CHILE SE PREPARA PARA ENFRENTAR A LA ARGENTINA
Por esta Santiago que sigue con sus obras —hay una construcción en cualquier rincón donde uno pose la vista— y con su mansedumbre, hay una palabra que sacude y que atemoriza a todo aquel que tenga algo que ver con el universo de la número 5. Esa palabra es Argentina. O “La bestia albiceleste”, como la definió el diario El Mercurio en su portada de ayer. El tema pasa por la vieja paternidad —Chile nunca le ganó en partidos de Eliminatorias—, es cierto, pero también hace centro en otras cuestiones que para los chilenos son cruciales cada vez que en la otra mitad del campo de juego se paran hombres enfundados en los listones celestes y blancos, sea cual sea la época. Y esas razones, al cabo, hacen que sus futbolistas, los de remera roja, se paralicen, se turben, se empequeñezcan, se sientan menos de lo que son.
Hay tal respeto, tal admiración, tal temor de todo Chile hacia la Selección argentina, hacia sus jugadores (vistos como estrellas inalcanzables) y hacia su técnico (el pasado de Pekerman como conductor de las divisiones menores de Colo Colo lo transforma en una persona querida y reconocida), que no es demasiado arriesgado afirmar que “El equipo de José” ya arrancará ganando desde la cuestión psicológica apenas pise el césped del estadio Nacional, esta noche, cuando a las 20 todo esté dispuesto para que comience a rodar la pelota. Es una ventaja que puede ser determinante si Argentina consigue exprimirla hasta la última gota.
Se larga la segunda rueda de estas Eliminatorias en las cuales Argentina y Brasil parecen jugar “a otra cosa”. Ellos, los colosos, se sitúan sin compañías en la vereda opuesta a todos los demás. Por fútbol, por nombres, por peso individual y colectivo, por actitud, por historia. Acá, en Santiago, mientras continúan los lamentos por el tropezón chileno en Ecuador y arrecian las críticas hacia el vapuleado técnico Juvenal Olmos, se entiende unánimemente que las marchas argentinas y brasileñas transitan plácidamente hacia el Mundial 2006. O sea: que el problema (léase clasificación) lo tienen los otros…
Después de la convincente y lujosa producción de la Argentina de Pekerman en el 4-2 ante Uruguay, en el nacimiento de la nueva era, la segunda prueba de la flamante Selección —que ya exhibió algunas modificaciones conceptuales y tácticas con relación a la última etapa de Bielsa— parece que contará con los mismos intérpretes. De todos modos, el entrenador deberá dilucidar en algún momento el dilema de la riqueza: ya están en condiciones de jugar —tras cumplir las respectivas sanciones— los tres jugadores más emblemáticos de la nueva generación: Mascherano, Tevez y D’Alessandro.
Con indudable vocación ofensiva, con más pausa (por la conducción de Riquelme), con más pelota a ras del piso, con dos “9” compartiendo el ataque (con búsqueda y mucha participación en Saviola; con contundencia en Figueroa), sin los famosos “extremos” de Bielsa, Argentina aplastó a Uruguay y dejó encendidas las esperanzas populares. Si el equipo de Bielsa ya estaba a un paso de la reconciliación con el hincha tras la Copa América y el en Atenas, éste de Pekerman instaló desde el sábado un nuevo sentimiento: el romance.
José no confirmó anoche a los titulares, pero dejó un fuerte indicio: reiteró su plena conformidad por el trabajo de los que pasearon a Uruguay. ¿Ratificará a esos once? ¿Se animará a tocar una alineación que cautivó a la mayoría? ¿Habrá un solo cambio, el de Mascherano por un Luis González que arrastra una sobrecarga de partidos? Si es así, la Selección tendrá más marca y más contención, pero vuelo acotado y menos llegada por sorpresa, propiedades de Lucho. ¿Y Tevez? Iría al banco. Si entra, se sumará más explosión y la chance de verlo hacer magia con Riquelme.
Chile, con línea de tres atrás y un enganche (Valdivia), está urgido: necesita ganar y acallar las voces hirientes. Pero la admirada y temida “Bestia albiceleste” puso los pies en Santiago para quitarle aún más el sueño.
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