Cinco siglos igual
El noroeste es un sitio obligado para la visita de turistas. La Argentina de Kirchner ha potenciado esta industria y la Salta de Romero, señor feudal que tuvo el tupé de ser candidato a vicepresidente de Menem, ha entendido el mensaje. Por eso Salta se ha llenado de extranjeros, los hoteles de guías bilingües y los cerros de gringos corpachones que los desafían.
Pero no todos los turistas son iguales, claro. Azorado, el periodista ambulante observar como algunos europeos miran como bichos a los aborígenes. En el Tren a las Nubes, algunos que recibieron consejos de otros que antes pasaron por allí, llevan bolsas de chupetines para repartir a los niños coyas, como quien tira alpiste en un palomar. Un asco. Una mala educación bien europea.
En La Polvorilla, una señora que habla un castellano casi ininteligible le espeta a una lugareña la presunta escasa calidad de su mercadería. Lo hace de tan mal modo que a uno le dan ganas de abofetearla, pero enseguida, a la vuelta de la vista, otro galán alemán se saca una foto por unas monedas con un chiquito de no más de cinco años que, vestido con traje típico, se abraza a una llamita.
Todos tienen indumentaria apropiada según la travesía que se les haya vendido y tienen europea obediencia para los guías. Portan guías para recorrer la Argentina y cámaras para reportar la rareza de esta gente que se las ingenia para vivir tan mal en semejante paisaje. ¿Pensará alguno de estos –que no son todos, claro- que para que uno de ellos pueda darse esta gran vida europea, tiene que haber en el mundo al menos 20 chicos desnutridos por¡día, de los que ahora están fotografiando como monos?
Como canta León: cinco siglos igual.
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