Caucete, tierra insurgente
Ricardo mira lejos del cronista y más lejos de Caucete e incluso más lejos de San Juan. Pero parece que está mirando ahí nomás, donde hace 28 años estaba la casa donde nació. Vitupera al viento zonda para que su dolor intacto no se le haga úlcera. Señala la niñez como quien marca un libro y otra vez recuerda como esa hoja le fue extirpada.
La casa paterna de Ricardo fue una de las pocas que se salvó de la atrocidad del terremoto más grande que la historia argentina recuerde. Pero no pudo salvarse de las topadoras de la Dictadura Militar. Como todo lo que quedaba en pie, los milicos lo echaron abajo. Arguyeron que harían una nueva ciudad y montaron un nuevo negocio.
La reconstrucción de Caucete significó una fábrica de plata mal habida para los patriotas “videlistas”. Tumbaron todo lo que la tierra bramante no pudo nomás para edificar viviendas que los harían millonarios ante el dolor, inflando los presupuestos, enturbiando las licitaciones y expropiando los terrenos de los pobladores de siempre, al irrisorio precio del avalúo fiscal.
Videla en persona fue a Caucete a preparar el terreno. No lo dejaron llegar, porque a poco estuvieron de lincharlo. Pero la estafa se perpetuó sobre el dolor. Ricardo ya se fue a vivir al sur alguna vez, ya volvió, hizo su familia como su posición. Pero nunca pudo rehacer su infancia y muchas veces, como ahora, frente a la casa paterna, un quiste, un entripado, un bisturí que se le mete en el cuerpo sin permiso, le recuerda la infancia negada.
Caucete sí, de a poco, cambió su fisonomía pero recobró su pulso. Tiene una diagonal que la atraviesa en homenaje a La Plata, porque a su fundador fue un amante de la capital bonaerense. Y tiene otra marca que la cruza más en diagonal: la de la tragedia que enriqueció a los mismos de siempre, a los que, cuando escribieron la historia, olvidaron contar ésta.
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