir de ella surge la pregunta por la forma. “Se puede buscar el costado valorable de atarse a las convenciones en el hecho que uno está haciendo que se eternice una forma que representa tu lugar pero, a la vez, es una actitud cómoda. En el folklore argentino las coreografías terminan poniendo cárceles a la forma musical. Si tenés ganas de expresar una idea y sólo con media zamba te alcanza, la utilizas así. Ahí comienza la indagación para poder contar lo que querés. Creo que todo puede mutar si hay algo que necesita decirse de otra manera”.
COLORES MUSICALES
Cada disco del Negro es un regalo desde el lugar por el que se mire. No se limita a lo musical, sino que es un todo que expresa una coherencia artística. No hay casualidades sino causalidades. Es la exteriorización de procesos que se vienen gestando en el interior. Así, el arte gráfico se corresponde con lo que se escucha. Los colores que tienen los discos obedecen “al color que yo tengo de los temas, es una percepción muy personal, quizás a otro le puede sonar con otro color”.
Este segundo disco es rojo y la elección responde a que “es un disco más sanguíneo, que habla más de la gente y tiene como ese calor intrauterino. Aquello que se recuerda de la primera infancia, del calor materno. Refleja una etapa donde me siento en la necesidad de responder de dónde vengo”, reflexiona el Negro y agrega “el primer disco es más paisajístico, más leve, por eso quizás su color claro. Lo hice con todo lo que yo podía en ese momento, ahora hay un paisaje que yo quiero describir que es mucho más vasto”.
En esta producción hay más búsquedas personales, deambulando en las expresiones propias. Este no es un disco que pretenda mostrar composiciones que brillan por congraciar a la costumbre auditiva. No intenta deslumbrar con el costado luminoso que asegura el hecho de seguir las estructuras tradicionales. De ahí que “haya menos espacios conocidos y más de búsqueda” afirma y explica “hay códigos culturales que hacen que una cosa sea bella o no. En la investigación desaparece, no hay una preocupación específica por la belleza en sí, sino en lo que se quiere comunicar. Con esa idea de belleza, las búsquedas pueden sonar oscuras”.
Todas las indagaciones en el arte son procesos introspectivos que generan rupturas y eso, a la vez, origina riesgos. El ejercicio de hurgar en espacios internos hace a la construcción de una identidad que se plasma en lo musical. “Voy perdiendo el miedo a indagar en mí esos espacios de búsqueda. Lo que vendrá va a responder hacia dónde quiero ir por eso tendrá otro enfoque y otro color”.
ARTE NO SERIADO
Cada tapa del disco es una obra de arte con todo lo que ello lleva implícito. No hay un diseño igual a otro. El aura de la unicidad hace que aquel que reciba el disco sienta que fue hecho especialmente para él. Pamela Villaraza ha dibujado a mano cada uno de ellos. Es una muestra más de la línea de razonamiento estético en la que se posan para transmitir su arte.
“La vida es muy efímera. Es importante hacer lo que uno quiere hacer. Si querés que tu disco tenga una tapa original, hacélo ahora”, sostiene el Negro con una sonrisa cómplice. “Hay que intentar tener el ejercicio de hacer todo el tiempo lo que quiero y después ves cómo se llevan a cabo.”
El Negro apuesta a comunicarse con la gente desde otros lugares. Las ilustraciones originales demandaron grandes esfuerzos pero la retribución fue mayor. Es ver que aquel deseo anhelado se haga realidad. “Es cierto que lo artesanal tiene un costo más alto y no queda resto, pero te queda la felicidad que te genera y esa es la devolución más grossa. Ejercitar la elección permanente de las cosas en base a lo que queremos hace que valoremos más los resultados”.
SONIDOS DEL RÍO
Escuchar la música del Negro Aguirre nos lleva a paisajes no tan lejanos. Las postales del Litoral se entremezclan con las cadencias armónicas. Los sonidos de las orillas se suceden y se encuentran. Hay una fuerte cosmovisión del hombre del río.
Nacido en Seguí, un pequeño pueblo a 60 kilómetros de Paraná, su infancia estuvo ligada a “un paisaje campestre muy fuerte. La vida de campo es dura pero a la vez te brinda muchos momentos de soledad en el camino. Sin tener una conciencia tan profunda de lo que estaba escuchando, me conectaba mucho con cosas de Atahualpa que nombraba al Arriero que iba solo por el campo, yo me hacía la película porque la conocía. No hacía travesías muy largas pero sabía lo que era esa sensación. Es muy lindo porque empezás a dimensionar pequeños sonidos que antes no escuchabas”, recuerda.
En ese sentido “la soledad tiene esa virtud, ponerte en contacto con un montón de cosas por el hecho de que al no tener un interlocutor uno deja de hablar y empieza escuchar”, sostiene el músico.
Sus canciones cuentan historias de islas, remansos, vientos, lunas, amaneceres; pero es el río el protagonista en casi todas de ellas. “Mi contacto con el río ha sido desde la contemplación. No lo he habitado o navegado tanto como quisiera. Tengo algunos vínculos con gente que vive de la pesca y es hermoso conversar con ellos”, señala y continúa ”fue a partir de esas relaciones que empecé a cuestionarme muchísimo lo que estaba escribiendo. Sentí que estaba manipulando palabras que no había vivido con intensidad… mismo la palabra río, me parecía que era una palabra demasiado grande como para estarla nombrando a cada rato”, remata entre risas.
“No son juicios tan duros que no me permitan seguir disponiendo de esa palabra, sino que me dan más ganas de profundizar, y a raíz de eso empecé a pensar todas las palabras que yo usaba sin tener vivencias de ellas. Si uno escribe la palabra ‘viento’ después de haber estado en el campo y sentido el arrullo del aire, esa palabra cobra otra dimensión. En realidad, esa vivencia es lo que produce como un sedimento que da peso a lo que uno hace y a lo que uno escribe”.
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