Carbón y muerte
Un grupo de teatreros oriundos de Comodoro Rivadavia organizó un taller de murga con niños del jardín de infantes de la Universidad Nacional de la Patagonia Austral, en Río Turbio. Allí obtuvieron resultados sorprendentes. Absolutamente todos los niños a los que se les requirió que sugirieran palabras para escribir letras de canciones murgueras, hicieron alusión a términos relacionados a las muertes en la mina, del 14 de junio de 2004.
El dato no puede pasar inadvertido. Es prueba cabal de la marca lacerante que ha dejado en la sociedad la muerte injusta de los 14 trabajadores de la mina de Río Turbio. Injusta como la mayoría de las muertes, pero más porque a esta altura, independientemente de las causas judiciales, la gente de la calle, el pueblo, sabe bien que esas vidas truncadas en el carbón pudieron haberse salvado.
Los partes oficiales son tan claros para contar como para esconder. Una máquina que dejó de funcionar. Unos rodillos traicioneros que siguieron girando. El humo primero, el fuego después. La asfixia de los que no pudieron salir, el dolor de las familias que perviven como atrapadas en la mina, esperando el día que Santa Bárbara les devuelva las almas que tomo para sí.
Sin embargo, los mineros coinciden que todo lo que sucedió pudo no suceder y además, señalan –aún cuando esta fue echada tiempo atrás- a la administración de Sergio Taselli, el concesionario de la mina, como principal responsable de la inseguridad que se hizo una rutina y que derivó en que los mineros no tuvieran los equipos necesarios para el salvataje aquel día fatídico.
Lo que sobrevino luego fue –en estos también muchos coinciden- una rápida intervención de buenos reflejos del presidente Kirchner, que poco antes había estado abrazado a los mineros de su provincia y una lucha silenciosa de los familiares de las víctimas, una vez que el tema desapareció como por arte de magia de los principales medios nacionales, para recibir un resarcimiento que nunca habrá de alcanzar.
“Los mineros naturalizaron la inseguridad en la época de Taselli”, dice un ex dirigente gremial. Al menos, como magro consuelo, después del accidente consiguieron que la administración les compre los equipos pertinentes para tomar oxígeno en caso de necesidad. Es apenas un ápice de conquista en una faena que ni siquiera el 14 de junio le valió que lo colocaran en la categoría de “trabajo insalubre”, tal como lo supone pasarse siete horas por día 200 metros debajo de la tierra.
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