Cerro que no se vende
En la villa de San Lorenzo viven las familias más acomodadas de Salta. Hay cinco minutos de distancia en auto entre la capital y este paraíso, y muchas leguas entre los que allí duermen en mansiones suntuosas y los que apoliyan en el piso, cerca de la plaza central. Como custodio de San Lorenzo, además de las incipientes empresas de seguridad privada, está el cerro de mismo nombre, que mira y ausculta en silencio.
El cerro San Lorenzo está próximo a alcanzar los 3 mil metros de altura y supone una experiencia a vivir para los amantes de los deportes de aventura o para los turistas más osados. Pero nadie, por guapo que se precie, se animará a intentarlo sólo. Para eso está la Asociación de Amigos de la Montaña y un grupo de gente que ha convertido al lugar en un paseo seductor.
Hace unos años, cuando la ola privatista llegó con su cresta a las barbas del cerro, un grupo de lugareños se agrupó en una Asociación Civil y consiguió que les dejaran a su cargo la explotación turística. Son gente criada en la montaña, que sabe cómo hacerlo y que entiende más de trepadas que de negocios. Igualmente, pudieron esquivar la idea de una empresa norteamericana que oteaba el sitio con garras afiladas y consiguieron la concesión.
Muchos europeos desafían las alturas del San Lorenzo como antesala de una prueba posterior. Hay quienes eligen caminar por la ribera del río que también lleva ese nombre y el paseo es una pizca de lo que se podrá ver desde más arriba. Todo está dado como para dejarse seducir con la idea de escalar. Ariel, encargado de administrar, tiene prestos sus caballos y los ofrece. Será cuestión de aceptar. Mañana partimos…
Este contenido no está abierto a comentarios

