Ciudad de pobres corazones
Se ve tanto que no se palpa. Se huele tanto que no se olfatea. Se mira tanto que ni se ve. Se escucha tanto que ni se oye. Se habla tanto que ni se conversa. Señores, si todas estas sensaciones a la vez los han invadido, puede que estén en Ciudad del Este, en la República del Paraguay.
Desde Iguazú, hay que cruzar el Puente Internacional Tancredo Neves para pasar a Foz, una ciudad brasileña que, entre las que le toca intermediar, parece Barcelona. En una región en la que el contrabando, más que un secreto a voces es un grito constante, los brasileños, acaso abatidos, han prescindido de las fronteras.
La aduana de Brasil en el límite con Argentina no funciona y en el límite con Paraguay funciona menos. Pero este es otro capítulo, mucho más bizarro. Cruzar el puente de “La Amistad” entre Foz y Saigón, perdón, Ciudad del Este, es -así lo diría algún viejo relator de partidos- “no apto para cardíacos”.
Habrá lugar racional para -a los sumo- tres automóviles a lo ancho, pero pasan cuatro. Y a eso se le suman motoclistas que hacen de taxi, que pasan a velocidades no permitidas, haciendo viento y llevando casi siempre sospechos bultos que ensanchan la moto hasta hacerla ocupar el lugar de un auto. ¿Qué cómo no hay accidentes todo el tiempo allí? Ha de ser que existen los milagros, porque explicaciones técnicas no abundan y porque todo puede ser en Ciudad del Este.
Ya llegamos a la capital del contrabando. Se nota porque nadie pide los papeles del vehículo y porque una nube humana acecha. Una cuadra después del ingreso llegará puntual el primer embotellamiento. Y allí harán fila en sentido contrario a los autos los vendedores de maní, limpiaparabrisas, DVD, chipá, medias, cinturones, turrones, encendedores, afeitadoras, pilas, sopa paraguaya, cuchillos, billeteras, bijouterie y todo lo que la imaginación no permita imaginar.
No debe haber nadie que conozca Ciudad del Este. Es más, es probable que Ciudad del Este tenga bonitos refugios. Pero nadie llega a conocerlos porque 10 minutos después de llegar cualquiera se quiere ir.
Poco vale la vida y se nota. Entre los autos, por un peso se arriesgan a cruzar los vendedores ambulantes que corren paralelo a los coches por metros y metros. Es un espectáculo de circo romano y degradación humana que aterra.
Apenas la electrónica ofrece precios imperdibles para los vecinos pobres de la devaluación como nosotros. Lo demás es de descarte, casi como la ciudad, casi como la vida. Un nudo en la garganta y el deseo del regreso acompañan la excursión que acabará irremediablemente con mucho de agobio y poco de compra.
En el regreso, azorados, policías paraguayos detuvieron a un taxi brasileño que se había abusado y llebava 10 personas apelmasadas en su interior. A un costado, un paraguayo cruzaba desesperado el puente de La Amistad empujando una cubierta de camioneta. Los taxis moticlistas seguían arriesgando la vida y una nueva cola de autos aguardaba para ingresar a la ciudad de pobres corazones.
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