CHARLY: “SOY KEITH RICHARDS Y CHOPIN”
Acaso como un símbolo, en la cama de Charly García hay un rectángulo de telgopor que tiene encintados cuatro controles remotos: la tele, el DVD, el equipo de música y el aire acondicionado. El desordenado colchón de sábanas revueltas, donde además yacen un cenicero repleto, una guitarra, un teclado, algunos CDs, un dispositivo de grabación y un libro (David Lynch por David Lynch, de Chris Rodley) es el centro de mando del artista, y el lugar donde “concede audiencias”. Pegados en la pared, un collage con la leyenda “Hay que matar a Elton John” y una foto de los Stones circa 1966.
García va a participar de dos shows bien diferentes: uno en la apertura del Cosquín Rock y otro en el Festival Campo Konex (ver Información).
¿Estás preparando un show “de música clásica” para Cosquín?
No es tan así. Me dijeron que el nuevo lugar es muy lindo, cerca del río y con las sierras de fondo (Nota: Este año, el festival serrano se mudó de la Plaza Próspero Molina a un predio en la comuna San Roque). Así que pensé en hacer algo en sintonía con eso, tipo Beethoven o Mahler. O sea: yo soy Keith Richards, pero también soy Chopin.
Tuviste una formación musical clásica.
Yo me crié escuchando música clásica, a los doce años ya era un modesto profesor de teoría y solfeo. Y entonces descubrí a los Beatles que, aunque no sabían música, tenían un esquema de construcción musical muy parecido al de la música clásica. Hasta entonces yo había vivido en un mundo gris, acerado, en que los jóvenes eran adultos en miniatura. A partir de los Beatles apareció la juventud como una cosa separada. Una vez, Mercedes (Sosa) me contó que ella había descubierto los colores con Submarino amarillo. Como dijo Woody Allen, la civilización occidental llegó hasta I Want to Hold Your Hand. Lo que vino después no sé que es, pero civilización, seguro que no es.
Pese a tu formación clásica, siempre fuiste de experimentar.
Cuando escuché a los Beatles, le puse una ballenita con la púa del Winco a la guitarra, y armé mi primera guitarra eléctrica. Además, siempre fui de personalizar mi sonido: sacaba el Winco por el televisor, separaba los sonidos por rango de frecuencia… Además, con el Club del Clan, primero, y con los Beatles, después, empecé a componer mis propias canciones, algo que con la música clásica es prácticamente imposible.
Venís de tocar en el festival de Villa Gesell, el primer gran evento rockero desde la tragedia de República Cromañón…
Sí, pero me parece que están manejando las cosas bastante mal. En Punta del Este me echaron de un recital porque decían que no había seguridad suficiente para mí. O para ellos, no sé. En Gesell quise hacer un cierre con fuegos artificiales y no me dejaron. ¿Por qué no, si era un lugar abierto? ¿Qué van a hacer, prohibir la Navidad? Yo sé bien lo que es el fuego: este mismo departamento se incendió, y es una de las cosas más horribles que experimenté en mi vida. Tengo ese dolor insoportable de cuando me enteré. Pero, ¿de qué sirve ahora toda la paranoia con el fuego? Comprendo esto como un luto, pero nada más, porque no sirve el remedio después de la enfermedad.
Vos sos uno de los pocos músicos que en los ’80 no tocó en Cemento, el mítico reducto under de Chabán.
Porque los baños estaban todos llenos de meo (risas). Pero no tengo nada contra Chabán, ¿eh?, nada más me parece que no es un tipo simpático. Tampoco me parece que él solo tenga que cargar con toda la culpa. No creo que sea Charles Manson. La culpa está en todos nosotros, y Chabán también es “nosotros”.
¿Te sentís un abanderado del rock nacional?
Yo me hago cargo del rock hasta la General Paz. Con todo lo que algunos llaman rock latino no tengo nada que ver. Yo quisiera que el rock vuelva a ser pensante, romántico en el buen sentido. Lo que hago es tratar de estar a la altura de mi popularidad, si se quiere. Trato de que lo que hago tenga el efecto justo para traer un poco de luz y, a la vez, que cure. Voy a tratar que lo de Cosquín sea un spa musical. También me interesa el poder por el poder mismo, esa impunidad que tengo. Antes me llevaban preso por bajarme los pantalones, ahora me pagan porque me los baje.
El año pasado elaboraste para tus recitales en el Konex el concepto “Palermo Bagdad”. ¿Estás preparando otro show conceptual para el Festival Campo Konex?
Sí, la idea es hacer La hija de la lágrima II, por eso en Gesell toqué de vestido. Va a ser un show cinematográfico, que retoma la historia de esa chica, pero ahora. La onda vendría a ser una película que estaría entre Cabaret, Purple Rain y El resplandor.
¿La parte de las premoniciones o la de los hachazos?
Por ese lado viene la sorpresa.
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