CAUSA FECED: LOS TESTIMONIOS DEL FUSILAMIENTO
Francisco Oyarzábal perdió a su hermano José Antonio. Marcelo Márquez a su hermana María Cristina. “Recordar conmueve, pero ayuda a cerrar cuestiones de vida para abrir otras cosas”.
Corría el mes de octubre de 1976. Siete jóvenes militantes de la Juventud Peronista son detenidos en Rosario y San Nicolás y llevados al centro clandestino de detención El Pozo, en el subsuelo del edificio de San Lorenzo y Dorrego. Todos fueron fusilados en un camino rural de Los Surgentes provincia de Córdoba, en la madrugada del 17 de octubre de 1976. “El por qué se eligió llevarlos hasta ese lugar es una pregunta que sin dudas podría contestar mejor que nosotros, Lo Fiego o algún otro de los detenidos en la Causa Feced, porque fueron ellos los que los fusilaron. Digo por caso, Marcote o algún otro miembro de la patota de Feced”. La respuesta pertenece a Francisco Oyarzábal, hermano de José Antonio, uno de los siete jóvenes que fueran asesinados junto a María Cristina Márquez, su compañero Daniel Barjacoba, Cristina Costanzo, Eduardo Laus, Sergio Jalil y Analía Morgiondo.
Rosario/12 intentó develar las expectativas de los familiares de estas víctimas ante la reapertura de la Causa Feced, reuniendo a dos de ellos. El encuentro es en la casa del Vasco Oyarzábal, hermano de José Antonio, y Marcelo Márquez, el de María Cristina. Ella tenía 22 años, era maestra en Villa Banana y estaba embarazada de cinco meses. Estuvo tres días en El Pozo, donde fue vista con vida por varios compañeros que aún siguen con esta causa. Una de las compañeras que sobrevivió relató que fue torturada, pero que resistió con entereza. “Sentíte orgulloso porque tu hermana se mantuvo íntegra hasta el final, no se quebró”, recuerda Marcelo que le dijo una de las sobrevivientes.
A su hermano, aún hoy después de 28 años, recordar estos hechos lo conmueven. Pero confiesa que rehacer el recorrido lo ayuda a cerrar algunas cuestiones que “tenían que ver con mi historia, con mi familia para luego intentar abrir otras cosas, otras historias”. La confesión no es menor, tanto él como el Vasco pelearon desde el primer día con la burocracia judicial, la falta de interés en dilucidar la verdad además de complicidades varias. Recuerda al juez cordobés que decidió usar una pala mecánica y picos y palas para desenterrar los restos de los jóvenes en una fosa común del cementerio de San Vicente, que medía 50 metros de largo por cuatro de ancho. Recuerda los restos rescatados en bolsas plásticas en los primeros tiempos de la democracia, que curiosamente fueron devueltos al cementerio antes de ser identificados, e incinerados de inmediato lo que imposibilitó cualquier análisis de ADN para establecer sus identidades cuando el año pasado el Equipo de Antropología Forense trabajó en el tema. Recuerda la presencia policial exagerada para un cementerio de pueblo.
A su lado, el Vasco Oyarzábal rememora las primeras denuncias, el apoyo de los organismos de derechos humanos en tiempos difíciles, los mapas, los croquis y la fuerza de Nelly de Barjacoba, madre de Daniel.
“Recuerdo el dolor de las leyes de impunidad y el pedido de inconstitucionalidad de la Obediencia Debida ante la Cámara Federal de Rosario, que fue rechazada con la firma de Jaime Belfer. También las apelaciones y hasta un recurso de queja ante la Corte, que también perdí y que me provocó el embargo de uno de mis muebles para garantizar el pago las costas del juicio”.
Mientras el Vasco habla, Marcelo mira la pequeña foto de la ecografía que descansa a un costado de la mesa. Es el hijo del Vasco que llegará en febrero. Pero también piensa en el suyo, que nacerá en diciembre. “Todo lo que hicimos nos permitió abrir otras historias, y esto hace que ahora podamos estar sentados pudiendo reabrir aquella otra historia y continuar. Son diferentes etapas y vividas de esta manera con el recuerdo siempre de nuestros hermanos y de los compañeros que murieron en esa oportunidad. Pero con la posibilidad de saber que todo esto sirve para que tanto los hijos del Vasco como mis hijos van a poder estar viviendo en un Rosario diferente. Y caminar por la calle sin encontrarse con las personas que aún hoy nos podemos encontrar. Por eso vale la reapertura. Y valen todos los viajes que hicimos a Córdoba donde participamos de la exhumación de los cuerpos, siempre con esta idea de que todo sirve para que estas personas sean detenidas, pensando siempre en el recuerdo de nuestros familiares”.
La charla de ambos con Rosario/12 cierra con el recuerdo de los hermanos. De aquel José Antonio que son sus precoces 22 años empezaba a estudiar Derecho y a militar en la JUP. Y de aquella María Cristina, de la que rara paradoja del destino, no hay más que una sola foto, a pesar de que ha dejado huellas imborrables en su familia. “En esa foto -dice Marcelo- María Cristina está con una copa brindando y durante mucho tiempo no me detuve en ese detalle. Realmente lo que quisiera es que se la recuerde a mi hermana con la felicidad que tenía en esa foto”.
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