Carnes Argentinas For Expor
Lo que se entera uno si quiere comer un asado. Agarro los documentos y me voy de compras…
En el reparto del mapa se estableció una vez que todo lo que quedara del río Pilcomayo para aquí, sería argentino y todo lo del otro lado, sería paraguayo. Más o menos así. O más menos que más, según el caso de Nanawa.
Hay quienes dicen que Nanawa es Argentina, o lo sería, si no fuera porque un ricachón que tenía un buque de gran calado no hubiese desviado el curso del Pilcomayo, hace tantos años que pocos se acuerdan, para poder surcar tranquilo las aguas.
Lo cierto es que Nanawa, o Puerto Elsa, como se llamaba antes, está a 50 metros de Clorinda, a través de una pasarella que cruza un arroyo de agua poca y estancada, pero queda en Paraguay.
Nanawa es una isla a 30 segundos de cruce de una aduana que es decorativa. Hay que pasar por un pasillo de madera, porque el de cemento que hicieron, está hecho con materiales tan dudosos que el propio presidente de Paraguay, cuando fue a inaugurarlo, al ver que sus pies se movían sin que su mente se los ordenara, desistió de la apertura y… del cruce.
Es un secreto no tan a voces que todo lo que se vende en Nanawa es contrabando. Dicen que los norteamericanos -tan honestos ellos- pondrán shopping en la islita de 5 mil habitantes donde se facturan varios millones de dólares al año.
Vamos a Nanawa. Crucemos por la pasarela. Atravesemos agachados el pasillo de techos de sombrilla donde ya ofrecen los servicios de un dentista, un calzoncillo en oferta, una hamburguesa con moscas pegadas de ayer o medicamentos en pastilla o en pomada. Ni nos detengamos en los pantalones, zapatos, lubricantes, servicios de manicura, parches de bicicleta o alpargatas que se venden por el camino. Vayamos por carne. Carne argentina.
No es necesario ser baquiano. Felizmente, las moscas conducen hacia el preciado trofeo. Un mercado en una galería con medias reses tiene las mejores ofertas. Un tábano se engolosina sobre una punta de marucha pero por fortuna, el vendedor tiene más carne en la heladera, donde la gula del tábano no llega.
¿Qué cuatro pesos el kilo de costilla? Sí, señor. Ahí está, carne rosadita, tierna, bien argentina, pero a la mitad de precio.
No puedo contener la risa porque la carne rosada me hace acordar al grito de “curepí” que nos prodigan con malicia los paraguayos. “Piel de chancho”, quiere decir. Eso parece la carne, pero es de vaca. Y a no ser por los prejuicios que a uno lo invaden ante la higiene escasa del ambiente, huele bien.
Deme nomás, que hoy pago el asado a mis amigos de Clorinda.
Sólo falta “corte Malvina” y es la patria misma comiendo su plato mejor. Vamos, que se hará tarde y no es bueno andar de noche en Nanawa. Dicen que los que no viven de la venta, ni de la estiba, mal viven y se aprovechan de los turistas. Y si son curepí, tanto mejor.
Otra vez al caminito, a la pasarela. Bueno es que el tábano se quedó dándose una nueva panzada, ahora con un pedazo de nalga, no de la señora gruesa que pide que no saquemos fotos, sino de la nalga de otra media res. Afuera todo huele a fritanga porque llega la hora de la cena. Rechazo las últimas ofertas y, mientras un dentista le revisa la encías a un nanawense (¿sería así el gentilicio así?), cruzo el atajo que me devuelve a la Argentina, 30 metros más allá. Apenas tengo que esquivar a un camión que llega con… más carne y ya estoy. Los gendarmes no dicen nada. Mis documentos descansan en el bolsillo de la vermuda. A prender el fuego se ha dicho.
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