COLON VOLVIÓ A PERDER ANTE LANÚS TRES PUNTOS IMPORTANTÍSIMOS.
Vieja loca. Se mueve la bola, se manda Lanús con el apuro de los que no llegan al baño ante una necesidad (primera o segunda). La pelota dibuja un péndulo en el área de Tombolini, la sacan para atrás, Carlos Moreno le da de derecha a los 22 segundos. Sí, primera y adentro. Con la boba…
Virgen del gol. La bocha anda cansada de tanto ir a la red, el equipo de Sosa no pone freno a sus ambiciones, casi con la avaricia de un nene goloso. Cae el centro para el coco de Ignacio Risso, un peine a los gajos, entra de frente Sebastián Salomón en el suspiro final del partido: cabezazo colocado. Sí, gol de un volante que no conoce eso del festejo. Sí, el primero y adentro. Bah, el último minuto y a la lona…
Este sandwich de goles en la introducción y el desenlace es un espejo para una cuestión anímica que anda al palo en el Sur. Y más que eso. Es una justificación que responde a los ingredientes, a lo que va entre pan y pan. El talento de Hugo Morales, un Picasso en el tiro libre; los chicles que reparte Moreno, sea cuál sea el resultado del momento; y la astucia de Rodrigo Mannara le dan un sabor único al gusto por el buen juego. Son los tres que cocinan la entrada, el plato principal y el postre. Son los Súper M capaces de salir parados de una pasarela con la belleza de sus movimientos. Y más aún, si tienen de su lado a Salomón —sí, no es Beatriz, pero las piernas le responden pese al desgaste de la función—. En esos hombres, desfila el toque de Lanús, el costado coqueto de un equipo que desnuda fallas atrás.
Hay un rasgo ciclotímico en el Lanús de Chiche. Se sabe ganador, pero de golpe se deja estar como un alumno que se prepara para dar una materia libre: hasta el filo del tiempo. Un poco es por vago, otro también porque en los pies de Javier Delgado, en el criterio de Alejandro Capurro y en el motor de Martín Romagnoli hay tintes de vanidad que, más allá de no alcanzar al potencial del Grana, impulsan a Colón a dar pelea. Ejemplo: el tiro libre del uruguayo no tiene nada que envidiarle al de Huguito. Sin embargo, los del fondo caminan por la cornisa, andan en pantuflas y echan a perder todo lo bueno de la respuesta que comandan los del Patón. La propuesta del golpe a golpe los liquida, se quedan sin sorpresa para lo que sigue. Sin postura conformista, pecan de ingenuos para darse cuenta de que hay que bajar la persiana del almacén. Pero fían, se fían, y pagan.
Con poco más de media hora de Morales en cancha, los que en Lanús juega bien, lo hacen mejor. Esa modificación trae aire fresco para que, desde adentro y desde afuera, todos se contagien. Los circuitos no son tan largos, los pases con más cortos, la magia es más pura, la varita saca conejos de la galera. Es un compilado de buenas canciones para escuchar, la hacen hablar si así lo desean. La trilogía hace la diferencia y eso que los delanteros no la embocan. Con eso le alcanza antes del pitazo de Juan Pablo Pompei. Esa contundencia que hay en el tronco y no en las ramas sobra para la fiestita del final. Una partuza en la que Salomón se pone en rey, se luce en el grito. Sorry gordo, el lenguaje de los Súper M se lleva en los botines, sin tacos altos…
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