Circuito costero
Los tiempos en que la lana era la reina del mercado zonal se han esfumado en San Julián, como en otras partes de la región. El precio del mercado internacional no es el de antes y hay que buscar nuevos recursos. En el caso de este pueblo, a nadie escapa que la instalación de una empresa minera que saca oro a cielo abierto ha hecho que al pueblo no le colocaran el cartelito de “cerrado”. Igualmente, la mina podrá ser estrujada algunos años más y aquí, contrariando al tango, el después importa.
Una salida posible es el turismo. Para eso, además de la nao, recién inaugurada, San Julián tiene un circuito costero que vale la pena conocer. Son 30 kilómetros de ripio, bordeando el mar rumbo al norte, en los que se puede convivir con una naturaleza virgen muchas veces inexplorada, en la que la fauna se regodea de su soledad, tanto como los arqueólogos y paleontólogos que llegan a menudo lo hacen con los increíbles hallazgos que sobreviven al tiempo.
Entre los sitios obligados, hay dos paradas que no podrán salirse de la agenda. Una será para cruzar a la Isla Justicia y la otra para visitar una colonia de 120 mil pingüinos que constituyen un espectáculo digno de un documental de la National Geografic, pero en vivo y en directo, con el mar batiendo olas en el fondo y la bahía de San Julián dejando ver a lo lejos el caserío de techos coloridos, la mayoría de ellos con estilo malvinero, tal la impronta dejada por los primeros pobladores de la zona.
Más adelante, en un camino que casi siempre está en buen estado (lo cual en el sur es un hallazgo) la playa Caracoles es un cementerio de “casitas” que ya no tienen dentro a sus dueños, y que se han quedado a vivir allí, aún cuando la marea muchas veces pretende llevárselas mar adentro, quizás sabedoras de la importancia de la soledad, que sabe cómo combatir a depredadores de toda laya.
Otro “artista exclusivo” de este recorrido es el cementerio de ladrillos y hierros retorcidos que alguna vez fuera el Frigorífico Swift, tan relevante en los primeros años del S. XX para la economía de la zona, y para la historia ligada a los levantamientos obreros de la Patagonia Trágica. La construcción, parcialmente derruida, es un contraste que no pasa inadvertido en medio de lo natural. Es un símbolo de la marca que significó en esa geografía el paso la compañía, predominando sobre todo.
Después, más recodos, más playas, más mansedumbre, más viento, más soledad. Albatros que sobrevuelan una lobería o cormoranes que miran desde la cima de un acantilado. A propósito de este accidente geográfico, es otro de los atractivos de la zona. La playa forma algunos tan imponentes, capaces de explicar a una vuelta de ojo el escaso lugar que uno ocupa por estas latitudes. Unos kilómetros más adelante, ahora sí se termina el camino. Y está bien. Ya no se puede seguir albergando tanto.
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