CIEN AÑOS SUFRIENDO EL EMBATE DEL AGUA
Santa Fe ha sido históricamente lugar de inundaciones. Ya sea por el río Salado o por los cursos de la cuenca del Paraná, en numerosas ocasiones gran parte de la ciudad se ha transformado en una suerte de Venecia litoraleña. Ya históricamente la ciudad había sido trasladada por su baja cota desde la cercana Cayastá de su original fundación hasta su ubicación actual, que también peca por similar característica.
No obstante, la magnitud de la inundación y, sobre todo, las consecuencias han configurado el mayor accidente ambiental registrado en nuestro país. De todo el desastre sería oportuno, como único componente positivo, extraer conclusiones técnicas y fácticas para actuar en el futuro.
La causa objetiva de este accidente fue el desborde del Salado, con la cuenca del sistema del río totalmente saturada y en estado de alerta desde comienzos de marzo debido a la altura y a las precipitaciones anteriores. Obviamente las lluvias posteriores fueron también de escala inusitada.
Entendemos que fueron vislumbrables como consecuencia de la corriente de El Niño, de graves consecuencias en diversos puntos del planeta. Contribuyeron las canalizaciones de particulares, una red no planificada derivada de la ausencia de la obra pública.
Existe una defensa de más de 30 años de antigüedad que no consideró la extensión del río, edificada en previsión de los desbordes. No estaba completa, quedando incluso un tramo de estas obras valuado en 100 millones de pesos -por falta de recursos-, según los informantes gubernamentales.
Consecuencias alarmantes
Fue alarmante la necesidad de la voladura de la avenida Circunvalación, lo que señala las consecuencias de la construcción de obra pública sin estudio de impacto ambiental. Llama enormemente la atención la perplejidad de las actuales autoridades locales.
Difundidas imágenes de la inundación de junio de 1904, acaecida durante la eficiente intendencia de Manuel Irigoyen, informan de la vasta experiencia de la comunidad santafecina en anegamientos importantes. Las imágenes extraídas de “La memoria general de la Intendencia de Santa Fe”, de 1905, muestran escenas similares a las de hoy. También nos muestran los precisos diagramas de movimiento de aguas del río Santa Fe (cuenca del Paraná) registrados día por día y los planos de las zonas inundadas de traza parecida a la anegación actual.
Tanto el Conicet como el INTA informan que desde fines del año último se había advertido sobre el aumento de precipitaciones en el norte del país esperándose lluvias extremas en el otoño. También, desde el Instituto Nacional del Agua se había informado sobre la magnitud de las precipitaciones registrables inmediato-posteriores al fenómeno de la corriente de El Niño.
En diciembre último se aprobó la ley de gestión ambiental de las aguas, que apunta a moderar los daños de estas situaciones hídricas. Estipula la creación de comités de cuencas para advertir de estos fenómenos e instrumentar las acciones preventivas y restauradoras. No obstante la existencia de la ley, no está aún reglamentada pues varias provincias la rechazan, ya que las cuencas comparten jurisdicciones. La disparatada federalización del ambiente consagrada por la nueva Constitución abona la imposibilidad de trabajos conjuntos interprovinciales, olvidando que los ecosistemas no respetan los límites políticos diseñados por el hombre ni la Constitución de país alguno.
La comunidad se pregunta si de haberse construido las obras previstas, el desastre ambiental habría sido evitable. Entendemos que sí; aunque tal vez no la inundación. Las tareas de prevención habrían evitado los inconvenientes mayores. Se habría diseñado una evacuación ordenada y la duración del anegamiento se habría reducido sensiblemente.
Se destaca la falta absoluta de instrumentos de bombeo y organización oficial para la emergencia, de planificación en la asistencia a la población y la restauración del ambiente y de las estructuras públicas y privadas, que desembocó en hechos de corrupción, desorden incontrolable, violencia y hacinamiento.
Respecto de la prevención, hay sistemas de alerta diseñados para anticipar las crecidas del río. Son sensores de un costo aproximado de 3000 dólares cada uno y algunos están instalados y en funcionamiento en nuestro país, por ejemplo, en la cuenca de San Antonio, Córdoba.
Por el Arq. Carlos Libedinsky
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