CAYASTÁ: TESTIMONIO HISTÓRICO EN RIESGO
Lo que Juan de Garay y Jerónimo Luis de Cabrera parlamentaron mediante emisarios que iban y venían desde la costa hasta el navío en el que el vizcaíno había bajado desde Asunción para establecer un puerto más próximo al mar sólo puede deducirse –como en las célebres entrevistas de San Martín y Bolívar en Guayaquil dos siglos y medio después– de los hechos posteriores a ese encuentro en las inmediaciones de lo que hoy es Coronda. Lo cierto es que Cabrera, que venía de fundar Córdoba como parte de la corriente colonizadora originada en el Perú, archivó su propósito de instalar sobre el Paraná el puerto de San Luis de Córdoba y pegó la vuelta a la tierra de los comechingones donde se había establecido. Garay, por su parte, se apresuró a volver aguas arribas, introducirse en el río de los Quiloazas –o San Javier, como lo bautizaron los españoles– y llegado al paraje donde había dejado acampada a una pequeña guarnición, hizo plantar el rollo de la justicia, lanzó mandobles a los cuatro vientos en señal de posesión y procedió a fundar Santa Fe. Era el 15 de noviembre de 1573 y así nacía la primera capital del Litoral argentino.
Atrás había quedado la pionera existencia del fuerte Sancti Spiritus, que Sebastián Gaboto había levantado en 1527 en la confluencia de los ríos Coronda y Carcarañá y que al cabo de casi tres años sucumbió al ataque de Mangoré y sus guerreros dicen que como consecuencia de los devaneos de Lucía Miranda con Siripo, pero en realidad por falta de vocación de los colonizadores blancos tras agotárseles la ilusión de hallar el mítico país del Rey Blanco, donde creían que el oro y la plata brotaban por doquier.
Más atrás aún, barrida por los vientos patagónicos y el frío austral también había pasado a la historia la invernada de los hombres de Hernando de Magallanes en la santacruceña bahía de San Julián, escenario de la primera misa y también del primer ajusticiamiento en territorio hoy argentino. Y también había fracasado el intento de perdurabilidad de la hoy desdeñosa Buenos Aires de Pedro de Mendoza y la casi increíble, por lo breve y esquiva, existencia de Corpus Christi, en el sitio donde Garay tropezaría con las apetencias atlánticas de Cabrera, escala hacia el norte de los famélicos desalojados de la primera capital del Plata rumbo a su asentamiento definitivo en el país guaraní donde fundarían Asunción.
Desde esa ciudad, precisamente, partió Garay con menos de un centenar de “mancebos de la tierra”, americanos de primera generación, para “abrir puertas a la tierra”, según las órdenes recibidas.
En efecto, Santa Fe, cuyo nombre evocaba aquel campamento así denominado que levantaran en torno a Granada los Reyes Católicos para sitiar al último reducto moro en la Península (y no como se cree en alusión al credo de los fundadores), se convirtió en una referencia ineludible en el sur de aquella incipiente América española. Desde allí se bajaba al Atlántico, se subía a Asunción y arrancaba el camino hacia Córdoba del Tucumán y Santiago del Estero. Desde ese asiento partió Garay para la segunda fundación de Buenos Aires, la definitiva, en 1580. Allí, en el prolijo trazado que Agustín Zapata Gollán sacó a la luz cuando promediaba el siglo XX y sólo su porfiada insistencia logró preservar como un testimonio único de la epopeya de las fundaciones, se produjo la Rebelión de los Siete Jefes, el primer intento –fracasado y pagado con la horca– de constituir un gobierno de criollos. Y allí, finalmente, Martín del Barco Centenera escribió el poema que le dio nombre a la Argentina.
Pero aparte de cumplir la misión de sentar derecho frente a los conquistadores que venían desde el noroeste, Santa Fe de la Nueva Granada demostró ser una ciudad ubicada en el lugar equivocado. Expuesta a la hostilidad de los naturales, comprensible reacción ante la irrupción en sus territorios ancestrales de esos blancos barbados que además pretendían imponerles otra religión y otra cultura, la ciudad debió enfrentar una amenaza aún peor, la de la naturaleza, contra la cual de nada valieron las corazas, las armas de fuego ni los conocimientos que sus pobladores habían traído de Europa o de la Asunción de donde provenían mayormente.
Lenta pero implacablemente, cual si obedeciera a una revancha de la tierra ajena, la corriente del río de los Quiloazas comenzó a corroer la barranca sobre la que se respaldaba la ciudad. Cuando sus habitantes comprendieron que libraban una pelea perdida comenzó el éxodo. No había transcurrido un siglo del asentamiento, pero se llegaría a este tiempo hasta que la casi totalidad de sus vecinos se hubieran reubicado dieciséis leguas al sur, en una ciudad calcada en todo menos en el nombre: Santa Fe de la Vera Cruz.
Cuando el último puñado de remisos abandonó Santa Fe La Vieja, privado de todo auxilio y hasta de los servicios de un cura, la tierra arenosa y el olvido se apoderaron de la ciudad vaciada. Faltos de la protección de los tejados, los muros que aún quedaban en pie porque hubiera sido insensato mudar barro amasado con conchillas sucumbieron a las inclemencias y el paso del tiempo y volvieron a su esencia. Sólo unos sugerentes montículos de los que la vegetación hizo pronto presa permitiría a la perspicacia de Zapata Gollán intuir que ahí abajo había habido una ciudad.
El río también siguió haciendo su tarea, comiéndose de a bocados el este de la planta urbana, y las lluvias aportaron lo suyo disolviendo, lavando, arrastrando hacia el San Javier lo último emergente reconocible de la ciudad. Pero una parte quedó sepultada y algo de eso revelaron las excavaciones, como la impactante exposición de los restos de los sepultados en la iglesia de San Francisco, Hernandarias –el primer gobernador criollo– y su esposa doña Jerónima –hija de Garay– entre ellos.
Nuevas búsquedas arqueológicas permitieron exhumar tejas, armas, instrumentos de labranza, restos de vajilla y otros elementos de uso cotidiano. Y todavía hay sectores intocados que podrían llegar a entregar otros testimonios de interés. Sin embargo, lo que queda de la traza de Santa Fe La Vieja es sólo dos tercios de su planta original. Si pudiera volverse el tiempo atrás sobre el paisaje de hoy Garay debería pararse en otra parte para su solemne acto fundacional del 15 de noviembre. Ya desapareció casi en su totalidad la manzana que fuera plaza de armas, además de la que ocupaban la iglesia jesuita de la Inmaculada y la propia vivienda del vizcaíno. El lector que conozca la actual Santa Fe y pueda imaginarse el río a las puertas de la catedral y de la Casa de Gobierno podrá imaginarse cuánto se ha perdido irremediablemente de la ciudad que fue jalón de la colonización española en la cuenca del Plata y de cuánta dedicación habría que destinar a la titánica tarea de resguardar lo que aún queda de ella.
Como se ha dicho, “las ruinas de Santa Fe la Vieja constituyen un excepcional testimonio de la vida urbana en tiempos tempranos del período hispánico en el Río de la Plata y fuente permanente de investigación y conocimiento para la historia de los orígenes de la ciudad hispanoamericana”. Declaradas Monumento Histórico Nacional en 1942, se tramita actualmente su reconocimiento como Patrimonio Mundial de la Humanidad, lo cual posibilitaría que la Unesco y otros organismos internacionales se sumen al esfuerzo para su preservación.
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