CINCUENTA AÑOS EN ESCENA
Año 1955. Las universidades argentinas albergan a cientos de estudiantes que llegan de toda América Latina. Un grupo de recién llegados tiene muchas ganas de divertirse y menos ganas de estudiar medicina.
Se juntan a tocar muy seguido, hasta que un día consiguen fecha: el restaurante bailable Tom y Jerry, en Vicente López. Equipada con camisas floreadas prestadas, la primera formación tuvo a Rafael Aedo, Enrique Salazar y Hernán Rojas (Colombia), Carlos Cabrera (Perú), Sergio Soler (Chile) y Mario Castellón (Costa Rica). Los chicos hacen una mezcla de los ritmos de sus países: cumbia, merengue, guaracha…
Durante la primera noche, sólo cuatro parejas se animan al baile. Al mes, el local estaba lleno y el dueño feliz porque le quitaba clientela a Las Brujas, el boliche del frente, en el que tocaban orquestas de tango y jazz.
Hoy, aquellos pibes ya son abuelos y Los Wawancó cumplieron medio siglo en escena, sacaron 90 discos —el último es 50 años de fiesta—, vendieron más de cinco millones de copias e hicieron bailar a cuatro generaciones. Con nueva formación de músicos que podrían ser sus nietos, Castellón es el único integrante de la formación original que todavía se sigue subiendo al escenario, a un promedio de 35 shows por mes.
Con un tono neutro de locutor de la CNN, Castellón recuerda los comienzos, dice que extraña la noche de su época y que la cumbia de ahora le da pena.
¿Qué fue lo mejor que le pasó en este medio siglo al frente del grupo?
El comienzo. Compartir la música con amigos de varios países y aprender de la cultura de cada uno fue hermosísimo. Y, claro, la cantidad de amistades que fuimos cosechando en América y Europa a lo largo de estos años.
¿Cómo era la noche porteña cuando comenzaron?
La noche era territorio de noctámbulos y poetas. La gente se divertía de una forma más sana y había otro convivir. Ahora hay poca noche; se acabaron los night clubs y las confiterías con shows. Pero yo ya dejé la noche.
¿Por qué la dejó?
Porque me casé. Sólo salgo para los shows. Pero es linda la noche y placentero salir a bailar tango, un jazz o un bolerito.
En el booklet del nuevo disco dice: “El fenómeno Wawancó es digno de un estudio sociológico”. ¿Es para tanto?
No cualquier grupo se mantiene medio siglo en escena. En estos momentos, se venden nuestros discos en Australia, los países bajos, Sudáfrica y Japón. A mí me resulta difícil explicar tanto cariño y tanta aceptación del público de cuatro generaciones. Por eso digo que si algún sociólogo se interesa en el fenómeno del grupo, puede sacar algo lindo. A mí me excede.
¿Qué pasó con los otros integrantes? ¿Por qué se quedó solo?
Imagínate que pasaron 50 años. Sólo uno se recibió de médico, otros se quedaron en Europa luego de una gira y otros sencillamente decidieron abandonar. Miguel Loubet está muy cerca del grupo: es mi socio discográfico y compañero de composición.
¿Le gusta la cumbia que se hace hoy?
Los Wawancó no tienen sucesores porque es muy difícil llegar a un sonido como el nuestro. En Argentina, los grupos no logran un sonido propio, la musicalidad siempre es la misma y la temática resulta muy pobre. Me da mucha lástima porque metieron a la cumbia en un canasto y la hicieron toda igual. La culpa es de la discográfica que sólo aprovechó el momento…
Pero en su época también había mercado…
Sí, claro que había, pero ahora se aceleran los tiempos y los grupos terminan haciendo cualquier cosa menos cumbia. Ninguno llegó a tener un sonido propio, como Los Wawancó.
¿Por qué no quiere decir su edad?
Porque soy coqueto. Pero por ser vos, te la voy a decir. ¿Me prometes no contárselo a nadie?
Se lo prometo.
Castellón dice el número en voz baja, mirando a los lados de la habitación, como si acabase de cometer una travesura. “¿Y? ¿Qué me dice?”
Que se lo ve muy bien.
Y todavía pienso darle candela por muchos años…
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