COLOMBIA: EL CRIMEN DEL JEFE PARAMILITAR, ASESINADO POR ORDEN DE SU HERMANO
Hola mi amor, ¿cómo estás?, le dijo ella.
-Mal amorcito, todas las personas que tenía citadas para hoy me cancelaron.
Ese fue el último diálogo que Carlos Castaño, el entonces temido jefe de los paramilitares colombianos, mantuvo por teléfono con su esposa Kenia. Era el mediodía del viernes 16 de abril de 2004. Poco después se lo tragaría la tierra.
Nada se supo de él durante los dos últimos años, aunque las versiones eran muchas: que se había escapado a Panamá, que lo habían visto en Israel, que estaba en EE.UU. colaborando con la DEA. Y también, que estaba muerto.
El jueves pasado se develó el misterio: el hombre que comandaba a más de 15.000 hombres armados y que en connivencia con el ejército le hacía frente a las guerrillas colombianas no sólo estaba muerto, sino que quien había ordenado su muerte era nada menos que su hermano mayor, Vicente, aún prófugo de la justicia.
Un informe del diario bogotano El Tiempo reveló cómo fueron las últimas horas de Castaño, por entonces de 44 años, a partir del testimonio ante la justicia del “para” Ignacio Roldán, alias “Monoleche”, quien está preso y que fue quien “ejecutó” la orden de Vicente de matar a Castaño.
Para matarlo, “Monoleche” reclutó a un comando de cerca de 20 hombres del llamado bloque Bananero. La orden era clara: evitar que Castaño siguiera en contacto con EE.UU. para entregar datos de los narcos disfrazados de “paras” que ingresaron al proceso de paz con el gobierno de Alvaro Uribe. Pero también, las disputas con su hermano tenían que ver con una suerte de “revisionismo” que Carlos estaba haciendo de las actividades de la Autodefensas Unidas de Colombia (AUC): rechazaba -dicen- el creciente poder que el “ala narco” tenía en la organización.
Ese viernes, hacia las 12, Castaño salió de La 50, su finca en Valencia, en el norteño departamento de Córdoba, en una camioneta Mitsubishi roja, seguido por una Toyota gris en la que iban sus siete escoltas. Su pelea con otras facciones paramilitares no solo lo habían aislado sino que, además, lo dejaron sin recursos económicos. Incluso, había empezado a vender algunas propiedades.
Castaño iba al caserío El Tomate, donde tenía programadas varias reuniones. Antes de llegar, paró en el poblado Arboletes e ingresó a la tienda Rancho al Hombro, donde siempre conectaba su computadora portátil. Tras revisar algunos correos llamó a su esposa Kenia al celular
Mientras, nadie notó que un escolta de Castaño, “Juancho”, cambió de frecuencia radial y transmitió un mensaje. Minutos después, se levantó una nube de polvo en la ruta: “Monoleche” y su escuadrón se aproximaban a toda velocidad en tres camionetas Toyota. Un escolta le dio aviso a Castaño, quien gritó: “Pilas muchachos, que esa gente viene a matarme”.
Castaño corrió hacia un cerro, junto con uno de sus escoltas, “La Vaca”. Aunque “La Vaca” recibió una bala de AK-47 en un pierna, logró llegar a la ruta en donde hizo parar a un camión. No pudo hacer lo mismo Castaño: según los informantes, “Monoleche” le vació dos cargadores de pistola 9 milímetros. Cuatro horas después de la emboscada, “Freddy” -un hombre de confianza de Castaño que había escuchado los tiros- se animó a ir al lugar y encontró a un radioperador llorando. Este le contó que, tras la balacera, “Monoleche” pasó por ahí y que en la caja de una camioneta llevaba los cadáveres de los escoltas y en otra el del jefe “para”. Y dijo que el blanco de la camisa de Castaño había desaparecido, al igual que el color del jean: “Parecía que iba vestido de rojo”.
Algunos testigos afirmaron que los cuerpos fueron incinerados. Pero ayer, “Monoleche” dijo que está dispuesto a decirle a la justicia en dónde están enterrados los restos de Carlos Castaño, el jefe paramilitar que montó un imperio del terror y que terminó asesinado por orden de su hermano.
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